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—Si mi padre, en Pell, está en peligro…

—No es probable que eso suceda. Jessad sabe lo que hace, créame. Todo está planeado, y la Unión se preocupa de sus amigos. —Le dio unas palmadas en el hombro—. Lo está haciendo muy bien para un primer salto. Siga el consejo de un veterano y no se exceda. Relájese. Vuelva a la sala principal y le avisaré en cuanto nos dispongamos a entrar.

—Sí, señor —replicó él, e hizo lo que le ordenaban, regresando a la desierta sala principal.

Se sentó en el banco y apoyó los brazos en la mesa, tragando saliva con dificultad. No era a causa de las náuseas producidas por el salto. Estaba aterrado. «Sé un hombre», podía oír que le decía su padre, pero no podía evitar aquel pavor. No, aquel no era su sitio, entre gentes como Abe Blass y aquellos seres ceñudos todos demasiado iguales. Su padre le había obligado a arriesgar su vida. Si fuera ambicioso, trataría de ganar puntos en aquellas circunstancias, congraciándose con la Unión. Pero no lo era. Conocía sus capacidades y sus límites, y quería a Roseen, sus comodidades, un buen trago que no podía tomar con el organismo lleno de drogas.

Nada de aquello funcionaría. Le llevarían a la Unión, donde todo el mundo marcaba el paso, y aquello sería el fin de su mundo. Temía los cambios. Lo que tenía en Pell le satisfacía lo suficiente. Nunca le había pedido demasiado a la vida ni a nadie, y la idea de perder de súbito todos sus puntos de referencia le provocaba pesadillas. Pero no tenía elección. Su padre se había preocupado de que no la tuviera.

Finalmente llegó Blass, se sentó y con gesto solemne extendió mapas y gráficos sobre la mesa, explicándole las cosas como si fuera una persona de importancia. Él miró los diagramas y trató de comprender lo que estaban haciendo, aunque fue en vano.

—Debe tener confianza —le dijo Blass—. Le aseguro que está en un lugar menos peligroso que la misma estación.

—Usted es un alto oficial de la Unión, ¿verdad? Si no fuera así no le habrían encargado de esta misión. Blass se encogió de hombros.

—La Hammer y el Ojo del Cisne… ¿Son éstas todas las naves que tienen cerca de Pell?

Blass volvió a encogerse de hombros. Aquella era su respuesta.

XIV

Acceso blanco a mantenimiento 9-1042: 2100 h.

Los hombres armados y vestidos con armaduras llevaban largo tiempo entrando y saliendo. Satén se ocultó más en las sombras, junto al montacargas. Muchos habían huido durante el tiempo en que gobernaron los Lukas, y huyeron de nuevo cuando llegaron los hombres extraños, por los estrechos caminos que los hisa siempre podían usar, los túneles oscuros donde los hisa podían respirar sin máscaras mientras que los hombres no. Los hombres de allá arriba conocían aquellos caminos, pero aún no se los habían mostrado a los extraños y los hisa estaban a salvo, aunque algunos de ellos lloraban quedamente en las oscuras profundidades, muy bajo para que los hombres no pudieran oírles.

Allí no había esperanza. Satén frunció los labios y retrocedió agachada, esperó mientras el aire cambiaba y regresó a la segura oscuridad. Unas manos la tocaron. Notó el olor de un macho. Soltó un bufido de reprobación y olfateó en busca del macho que le pertenecía. Dienteazul la estrechó entre sus brazos y ambos se consolaron mutuamente. No le preguntó nada. Sabía que no había ninguna noticia que dar.

La situación era alarmante. Los Lukas hablaban y daban órdenes, y los extraños amenazaban. El Viejo no estaba allí… como tampoco ninguno de los veteranos, todos los cuales habían ido a proteger cosas importantes, a cumplir con deberes encargados por los humanos y que tal vez concernían a los hisa.

Pero ellos habían desobedecido, no se habían presentado a los supervisores, como tampoco lo habían hecho los Viejos, que también odiaban a los Lukas.

—¿Regresamos? —preguntó alguien finalmente.

Si regresaban después de haber huido tendrían problemas. Los hombres se enfadarían con ellos, aquellos hombres que estaban armados.

—No —dijo Satén.

Los demás protestaron con murmullos, y Dienteazul volvió la cabeza para razonar la negativa.

—Pensad. Si vamos allí puede haber hombres. Hay peligro.

—Tengo hambre —protestó otro.

Nadie le respondió.

Lo que habían hecho podría enemistarles con los hombres, y ahora se daban cuenta de ello con claridad. Y sin aquella amistad, podrían permanecer en Downbelow para siempre. Satén pensó en los campos de Downbelow, las suaves nubes que en otro tiempo le parecían sólidas como si pudiera sentarse en ellas, la lluvia, el cielo azul y las hojas grises, verdes y azules, las flores y los musgos, y sobre todo el aire que olía a hogar. Tal vez Dienteazul soñaba en todo ello, pues el calor de su primavera se había disipado y ella, como era joven, no se había estimulado en su primera estación adulta. Ahora Dienteazul veía las cosas con la cabeza más clara. A veces echaba de menos su mundo, igual que ella. Pero permanecer allí para siempre…

Su nombre verdadero era Cielo-la-ve, y ella había visto la verdad. El azul era falso, una cobertura que se extendía como una manta. La verdad era una inmensa negrura, y el rostro del gran Sol brillando en la oscuridad. La verdad colgaría siempre por encima de ellos. Sin el favor de los humanos, regresarían a Downbelow sin esperanza, sabiendo que quedarían eternamente separados del cielo. Ahora que habían mirado el Sol, ya no habría un hogar para ellos.

—Los Lukas se van de vez en cuando —murmuró Dienteazul en su oído.

Ella apoyó la cabeza contra él, tratando de olvidar que tenía hambre y sed, y no le respondió.

—Armas —dijo otra voz cerca de ellos—. Dispararán contra nosotros y nos perderemos para siempre.

—No si nos quedamos aquí —dijo Dienteazul—, y hacemos lo que yo digo.

—No son nuestros humanos —terció la voz profunda de Grantipo—. Estos hacen daño a nuestros humanos.

—Es una pelea entre hombres —replicó Dienteazul—. Los hisa no tenemos nada que ver.

Una idea cruzó entonces por la mente de Satén.

—Es una pelea con los Konstantin. Los buscaremos y les preguntaremos qué podemos hacer. Buscaremos a los Konstantin y también a los Viejos, cerca del lugar del Sol.

—Pregúntale a Sol-su-amigo —exclamó otro—. Ella debe saber.

—¿Dónde está Sol-su-amigo?

Hubo un silencio. Nadie lo sabía. Los Viejos preservaban aquel secreto.

—La encontraré —dijo Grantipo, el cual se les acercó y, en la oscuridad, cogió a Satén del hombro—. Voy a muchos sitios. Ven, ven.

Ella contuvo el aliento y tocó con labios inseguros la mejilla de Dienteazul.

—Vamos —accedió él de súbito, cogiéndola de la mano.

Grantipo avanzó delante de ellos en la oscuridad. Otros les siguieron por los corredores envueltos en sombras, las escalas y los lugares estrechos en los que no solía haber luz alguna. Algunos se rezagaron entre tuberías y lugares en los que el suelo ardiente quemaba sus pies descalzos, y pasaron junto a maquinarias que atronaban con sus amenazantes poderes.

A veces Dienteazul tomaba la delantera, soltando la mano de Satén. En otras ocasiones Grantipo le apartaba a un lado y se ponía de nuevo en cabeza. Satén dudaba de que Dienteazul tuviera la menor idea de dónde iba o qué camino les llevaría al encuentro de Sol-su-amigo. Habían estado en el lugar del Sol, y ella tenía la vaga sensación que, como en la tierra, le decía dónde debía estar un lugar… Aquella sensación le decía que estaba arriba y a la izquierda, pero a veces los túneles no se curvaban a la izquierda y parecían zigzaguear. Los dos machos seguían avanzando, uno tras otro, hasta que todos jadeaban y andaban a tropezones, y cada vez eran más los que se quedaban atrás. Al final, el que iba tras ella le cogió la mano con gesto suplicante… pero Dienteazul y Grantipo seguían su camino y ella no quería perderlos. Se separó del último de sus seguidores y siguió andando con rapidez para darles alcance.