Выбрать главу

—Les hemos asegurado nuestra cooperación —le recordó.

—¿Es cierto que nos cedieron?

Ella siguió sonriendo, pensando que aquellos Konstantin eran gente muy lista y conocían su valor tanto como el de Pell.

—Confíe en mí —le dijo con ironía.

Vio un letrero que decía MANDO CENTRAL, con una flecha indicativa. Otro letrero decía: COMUNICACIONES, AZUL UNO, 01-0122.

—Hay que quitar todas estas indicaciones —dijo Signy.

—No es posible.

—Y también las claves de colores.

—La estación es demasiado complicada… incluso los residentes pueden confundirse y perderse… Los corredores son todos iguales y sin nuestras claves de colores…

—Lo mismo ocurre en mi nave, señor Konstantin, y no señalizamos los corredores para los intrusos.

—Tenemos niños en esta estación. Sin los colores…

—Pueden aprender. Es preciso eliminar todos los signos.

La central de la estación estaba abierta ante ellos… ocupada por soldados. Los rifles se movieron cuando entraron y luego volvieron a aquietarse. Signy contempló el centro de mando, las hileras de consolas de control, los técnicos y funcionarios de la estación que trabajaban allí. Era evidente que las tropas se relajaban con su presencia. También los Civiles parecieron aliviados en sus puestos… al ver al joven Konstantin. Con ese propósito ella le había hecho acompañarle.

—Todo está en orden —dijo Signy a las tropas y los civiles—. Hemos llegado a un acuerdo con el jefe de la estación y el consejo. No evacuaremos Pell. La Flota establece aquí una base, la cual no vamos a abandonar. La Unión no podrá entrar aquí.

Se oyó un murmullo entre los civiles, que intercambiaron miradas de alivio. De súbito pasaban de rehenes a aliados. Los soldados habían apoyado sus rifles en el suelo.

«Mallory», oyó que susurraban de un extremo a otro de la sala. «Es Mallory». Y en el tono con que lo hacían no había afecto ni tampoco falta de respeto.

—Enséñeme esto —le pidió a Damon Konstantin.

La acompañó en su recorrido por el centro de control y fue nombrándole los puestos y el personal que los ocupaba, a muchos de los cuales recordaba Signy. Esta se detuvo un momento y miró a su alrededor, a las pantallas, donde se sucedían las imágenes de Downbelow punteadas de manchas verdes y rojas.

—¿Bases? —preguntó.

—Tenemos varios emplazamientos auxiliares —dijo él—, en los que tratamos de absorber y alimentar a lo que ustedes nos dejaron.

—¿Cuarentena? —Vio también el monitor correspondiente a aquella sección, con una hirviente masa humana que se agolpaba ante la puerta herméticamente cerrada, entre humo y cascotes—. ¿Qué hacen con ellos?

—Ustedes no nos dieron esa respuesta —replicó él. Pocos empleaban aquel tono con Signy, y le divirtió.

Escuchó y observó el enorme complejo, las filas de tableros de instrumentos con funciones distintas a las de una nave estelar. Allí se dirigía el comercio y el mantenimiento de una órbita que tenía siglos de antigüedad, la catalogación de bienes y manufacturas, el control de poblaciones en la estación y el planeta, de los nativos y los humanos… una colonia llena de vida. Observó todo aquello conteniendo el aliento, con una sensación de propiedad. Habían luchado para mantener aquel mundo con vida.

De repente se oyó el comunicador central, que emitía un anuncio del consejo. Era la voz de Angelo Konstantin.

—…deseamos asegurar a los residentes de la estación que no tendrá lugar ninguna evacuación. La Flota está aquí para protegernos…

Era su mundo, y estaban allí sólo para mantenerlo en orden.

XI

Downbelow: Base principal; 1600 h.tiempo oficial de la estación Alba local

Se acercaba la mañana, una línea roja en el horizonte. Emilio estaba al aire libre, respirando pausadamente a través de la máscara, y llevaba una pesada chaqueta para resguardarse del frío perpetuo de la noche en aquella latitud y elevación. Las hileras se movían en la oscuridad, calladamente, encorvadas bajo el peso de las cargas, como insectos que salvaran huevos de la inundación, extrayéndolas de las cúpulas de almacenaje.

Los obreros humanos aún dormían, los de cuarentena y los que residían bajo las cúpulas. Sólo unos pocos miembros del personal ayudaban en aquella tarea. Podía verlos dispersos aquí y allá en el paisaje de cúpulas y colinas bajas, sus oscuras figuras más altas que los nativos.

Se le acercó un pequeño y jadeante nativo.

—¿Qué? ¿Me envías, Konstantin-hombre?

—¿Brincador?

—Yo Brincador —susurró el nativo, sonriente—. Buen corredor, Konstantin-hombre.

Emilio tocó el hombro delgado y peludo del nativo, y sintió entrelazado con el suyo un brazo aracnoide. Extrajo un papel plegado de un bolsillo y lo puso en la mano callosa del hisa.

—Corre, pues —le dijo—. Lleva esto a los campamentos humanos, haz que sus ojos lo vean, ¿de acuerdo? Y díselo a todos los hisa. A todos, desde el río a la llanura. Diles que envíen a sus corredores, incluso a los hisa que no van a los campamentos humanos. Diles que tengan cuidado con los hombres y desconfíen de los extraños. Diles lo que hacemos aquí. Que vigilen, pero que no se acerquen hasta oír una llamada que ellos conocen. ¿Comprenden los hisa?

—Vienen los Lukas —dijo el hisa—. Sí, comprendo, Konstantin-hombre. Yo Brincador. Soy viento. Nadie me coge.

—Ve. Corre, Brincador.

El nativo le abrazó con la temible fuerza de los hisa. La sombra se deslizó en la oscuridad, se movió rápidamente, corrió…

Emilio miró las demás figuras humanas que se afanaban en la colina. Había dado órdenes a su personal, sin confiarles nada de lo que ocurría, pues deseaba ahorrarles responsabilidades. Ahora las cúpulas de almacenaje estaban vacías en su mayor parte, ya que habían llevado los suministros que contenían a lugares profundos entre los arbustos. Las noticias corrían a lo largo del río, por medios que no tenían nada que ver con las comunicaciones modernas, nada que pudieran controlar los oyentes, y que eran transmitidas con la velocidad de los hisa de un campamento a otro.

Se le ocurrió que quizá nunca hasta entonces los hisa habían tenido motivos para hablar entre sí de aquella manera. Jamás había habido guerra ni unidad entre las tribus dispersas, pero de algún modo el conocimiento del hombre se había difundido de un lugar a otro. Y ahora los humanos enviaban un mensaje a través de aquella extraña red. Imaginó el mensaje difundiéndose por las orillas del río y entre los matorrales, en encuentros ocasionales o acordados… fuera cual fuese el propósito que impulsaba a los apacibles y asombrados hisa. Y en toda la zona de contacto, los hisa, que no tenían concepto del robo, robarían, y aunque no sabían qué eran los salarios o la rebelión, abandonarían su trabajo.

Sintió frío a pesar de las ropas especiales que le aislaban de la helada brisa. Él no podía echar a correr, como Brincador. Era humano, y un Konstantin, y tenía que esperar, mientras la luz del alba recortaba las siluetas de los obreros cargados, mientras los humanos de las otras cúpulas empezaban a desperezarse para descubrir el pillaje sistemático de almacenes y equipo, mientras su personal permanecía inactivo, contemplando cómo sucedía. Las luces se encendieron bajo las cúpulas transparentes, los obreros salieron en tropel y pronto se detuvieron, asombrados.

Sonó una sirena. Emilio miró al cielo y no vio más que las últimas estrellas, pero algo se barruntaba en comunicaciones. Oyó ruido de pasos cerca de él, y un delgado brazo le rodeó la cintura. Atrajo a Miliko hacia sí, agradeciendo el contacto.