Podía hacer caso omiso y seguir su camino hacia la cuarentena. Podía devolver la tarjeta, decir que se la había encontrado, o decir la verdad: que alguien quería ponerse en contacto con él sin que los demás lo supieran. Debía haber una razón política. Alguien, dispuesto a correr el riesgo quería algo del representante de la cuarentena. Una trampa… o una esperanza, un intercambio de influencia. Alguien que sería capaz de eliminar las obstrucciones.
Podía llegar al sector verde nueve; no tenía más que apretar por error el botón correspondiente. Se detuvo ante la placa de llamada del ascensor, a solas, codificó verde y se colocó ante la placa de madera de manera que ningún transeúnte pudiera observar la brillante luz verde. Llegó el camarín y se abrieron las puertas. Kressich entró y una mujer llegó corriendo en el último momento y oprimió un botón de la placa interior para codificar verde dos. Las puertas se cerraron. Kressich dirigió a la mujer una mirada furtiva mientras el ascensor empezaba a moverse, y la desvió rápidamente. La mujer bajó en la sección dos; él se quedó mientras entraban más pasajeros desconocidos para él. El ascensor se detuvo en la sección seis, en la siete, y admitió más gente. En la ocho bajaron dos. Al llegar a la nueve Kressich salió con otros cuatro y caminó hacia las plataformas, sujetando la tarjeta con dedos sudorosos. Pasó junto a algunos soldados, los cuales vigilaban el flujo general de tráfico en los corredores. No era probable que ninguno de ellos se fijara en un hombre normal que caminaba por un corredor, se detenía ante una puerta y utilizaba una tarjeta para entrar. Era la más natural de las acciones. Se acercaba a la cuarta intersección, donde no había vigilancia. Caminó más despacio, pensando desesperadamente, acelerándosele los latidos del corazón. Empezó a considerar la posibilidad de pasar de largo.
Alguien que caminaba tras él le cogió de la manga y le empujó bruscamente hacia adelante.
—Venga —le dijo el hombre, y dobló la esquina con él.
Kressich no opuso resistencia, temeroso de que le acuchillaran, obedeciendo a un instinto que había adquirido en la cuarentena. Naturalmente, el que le había dado la tarjeta también había bajado… o tenía algún compinche. Se movió como una marioneta y cruzó el corredor hasta llegar a la puerta. Ya libre, pues el transeúnte había seguido caminando, utilizó la tarjeta.
Entró en el apartamento, que era pequeño, con la cama sin hacer y ropa desperdigada por todas partes. Un hombre salió del nicho que constituía la cocina, un hombre indescriptible, de treinta y cinco o cuarenta años.
—¿Quién es usted? —le preguntó el hombre. La pregunta cogió a Kressich por sorpresa. Empezó a guardarse la tarjeta en el bolsillo, pero el hombre tendió la mano, exigiéndosela, y él no tuvo más remedio que dársela.
—¿Nombre?
—Kressich —y añadió desesperadamente—: Tengo que irme. Me echarán de menos en cualquier momento.
—Entonces no le entretendré demasiado. Usted es de la Estrella de Russell, señor Kressich, ¿verdad?
—Creí que no me conocía.
—Tiene esposa. Se llama Jen Justin; y un hijo, Romy.
Palpó a su lado, encontró un sillón abarrotado de cosas y se apoyó en el. El corazón le latía con tanta fuerza que le hacía daño.
—¿De qué está hablando?
—¿Estoy en lo cierto, Vassily Kressich? Él asintió.
—La confianza de sus conciudadanos de la cuarentena ha sido depositada en usted… para que represente sus intereses. Naturalmente, respetan su iniciativa… en lo que concierne a sus intereses.
—Dígame qué quiere.
—Sus votantes están en apuros… con los papeles embrollados. Y cuando la seguridad militar sea más rígida, como lo será bajo el control de las fuerzas de Mazian… me pregunto, señor Kressich, qué clase de medidas podrán adoptarse. Todos ustedes se han opuesto a la Unión de una u otra manera, algunos, claro, impulsados por una auténtica repulsa, otros por interés propio y otros por las circunstancias. ¿A cuál de estas categorías pertenecía usted?
—¿De dónde saca su información?
—Fuentes oficiales. Sé muchas cosas de usted que no figuran en los datos que entregó al ordenador. He investigado un poco. A decir verdad, he visto a su esposa y su hijo, señor Kressich. ¿Está interesado?
Él asintió, incapaz de hacer otra cosa. Se apoyó aún más en el sillón, tratando de respirar.
—Están bien. Los he visto en una estación cuyo nombre conozco. Aunque puede que ya no estén allí, que los hayan trasladado. La Unión se ha dado cuenta de su posible valor, pues conocen al hombre que representa a un número tan formidable de gente en Pell. La búsqueda mediante el ordenador dio con ellos, pero no los perderán de nuevo. ¿Le gustaría verlos, señor Kressich?
—¿Qué quiere de mí?
—Un poco de su tiempo, unos pequeños preparativos para el futuro. Puede protegerse a sí mismo, a su familia y a sus votantes, que son unos parias bajo Mazian. ¿Qué ayuda podría conseguir de Mazian para localizar a su familia? ¿O cómo podría llegar hasta ellos? Y seguramente hay otras familias divididas, que ahora pueden arrepentirse de una decisión precipitada, una decisión que Mazian les obligó a tomar contra el verdadero interés de todo habitante del Más Allá que es el propio Más Allá.
—Usted es de la Unión —dijo Kressich para eliminar toda duda.
—Soy del Más Allá, señor Kressich. ¿No lo es usted? Se sentó en el brazo del sillón, pues le temblaban las rodillas.
—¿Qué es lo que quiere?
—Sin duda existe una estructura de poder en cuarentena, algo que no escapa a su conocimiento. Seguramente un hombre como usted… está en contacto con ella.
—Tengo contactos.
—¿E influencia?
—También.
—Más tarde o más temprano estará usted en manos de la Unión. Dese cuenta de ello… si Mazian no toma sus propias medidas. ¿Sabe lo que podría hacer si decide quedarse aquí? ¿Cree que va a mantener la cuarentena cerca de sus naves? No, señor Kressich, por un lado usted representa mano de obra barata, y por otro una molestia, según la situación. Tal como van a ir las cosas muy pronto, usted constituirá un riesgo para él. ¿Qué medio puedo usar para ponerme en contacto con usted, señor Kressich?
—Ya se ha puesto en contacto conmigo.
—¿Dónde está su oficina?
—Naranja nueve 1001.
—¿Hay allí comunicador?
—El de la estación. Sólo puede llamarse a través de la estación, y siempre está estropeado. Cada vez que quiero llamar he de hacerlo a través del comunicador central. No hay otra manera. Usted no puede… llamarme. Como le digo, siempre está averiado.
—En cuarentena tienden a las revueltas, ¿verdad? Él asintió.
—Dígame, señor consejero de cuarentena… ¿Podría usted preparar una de esas revueltas?
Kressich asintió por segunda vez. El sudor le corría por el rostro y los costados.
—¿Puede usted sacarme de Pell?
—Cuando haya hecho lo que tiene que hacer por mí, tiene garantizado un billete de salida, señor Kressich. Reúna sus fuerzas. Ni siquiera me interesa saber quiénes son, pero usted me conoce. Un mensaje mío utilizará la palabra Vassily. Eso es todo. Sólo esa palabra. Y si llega esa llamada, usted se ocupará de que haya… disturbios inmediatos e importantes.
—¿Quién es usted?
—Váyase ahora. No ha perdido más de diez minutos de su tiempo. Puede justificarlos en su mayor parte. Dese prisa, señor Kressich.
Él se levantó, miró atrás y salió apresuradamente de la estancia. Sintió en el rostro el aire fresco del corredor. Nadie lo detuvo, nadie reparó en él. Echó a andar por el corredor principal y decidió que si le preguntaban qué había hecho durante aquellos minutos, diría que había hablado con Konstantin y otras personas en el vestíbulo, que se había sentido mal y había hecho un alto en una sala de descanso. El mismo Konstantin atestiguaría que le había visto transtornado. Se enjugó el rostro con la mano, notando que su visión tendía a empañarse, dobló la esquina para salir a la plataforma verde, siguió andando hacia la zona azul y el límite de la cuarentena.