Выбрать главу

Se oyeron unos golpes en la puerta. Hale fue a abrir y Jon se volvió tenso desde donde estaba, junto al bar de la cocina, dejando escapar un profundo suspiro de alivio cuando entró Jessad y la puerta se cerró tras él.

—No hay problemas —dijo Jessad—. Están cubriendo todas las señales, preparándose para la acción dentro de la estación. Así dificultan a los invasores orientarse.

—¿Cómo ha ido con Kressich?

—Muy bien.

Jessad se quitó la chaqueta y la arrojó a Keifer, el hombre de Hale, que había salido del dormitorio. Keifer palpó enseguida el bolsillo de la chaqueta y recuperó sus documentos con un alivio comprensible.

—No le detuvieron —dijo Keifer.

—No. Me limité a ir hasta su apartamento, entré, envié a su compañero con la tarjeta… todo a pedir de boca.

—¿Y él ha accedido? —preguntó Jon.

—Claro que sí.

Jessad estaba de un humor desacostumbrado, sintiendo un residuo de excitación, y en sus ojos normalmente apagados brillaba una chispa de buen humor. Se acercó al bar y se sirvió una bebida.

—Mis ropas —objetó Keifer.

Jessad se echó a reír, tomó un sorbo, dejó el vaso y empezó a quitarse la camisa.

—Ahora ha vuelto a cuarentena. Y nosotros la controlamos.

XX

Transporte de la Unión Unity, entre la flota de la Unión: Espacio profundo

Ayres estaba sentado a la mesa en la sala principal. Ignorando a los guardianes, apoyó la cabeza en las manos y trató de recuperar el equilibrio. Permaneció así unos momentos, luego se levantó y caminó hasta el depósito de agua que estaba junto a la pared, con paso inseguro. Humedeció los dedos y se lavó la cara con agua fría, tomó un vaso de papel y bebió para apaciguar su estómago.

Alguien entró en la estancia. Ayres le miró y enseguida frunció el ceño, pues era Dayin Jacoby, el cual se sentó ante la única mesa. Ayres no habría vuelto a ella, pero sus piernas estaban demasiado débiles para aguantar mucho tiempo en pie. No había soportado bien los trastornos del salto. Jacoby había salido mejor librado, y eso también se lo reprochaba.

—Ya se acerca —dijo Jacoby—. Tengo una idea bastante aproximada de dónde estamos.

Ayres se sentó, esforzándose para centrar la vista. Las drogas hacían que todo le pareciese distante.

—Debería sentirse orgulloso de sí mismo.

—No confían en mí, pero es de sentido común que él… ¿Están grabando lo que decimos?

—No tengo ni idea. ¿Qué más da? El hecho, señor Ayres, es que usted no puede retener Pell para la Compañía, no puedo protegerles. Ha tenido usted su oportunidad y la ha perdido. Y en Pell no querían a Mazian. Preferían la Unión a Mazian.

—Dígales eso a mis compañeros. Jacoby se inclinó hacia adelante.

—Pell se merece algo mejor que lo que puede darle la Compañía. Mejor que lo que va a darle Mazian, desde luego. Yo busco nuestro interés, señor Ayres, y negociamos como debemos hacerlo.

—Pudo haber negociado con nosotros.

—Lo hicimos… durante siglos.

Ayres se mordió el labio y se negó a seguir discutiendo. Las drogas que había tenido que tomar para el salto le impedían pensar con claridad. Ya había hablado, a pesar de su resolución de no hacerlo. Querían algo de él, pues de lo contrario no le habrían sometido a confinamiento ni llevado a aquel nivel de la nave. Apoyó la cabeza en una mano y trató de razonar para salir de su aturdimiento mientras aún hubiera tiempo.

—Estamos preparados para entrar —le acució Jacoby—. Y usted lo sabe.

Jacoby trataba de asustarle. Había estado postrado de terror durante la última maniobra. Había soportado el salto por dos veces, con la sensación de que sus entrañas estaban retorcidas y vueltas del revés. No quería pensar en otro salto.

—Creo que van a tener una charla con usted —dijo Jacoby—. Se trata de un mensaje para Pell, algo que dé la impresión de que la Tierra ha firmado un tratado. La Tierra apoya el derecho de los ciudadanos de Pell a elegir su propio gobierno. ¿Qué le parece?

Ayres le miró, dudando por primera vez de dónde estaba la verdad y dónde la mentira. Jacoby era de Pell. Fueran cuales fuesen los intereses de la Tierra, no era posible servir todos los deseos en contrario, acabaría ocupando un alto puesto en el gobierno de Pell.

—Puede que le interesen los acuerdos que conciernen al mismo Pell. Si la Tierra no quiere quedarse aislada… y usted afirma que busca el comercio… tiene que pasar por Pell, señor Ayres. Somos importantes para usted.

—Eso lo sé muy bien. Hábleme de ello cuando sea usted una autoridad en Pell. Por ahora la única autoridad en Pell es la de Angelo Konstantin, y aún he de ver algo que lo contradiga.

—Negocie ahora y espere el acuerdo —dijo Jacoby—. La parte que represento puede asegurarle la salvaguardia de sus intereses. Somos un punto de partida, señor Ayres, para la Tierra y el hogar. Una discreta toma de posesión de Pell, su discreta estancia allí en espera de que lleguen sus compañeros para regresar a casa en una nave que será fácil contratar en Pell. Eso o… dificultades, prolongadas dificultades, resultantes de un largo y dificultoso asedio. Pérdidas… posiblemente la destrucción de Pell. Yo no quiero eso. Y pienso que usted tampoco. Usted es muy humano, señor Ayres. Le estoy rogando, y lo hago por Pell. Esa es la verdad. Hágales ver claro que existe un pacto, que su elección debe decantarse por la Unión, que la Tierra les permite hacerlo.

—Desde luego, trabaja usted a conciencia para la Unión.

—Quiero que mi estación sobreviva, señor Ayres. Miles y miles de personas… podrían morir. ¿Sabe lo que significa que Mazian la utilice para protegerse? Puede retenerla para siempre, pero también puede arruinarla.

Ayres permaneció sentado, mirándose una mano, sabiendo que no podía razonar bien en su estado, que la mayor parte de lo que le habían dicho durante su estancia entre ellos era mentira.

—Quizá deberíamos trabajar juntos, señor Jacoby, si en ese caso pudiéramos asegurar el fin de todo esto sin más derramamiento de sangre.

Jacoby parpadeó, tal vez sorprendido.

—Es probable —continuó Ayres—. Los dos somos realistas, señor Jacoby… Al menos supongo que usted lo es. Autodeterminación es un buen término para nombrar la última alternativa posible, ¿no cree? Comprendo perfectamente sus argumentos. Pell carece de defensas. La estación es neutral… lo cual significa que usted está con quien gane.

—Usted lo ha dicho, señor Ayres.

—Igual que yo. Orden… el Más Allá… comercio beneficioso, y eso en interés de la Compañía. Era de esperar que aquí se produjera la independencia. Habría sido reconocida hace mucho tiempo de no haberse interpuesto la ceguera de las ideologías. Es posible que vengan tiempos mejores, Jacoby. Ojalá vivamos para verlos.

Era la mentira más creíble que jamás había dicho. Se reclinó en su asiento, sintiendo que le acometía la náusea por los efectos combinados del salto y del puro terror.

—Señor Ayres.

Se volvió hacia la puerta. Era Azov. El oficial de la Unión entró en la estancia, resplandeciente en su traje negro y plateado.

—Nos controlan —observó Ayres ásperamente.

—No me engaño a mí mismo confiando en su afecto, señor Ayres. Sólo apelo a su buen sentido.

—Está bien. Grabaré lo que ustedes quieran. Azov meneó la cabeza.