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También los rostros humanos, el pequeño grupo reunido en la antesala de la cámara del consejo, les miraban con los ojos muy abiertos.

Los soldados pasaron por su lado y empujaron las puertas decoradas, las cuales se abrieron y dos soldados se colocaron junto a las hojas como estatuas, los fusiles a punto. Los escasos consejeros se levantaron, enfrentándose a las armas mientras Signy, Mazian y los otros se les acercaban. Su porte era de dignidad, casi de desafío.

—Capitán Mazian —dijo Angelo Konstantin—. ¿Puedo ofrecerle a usted y a sus capitanes asiento para que hablemos de la situación?

Mazian permaneció un momento en silencio. Signy estaba entre él y Keu, Kreshov al otro lado, observando a los consejeros. Ni siquiera estaban allí la mitad de los miembros.

—No les quitaremos demasiado tiempo —dijo Mazian—. Nos han pedido que viniéramos, así que aquí estamos.

Ninguno se había movido, ni para sentarse ni para cambiar de posición.

—Quisiéramos una explicación a esta… esta operación —dijo Konstantin.

—Queda decretada la ley marcial mientras dure la emergencia —replicó Mazian—. Y tendrán que responder de los acuerdos a que han llegado con ciertos agentes de la Compañía. Compromisos… con la Unión, y el flujo de información secreta a los servicios de inteligencia de la Unión. Traición, señor Konstantin.

Los consejeros palidecieron.

—No ha habido tales compromisos —dijo Konstantin—. Esta estación es neutral. Somos una estación de la Compañía, pero no permitimos que nos arrastren a una acción militar o que nos utilicen como una base.

—¿Y esas fuerzas militares que han esparcido a su alrededor?

—A veces la neutralidad necesita fuerza, capitán. La misma capitana Mallory nos advirtió acerca de los vuelos fortuitos de refugiados.

—Alega usted ignorancia de que se entregó información a la Unión… y que lo hicieron agentes civiles de la Compañía. ¿No han tomado parte en ningún acuerdo, arreglo o concesión que esos agentes puedan haber concertado con el enemigo?

—Hubo un momento de denso silencio.

—Desconocemos tales acuerdos. Si tenía que llegarse a alguno, no se informó de ello a Pell, y si nos hubieran informado, les habríamos desaconsejado que lo hicieran.

—Ahora ya lo saben —dijo Mazian—. Se pasó información, incluyendo palabras y señales codificadas que ponen en peligro la seguridad de esta estación. La Compañía les ha entregado a la Unión. La Tierra está liquidando sus intereses aquí. Ustedes pensarán lo que quieran, pero no aceptamos semejante situación. Debido a lo que ya se les ha entregado, hemos perdido otras estaciones. Ustedes constituyen la frontera. Necesitamos Pell, y con las fuerzas que tenemos podemos defenderlo. ¿Me comprende?

—Tendrá toda nuestra cooperación —dijo Konstantin.

—Queremos el acceso a sus registros. Todo aquel que plantee un problema de seguridad será separado y puesto en cuarentena.

Konstantin miró un momento a Signy.

—Hemos seguido todas sus instrucciones tal como nos las dio la capitana Mallory. Meticulosamente.

—No habrá ninguna sección de esta estación, ningún registro, máquina ni apartamento a los que mi gente no pueda tener acceso si es necesario. Preferiría retirar a la mayor parte de mis fuerzas y dejar esto a cargo de las suyas, siempre que haya quedado bien claro que si hay problemas de seguridad o filtraciones, si una nave parte fuera de programación o si se produce la ruptura del orden en algún sitio, tenemos nuestros propios procedimientos; entre ellos, disparar. ¿Está claro?

—Perfectamente claro —respondió Konstantin.

—Mi gente se moverá a sus anchas, señor Konstantin, y dispararán si lo consideran necesario. Y si tenemos que entrar a tiros para despejar el camino a uno de los nuestros, lo haremos. Pero eso no ocurrirá. Ya se encargarán de que no suceda sus propias fuerzas de seguridad… o sus fuerzas con la ayuda de las nuestras. Ustedes dirán lo que prefieren.

Konstantin apretó la mandíbula.

—Está muy claro, capitán Mazian. Reconocemos su obligación de proteger a sus fuerzas y a esta estación. Cooperaremos y esperaremos que ustedes cooperen. A partir de ahora, cuando envíe un mensaje, llegará a su destino.

—Desde luego —dijo Mazian. Miró a derecha e izquierda y finalmente se encaminó a la puerta, mientras Signy y los otros continuaban frente al consejo—. Capitán Keu, puede usted seguir comentando los asuntos con el consejo. Capitana Mallory, tome el centro de operaciones. Capitán Kreshov, examine los registros y las normas de seguridad.

—Necesito a alguien enterado —replicó Kreshov.

—El director de seguridad le ayudará —dijo Konstantin—. Daré las órdenes oportunas.

—También yo —dijo Signy, mirando un rostro familiar en el centro de la mesa, el joven Konstantin, cuya expresión se alteró bajo aquel escrutinio. La joven que se sentaba a su lado le cogió de la mano.

—Capitana… —dijo él.

—Damon Konstantin… usted mismo, si quiere. Puede ser de ayuda.

Mazian se marchó, llevándose a algunos miembros de la escolta, para efectuar una visita general a la zona o, más probablemente, emprender nuevas operaciones, tales como la ocupación de otras secciones, quizás el núcleo y su maquinaria. Jan Meyis, el segundo en mando de la Australia, se ocupaba de esta tarea delicada. Keu tomó posesión de un sillón y de la cámara. Kreshov siguió a Mazian.

—Vamos —dijo Signy, y el joven Damon se detuvo para dirigir una mirada a su padre, que estaba contrariado y apretaba los labios, separándose de la joven que le acompañaba. Signy pensó que no la tenían demasiado en cuenta. Aguardó unos instantes y luego se encaminó a la puerta donde se les unieron otros dos soldados de escolta, Kuhn y Detkin.

—Al centro de mando —ordenó a Konstantin, y éste le hizo un gesto para que pasara con incongruente y natural cortesía, pero sin decir nada.

—¿Es su esposa esa señora? —preguntó Signy, deseosa de recopilar detalles de todas las personas importantes.

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—Elene Quen.

El nombre sorprendió a la capitana.

—¿Pertenece a una familia de la estación?

—A los Quen de Estelle. Se casó conmigo y no participó en su último viaje.

—Esa nave se ha perdido. Usted lo sabe.

—En efecto.

—Una lástima. ¿Tienen hijos? Damon tardó un momento en responder.

—Estamos esperando uno.

—Claro —dijo Signy, recordando las incipientes señales de gravidez de la mujer—. Ustedes, los hermanos Konstantin, son dos. ¿Me equivoco?

—No. Tengo un hermano.

—¿Dónde se encuentra?

—En Downbelow —respondió él, cada vez más inquieto.

—No tiene por qué preocuparse.

—No me preocupo.

La capitana le dirigió una sonrisa burlona.

—¿También están sus fuerzas en Downbelow? —preguntó él.

Signy siguió sonriendo sin decir nada.

—Le recuerdo de Asuntos Legales.

—Sí.

—Así pues, conoce usted los datos de ordenador necesarios para obtener los informes personales, ¿verdad?

La mirada que le dirigió el muchacho no reflejaba miedo sino enojo. Ella miró hacia delante, al corredor donde los soldados protegían el complejo acristalado de la central.