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—¿Quiere acompañarnos, señor Talley? —le preguntó uno de los policías.

Se dio cuenta de que la llave inglesa que sostenía podía parecer un arma, la dejó cuidadosamente sobre el mostrador, se secó las manos en el mono y se levantó.

—¿Adónde vas? —le preguntó la muchacha que estaba a su lado y cuyo nombre desconocía. Parecía triste—. ¿Adonde vas?

Él no respondió, pues lo ignoraba. Uno de los policías le cogió del brazo y les condujo por el pasillo del taller hasta la puerta. Todos les miraban.

—Tranquilos —dijo el supervisor, al oír el murmullo general.

Los policías y soldados le hicieron salir al corredor y se detuvieron allí. La puerta se cerró y un oficial militar, sólo con armadura en el torso, le hizo ponerse cara a la pared y le registró.

El hombre le extrajo los documentos del bolsillo. Josh dio media vuelta cuando le dejaron y permaneció de espaldas a la pared, mirando al oficial que revisaba los documentos. Su insignia decía Atlantic, y Josh sentía que le invadía una oleada de angustioso terror. Los soldados de la Compañía tenían los documentos en sus manos, y aquellos papeles eran la única prueba de su inocuidad, de lo que había sufrido y de que no representaba ningún peligro para nadie. Tendió la mano para recuperarlos y el oficial los mantuvo fuera de su alcance. Eran hombres de Mazian. La sombra regresó. Retiró la mano, recordando otros encuentros, el corazón latiéndole con fuerza.

—Tengo un pase —dijo, tratando de evitar el tic de su rostro, que afloraba cada vez que estaba trastornado—. Está con los papeles. Puede ver que trabajo aquí. Este es mi lugar.

—Sólo por las mañanas.

—Nos retuvieron a todos. Pregunte a los demás. Todos pertenecemos al turno de mañana.

—Usted vendrá con nosotros —dijo uno de los soldados.

—Pregunte a Damon Konstantin. Él se lo dirá. Le conozco. Él les dirá que tengo razón. Aquello les retrasó.

—Tomaré nota de eso —dijo el oficial.

—Probablemente es cierto —dijo uno de los policías de la estación—. He oído algo así. Es un caso especial.

—Tenemos nuestras órdenes. El ordenador nos ha proporcionado los datos. Tenemos que aclarar el asunto. Enciérrenlo en sus dependencias o lo haremos en las nuestras.

Josh abrió la boca para expresar su preferencia.

—Nos lo llevaremos —dijo el policía antes de que pudiera hablar.

—Mis papeles —pidió Josh. La vergüenza le hacía tartamudear y sonrojarse; aún era incapaz de controlar algunas reacciones. Alargó una mano, que le temblaba visiblemente—. Por favor, señor.

El oficial dobló los documentos y se los guardó en una cartera adosada al cinto.

—No los necesita, porque no va a ir a ninguna parte. Enciérrenlo y téngalo disponible si cualquiera de nosotros quiere verle. ¿Comprendido? Más tarde podría ir a cuarentena, pero no hasta que el mando haya tenido ocasión de revisar su caso.

—Entendido —dijo el policía, cogiendo a Josh del brazo para conducirlo por el corredor. Los soldados avanzaron hasta que al llegar a un cruce de corredores, cada grupo siguió una dirección distinta.

Había hombres de Mazian por todas partes, y Josh se sentía vulnerable. Tuvo una profunda sensación de alivio cuando los policías le hicieron entrar en un ascensor, sin soldados.

—Por favor, avisen a Damon Konstantin —les pidió—, o a Elene Quen… o a cualquiera de sus oficinas. Conozco los números.

No le respondieron de inmediato.

—Informaremos a través de los canales adecuados —dijo finalmente uno de los policías, sin mirarle.

El ascensor se detuvo en el sector rojo uno, perteneciente a la zona de seguridad. Flanqueado por los policías, Josh cruzó el panel divisorio transparente y se detuvo ante el mostrador de la entrada. También en el interior de aquella oficina había soldados, protegidos con armadura y armados, lo cual le hizo sentir una oleada de pánico, pues había esperado que al menos en aquel lugar hubiere una autoridad de la estación.

—Por favor —dijo al joven funcionario que estaba ante el mostrador, mientras le hacían entrar. Conocía al joven funcionario, le recordaba. Se inclinó hacia él y le pidió en voz baja, con un tono desesperado—; Por favor, llame a los Konstantin. Dígales que estoy aquí.

Tampoco recibió respuesta, y vio que el joven, incómodo, desviaba la mirada. Todos los estacionados tenían miedo… les aterraban las tropas armadas. Los soldados le apartaron del mostrador y le condujeron por un pasillo a las celdas de detención, encerrándole en una de ellas. Era una estancia blanca, amueblada sólo con la instalación higiénica y un banco que era como un saliente de la pared. Le registraron de nuevo, esta vez desnudándole, y le dejaron allí, con sus ropas en el suelo.

Al quedarse solo, se vistió, se sentó en el banco, alzó las piernas y apoyó la cabeza en las rodillas, cansado y lleno de temor.

XIII

Nave mercante Hammer: en el espacio profundo; 1700 h.

Vittorio Lukas se levantó de su asiento y recorrió el sucio puente curvo de la Hammer. Vaciló al ver el bastón que sostenía el unionista que no le quitaba ojo de encima. No le dejarían aproximarse a los controles. En aquel pequeño y puntiagudo cilindro de rotación —la mayor parte de la fea masa de la Hammer era una enorme bodega con gravedad nula— había una línea señalada con cinta adhesiva que indicaba el recinto del que no podía pasar. Aún no había descubierto lo que ocurría si cruzaba aquella línea sin que le llamaran. No tenía intención de averiguarlo. Le permitían deambular por la mayor parte del cilindro, la pequeña estancia donde dormía, la diminuta sala principal… y hasta cierto punto de la zona de operaciones. Desde allí podía ver una de las pantallas y el radar por encima del hombro de los técnicos. Se quedó mirando, a espaldas de los hombres y mujeres que no eran mercantes pero que vestían como si lo fueran, con el vientre todavía revuelto por las drogas ingeridas y los nervios en tensión a causa del salto. Se había pasado la mayor parte del día vomitando.

El capitán estaba en pie, mirando las pantallas y, al verle, le hizo una seña para que se acercara. Vittorio vaciló. A la segunda señal penetró en la zona prohibida de operaciones, no sin mirar de soslayo al hombre con el bastón. Aceptó la mano amistosa del capitán sobre su hombro mientras miraba de cerca las pantallas. Aquel hombre tenía un aspecto saludable, próspero, y podría haber pasado por un hombre de negocios de Pell. Todos le trataban bastante bien, incluso con cortesía. Era su situación y los peligros potenciales que encerraba lo que le mantenía aterrado. Su padre habría dicho disgustado que era un cobarde. No se habría equivocado. Aquel no era lugar para él, ni aquellos hombres la compañía más adecuada.

—Pronto vamos a retroceder —dijo el hombre, un tal Abe Blass—. No hemos saltado muy lejos, sólo lo suficiente para estar fuera del alcance de Mazian. Relájese, señor Lukas. ¿Nota alguna mejoría en el estómago?

Él no replicó. La mención de sus molestias aumentaba sus náuseas.

—No se preocupe —le dijo Blass en voz baja, todavía con una mano en su hombro—. No ocurre absolutamente nada, señor Lukas. La llegada de Mazian no constituye ningún problema para nosotros.

Vittorio miró al hombre.

—¿Y si la Flota nos descubre cuando entremos de nuevo?

—Siempre podemos saltar —dijo Blass—. El Ojo del Cisne no se habrá apartado de su sitio, e Ilyko no hablará, pues sabe lo que le interesa. Procure descansar, señor Lukas. Todavía parece mantener ciertos reparos respecto a nosotros.