Выбрать главу

En cuanto entró en la cámara, la puerta se cerró a sus espaldas. Buscó el equipo de respiración para humanos que siempre colgaba a la entrada de aquellas cámaras y se aplicó la máscara antes de que pudieran afectarle los efectos de la atmósfera distinta. Inconscientemente asoció su aliento siseante a través del respirador, que resonaba en la cámara metálica, con la presencia de nativos. Abrió la puerta interior y el eco le llegó desde lejanas profundidades. Donde él estaba había una débil luz azul, pero se detuvo para abrir el compartimento junto a la puerta y sacar una linterna, cuyo haz luminoso reveló una inmensa telaraña de acero.

—¡Nativos! —gritó, y su voz levantó un agudo eco.

Sintió el frío mientras cruzaba la puerta y dejaba que se cerrase, y permaneció en la plataforma de distribución desde la que las escalas partían en todas direcciones.

—¡Nativos! ¡Soy Damon Konstantin! ¿Me oís? Responded si podéis oírme. Los ecos se extinguieron muy lentamente.

—¿Dónde estáis?

Un gemido surgió de la oscuridad y su afilado eco le erizó el cabello en la nuca. ¿Sería un gemido de cólera?

Avanzó más, sujetando la linterna con una mano y la delgada barandilla con la otra. Se detuvo y aguzó el oído.

—¿Nativos?

Algo se movió en las oscuras profundidades. Se oyó un suave ruido de pisadas sobre el suelo metálico, a lo lejos.

—¿Konstantin? —balbució una voz extraña—. ¿Konstantin-hombre?

—Soy Damon Konstantin —dijo él de nuevo—. Salid, por favor. No estoy armado. Estáis a salvo.

Permaneció quieto, percibiendo el ligero temblor en el andamiaje, por donde se movían los nativos. Oyó el sonido de su respiración y tuvo un atisbo de pelaje a lo lejos y un brillo de ojos. Siguió muy quieto, sintiéndose frágil en aquellos oscuros lugares. Los nativos no eran peligrosos… pero nadie les había atacado con armas hasta entonces.

Les vio por fin ascender el último tramo, jadeantes, uno de ellos herido y el otro con una expresión aterrorizada en sus ojos muy abiertos.

—Ayuda, ayuda, ayuda, Konstantin-hombre —le pidió este último nativo con voz temblorosa.

Le tendieron sus manos, suplicantes. Damon dejó la linterna sobre el enrejado donde permanecía y los recibió como si fueran niños. Tocó al macho con sumo cuidado, pues el pobre sangraba a lo largo de un brazo y soltaba gruñidos de dolor.

—Estáis a salvo —les aseguró—. Os sacaré de aquí.

—Asustados, Konstantin-hombre. —La hembra acarició el hombro de su macho y miró a uno y otro con sus ojos redondos y oscuros—. Todos ocultos no encuentran camino.

—No te entiendo.

—Más, más, más de nosotros, muertos de hambre, muertos de medio. Por favor, ayúdanos.

—Llámales.

Ella tocó al macho con un elocuente gesto de preocupación. El macho le dijo algo, la empujó, y ella tocó a Damon.

—Esperaré aquí —le aseguró éste—. No os preocupéis.

—Te quiero —dijo ella en un susurro y retrocedió escalones abajo, con un ruido metálico, perdiéndose enseguida en la oscuridad.

Poco después se oyeron gritos y gorjeos en las profundidades, hasta que los ecos se redoblaron. Las voces se multiplicaron en otros lugares, profundas las de los machos y agudas las femeninas, hasta que en todo el ámbito resonó una alocada algarabía. El macho que estaba junto a Damon la silenció con un grito.

Los otros fueron ascendiendo, arrancando sonidos metálicos de los escalones, entre llamadas mutuas y lamentos horrendos. La hembra regresó corriendo para acariciar el hombro de su macho y tocar las manos de Damon.

—Yo, Satén. Te pido que le pongas bien, Konstantin-hombre.

—Tienen que pasar unos pocos cada vez, ¿comprendes? Mucho cuidado con esa puerta.

—Conozco la puerta —dijo ella—. Tendré cuidado. Ve, ve, yo los traeré.

La hembra volvió a bajar a toda prisa. Damon rodeó al macho con un brazo y le llevó a la puerta; le colocó la máscara, puesto que él estaba demasiado aturdido para hacerlo y rugía de dolor, pero no hacía intento alguno de debatirse o atacar. Se abrió la otra puerta, revelando la luz brillante y los hombres armados, y el nativo se sobresaltó, gritó y se aferró a Damon. Elene se abrió paso entre los soldados para ayudarles.

—Que se vayan las tropas —dijo Damon, cegado por la luz e incapaz de distinguir a Vanars—. Fuera de aquí. Que dejen de apuntarles con sus armas. Instó al nativo para que se sentara en el suelo, apoyándose en la pared, y Elene ordenó que se presentara un médico—. ¡Fuera estos soldados de aquí! —exclamó Damon de nuevo—. ¡Déjennos!

Transmitieron una orden. Con gran alivio vio que los soldados de la India empezaban a retirarse, y el nativo siguió sentado, se dejó persuadir para mostrar el brazo herido cuando llegó el médico con su maletín y se arrodilló a su lado. Damon se quitó la máscara del respirador y apretó la mano de Elene. Flotaba en el aire el acre olor que despedía el sudoroso y asustado nativo.

—Se llama Dienteazul —dijo el médico, tras leer la etiqueta. Tomó algunas notas rápidas y empezó a tratar la herida—. Quemadura y hemorragia. Pronóstico leve, con excepción del shock.

—Agua —suplicó Dienteazul, alargando una mano hacia el maletín. El médico lo apartó y le prometió agua en cuanto pudieran encontrarla.

Se abrió la puerta y entraron alrededor de una docena de nativos. Damon se incorporó, viendo por sus expresiones que estaban llenos de pánico.

—Soy Konstantin —dijo enseguida, pues sabía la importancia que los nativos daban a aquel nombre.

Fue a su encuentro con las manos tendidas y dejó que le abrazaran los peludos, sudorosos y agitados nativos. Elene también los abrazó, y al cabo de un momento llegaron más, formando un grupo que llenó el corredor y superó en número a los soldados que permanecían en el extremo. Los nativos lanzaron ansiosas miradas en aquella dirección, pero se mantuvieron juntos. Cuando la puerta se abrió por tercera vez, apareció entre los recién llegados la compañera de Dienteazul, la cual se apresuró a buscarle. Vanars se acercó a ellos.

—Se solicita de usted que los lleve a un lugar seguro lo antes posible —le comunicó.

—Utilice su comunicador y haga que nos dejen paso libre a través de las rampas de emergencia cuatro a nueve hasta las plataformas —replicó Damon—. Desde allí es posible llegar a las dependencias de los nativos. Nosotros les escoltaremos. Es lo más rápido y seguro para todos.

No esperó los comentarios de Vanars al respecto, sino que hizo un gesto a los nativos.

—Vamos —les dijo, y ellos guardaron silencio y empezaron a moverse.

Dienteazul llevaba el brazo herido en cabestrillo, y se apresuró a reunirse con los demás para no quedar rezagado, hablando con ellos. Satén habló también, y pronto la conversación se generalizó entre los nativos. Damon caminaba dándole la mano a Elene, y los nativos avanzaban a sus lados y detrás de ellos con el peculiar acompañamiento de los sonidos que producían sus respiradores, moviéndose rápida •›• vivazmente. Los escasos guardianes a lo largo de su camino permanecían muy quietos, como si se precavieran al verse de súbito en minoría, y los nativos charlaban con creciente libertad entre ellos mientras llegaban al extremo del pasillo y ascendían por la ancha rampa en espiral que conducía a las puertas del noveno nivel. Dienteazul y Satén pasaron por el lado de Damon, tomando la delantera. Satén gritó algo y le respondió un coro de voces. Habló de nuevo, su voz resonando en las alturas y profundidades, y de nuevo atronó el animado coro, mientras descendían por la rampa. Otro gritó desde atrás y le respondieron las voces de los demás. Damon apretó la mano de Elene, a la vez conmovida y alarmada por aquella conducta, pero los nativos estaban contentos porque iban con ellos, entonando lo que parecía una canción de marcha.