—Estarás aquí hasta que pase el peligro —le dijo Damon—. Si hemos de hacer más arreglos, los haremos. Mientras tanto revisaré tus papeles o buscaré excusa para evitar que tengas que ir a trabajar los próximos días.
—¿No volveré al taller?
—Cuando hayamos arreglado las cosas. Mientras tanto no vamos a perderte de vista. Si quieren echarte el guante, se verán obligados a crear un incidente grave. Informaré también a mi padre, para que no sorprendan a nadie con peticiones inesperadas. Pero te pido por favor que no hagas nada que pueda provocarles.
—De acuerdo.
A una seña de Damon, acompañó a éste en busca de ropa limpia. Luego se bañó y fue sintiéndose mejor a medida que se desvanecía el recuerdo de la celda donde había estado detenido. Cuando salió del baño, envuelto en la bata que Damon le había dado, le recibió el aroma de la cena.
Comieron apretados en la mesa minúscula, hablando de lo que habían visto en sus distintas secciones. Por fin Josh podía hablar sin inquietud, sintiendo que no estaba solo en medio de la pesadilla.
Se acomodó en el extremo de la cocina, preparándose un lugar para dormir con las abundantes ropas de cama que Elene le proporcionó. Le prometió que al día siguiente conseguirían un camastro o, al menos, una hamaca. Y una vez acostado se sintió seguro, creyendo al fin lo que Damon le había dicho… que estaba en un refugio que ni siquiera la Flota de Mazian podía violar.
XVII
Downbelow: Sonda de aterrizaje de la África; base principal; 2400 h. en la nave; 1200 h. horario local
Recostado en su sillón, Emilio miraba resueltamente al ceñudo Porey, aguardando mientras éste tomaba notas en el papel listado que tenía ante él. Cuando se lo entregó, Emilio leyó la solicitud de suministros y asintió lentamente.
—Puede que necesitemos un poco de tiempo —comentó.
—Por ahora me limito a transmitir informes y actuar de acuerdo con las instrucciones —dijo Porey—. Usted y su personal no están cooperando. Tómese todo el tiempo que le parezca.
Estaban sentados en la pequeña zona personal de la nave de Porey, con su cubierta plana, que no había sido diseñada para un prolongado vuelo espacial. Porey había respirado el aire de Downbelow, había visto las cúpulas, el polvo y el barro, y disgustado por todo ello se había retirado a su nave, haciendo que Emilio fuera a visitarle en vez de acudir él a la cúpula principal. A Emilio no le habría importado en absoluto tener que ser él quien se desplazara si también se hubieran retirado las tropas. Pero los soldados continuaban en el exterior, protegidos con sus máscaras y armados. Tanto los miembros de cuarentena como los residentes trabajaban en los campos bajo la amenaza de las armas.
—También yo recibo instrucciones —dijo Emilio— y actuó de acuerdo con ellas. Lo mejor que podemos hacer, capitán, es reconocer que ambas partes somos conscientes de la situación y que su razonable solicitud será satisfecha. Ambos estamos supeditados a las órdenes.
Un hombre razonable podría haberse sosegado, pero Porey no, y siguió con el ceño fruncido, que quizá era su expresión natural. Existía la posibilidad de que sufriera los efectos de una prolongada vigilia. Los cortos intervalos en que eran relevadas las tropas del exterior indicaban que no habían descansado.
—Tómese el tiempo que necesite —repitió Porey, y era evidente que recordaría el tiempo que Emilio se tomara… el día en que tuviera ocasión de hacer las cosas a su manera.
—Con su permiso —dijo Emilio, sin obtener respuesta alguna del capitán, por lo que se levantó y salió.
Los guardianes le dejaron ir por el corto corredor hasta el ascensor que llevaba a la panza de la nave, donde estaba la compuerta para salir a la atmósfera de Downbelow. Se puso la máscara y descendió por la rampa.
Aún no habían enviado fuerzas de ocupación a los otros campamentos. Emilio pensó que les gustaría hacerlo, pero que sus fuerzas eran limitadas y en aquellos lugares no había zonas de aterrizaje. En cuanto a la petición de suministros que le había hecho Porey, calculó en que reuniría las cantidades solicitadas. Aquello iba a reducir sus reservas y las de la estación, pero su resistencia y el estado ruinoso de las cúpulas habían logrado que la Flota redujera sus exigencias a unas proporciones tolerables.
Recordó el mensaje más reciente de su padre: «La situación ha mejorado. No se planea evacuación. La Flota tiene la intención de establecer una base permanente en Pell.» Esta no era la mejor ni la peor de las noticias. Durante toda su vida había considerado la guerra como algo ineludible que se presentaría un día, en alguna generación, que Pell no podría mantener para siempre la neutralidad. Cuando los agentes de la Compañía estaban con ellos, confió desesperadamente que alguna fuerza exterior estuviera preparada para intervenir. Pero en vez de eso se presentó Mazian, que estaba perdiendo una guerra que la Tierra no podía financiar, que no podía proteger una estación que quizás decidiera financiarle, que no sabía nada de Pell y le tenía por completo sin cuidado el delicado equilibrio de Downbelow.
Cuando los soldados le preguntaron dónde estaban los nativos, él les respondió que los desconocidos les asustaban. No había señal de ellos por ninguna parte, lo cual era lo más conveniente. Se metió la solicitud de suministros de Porey en el bolsillo de su chaqueta y ascendió por el sendero de la colina. Podía ver a los soldados armados con rifles y apostados aquí y allá, entre las cúpulas, a los trabajadores a lo lejos, en los campos, obligados a continuar en el tajo sin que se tuviera en consideración su turno, su edad o su estado de salud. Había tropas en el molino y en la estación de bombeo. Interrogaban a los operarios acerca de las cifras de producción. Hasta entonces no habían puesto objeciones a la explicación básica, que la estación había absorbido todo lo que producían. Allá arriba había muchas naves, todos aquellos mercantes que orbitaban alrededor de la estación. No era probable que Mazian empezara a requisar los suministros de los mercantes… no cuando eran tan numerosos.
Pero a Emilio le aguijoneaba el molesto pensamiento de que Mazian, que hasta entonces se había mostrado bastante más sagaz que los mandos de la Unión, no iba a dejarse engañar por él.
Se dirigió al centro de operaciones, cuya puerta estaba abierta, y vio que salía Miliko y se quedaba allí esperándole, su negro cabello ondeando a causa del frío viento. Había querido ir a la nave con él, temiendo que estuviera a solas con Porey, sin testigos. Él la había convencido para que se quedara. La saludó agitando un brazo, para hacerle saber que todo iba bien, y Miliko fue a su encuentro. Todavía estaban al frente de Downbelow.
XVIII
Azul uno: 10/5/52; 0900 h.
Un soldado montaba guardia en la esquina. Jon Lukas vaciló, lo cual sin duda alguna llamaría la atención. El soldado se llevó una mano a las proximidades de su pistola. Jon avanzó nerviosamente, tarjeta en mano, la presentó y el soldado, robusto y de piel oscura, la miró con el ceño fruncido.
—Es una autorización del consejo —dijo Jon.
—Sí, señor.
Jon tomó la tarjeta y echó a andar por el pasillo, con la sensación de que el soldado seguía mirándole la espalda.
—Señor.
Él se volvió.
—El señor Konstantin está en su oficina, señor.
—Su esposa es mi hermana. Hubo un momento de silencio.
—Sí, señor —dijo el soldado en voz baja, y continuó hierático. Jon prosiguió su camino.
Pensó amargamente que Angelo vivía muy bien, en un espacio amplio. Sus aposentos, y los de Alicia, eran los más grandes de la estación. Se detuvo ante la puerta, vaciló, con un nudo en el estómago. Había llegado hasta allí y no podía retroceder, pues de lo contrario el soldado le interrogaría por su extraño comportamiento. Oprimió el botón del comunicador y esperó.