III
Pelclass="underline" Oficina del Jefe de la Estación
MERCANTE HAMMER A ECS EN VECINDAD/ MAYDAYMAYDAYMAYDAY/TRANSPORTES DE LA UNION MOVIÉNDOSE/DOCE TRANSPORTES NUESTRA VECINDAD/DISPONEMOS SALTO/OJO DE CISNE A TODAS LAS NAVES/CORRANCORRAN CORRAN… ECS TIBET A TODAS LAS NAVES/ TRANSMITAN…
El mensaje había sido enviado hacía más de una hora, repitiéndose en los comunicadores de todas las naves como un eco en un manicomio. Angelo se inclinó sobre la consola del ordenador y tecleó un mensaje a la plataforma, donde la conmoción de un despegue masivo hacía que la gente siguiera acudiendo a la llamada de emergencia. Los militares se habían dedicado a mantener el orden a su manera, desparramándose por las plataformas. El caos reinaba en la central, y sería inevitable una pérdida de gravedad si los sistemas no se adaptaban al despegue masivo. Había evidentes inestabilidades. El comunicador estaba atascado y durante casi dos horas la situación en el borde del sistema solar había seguido su curso, mientras el mensaje avanzaba a la velocidad de la luz hacia ellos.
Quedaban soldados en la plataforma. La mayoría habían subido a bordo, parapetándose en las naves; algunos no lo habían conseguido, y los canales militares en la estación lanzaban airados e incomprensibles mensajes ¿Por qué habían movido las tropas? ¿Por qué se habían retrasado para admitir a bordo a cuantos pudieran, cuando se aproximaba un ataque?… La implicación de que la Flota era libre de despegar dejándoles abandonados. La orden de Mazian…
«Emilio», pensó distraídamente. El esquema de Downbelow apareció a la izquierda de la pantalla de la pared, con un punto revoloteando el transbordador de Porey. No podía llamar, nadie podía, por orden de Mazian… El comunicador debía permanecer en silencio. Control de tráfico ordenaba a los mercantes que mantuvieran la formación en órbita. Era todo lo que podían decir. Las peticiones a través del comunicador inundaban a los mercantes en la plataforma, con más rapidez de la que tenían los operadores para responder rogando que se tranquilizaran.
La Unión debía estar metida en aquello. «Anticipado», había transmitido Mazian en cuanto consiguió comunicarse. Durante días los capitanes habían permanecido cerca de las naves, dentro de las que se hacinaban las tropas, y no por cortesía hacia la estación, no como respuesta a sus peticiones de que mantuvieran a las tropas fuera de los corredores.
Estaban preparados para despegar, a pesar de todas las promesas.
Angelo tendió la mano hacia el botón del comunicador para llamar a Alicia, pues tal vez ella estaría siguiendo todo aquello a través de las pantallas.
—Señor. —Su secretario, Mills, apareció en la pantalla del comunicador—. Seguridad solicita su presencia en el comunicador central. Hay un cambio de situación en el sector verde.
—¿Qué clase de cambio?
—Una verdadera muchedumbre, señor.
—Angelo se levantó de la mesa y cogió su chaqueta.
—Señor…
Se volvió hacia la puerta de su oficina, abierta sin que le hubieran pedido permiso para hacerlo. Mills estaba allí, protestando por la intrusión de Jon Lukas y un acompañante.
—Lo siento, señor —dijo Mills—. El señor Lukas insistió… Le dije…
Angelo frunció el ceño, molesto por la intrusión y a la vez confiando en recibir ayuda, pues Jon era un hombre capacitado, aunque sólo se interesaba por sí mismo.
—Necesito ayuda —empezó a decir, y se fijó alarmado en el breve movimiento del acompañante, que se llevó la mano a la chaqueta, y el súbito brillo del acero.
Mills no llegó a verlo… Angelo lanzó un grito cuando el hombre acuchilló a Mills, y retrocedió cuando el atacante se abalanzó contra él. De repente reconoció su rostro: era Hale.
Mills gritó, sangrando, y cayó en el umbral de la puerta abierta. Se oían gritos en la oficina exterior. Angelo sintió el golpe. Intentó coger la mano de quien se lo había asestado y encontró el arma que sobresalía de su pecho. Miró incrédulo a Jon… con expresión de asombro. Había otros en el umbral.
La incomprensión creció en él, al tiempo que la sangre manaba de la herida.
IV
Cuarentena
—Vassily —dijo la voz a través del comunicador—. ¿Me oye, Vassily?
Kressich permaneció paralizado ante su mesa. Coledy, uno de los que se sentaban a su alrededor, que aguardaba encorvado, alargó la mano y oprimió en botón correspondiente.
Le escucho —dijo Kressich con un nudo en la garganta. Miró a Coledy. Oía el zumbido de voces en las plataformas, de gente ya asustada que amenazaba con alborotarse.
—Mantenle a salvo —dijo Coledy a James, que estaba con otros cinco que esperaban afuera—. Que esté bien seguro.
Y Coledy salió. Habían esperado alrededor del comunicador, uno de ellos siempre al lado de la máquina, reunidos allí, en medio de la confusión. Y la revuelta se les echaba encima. Al cabo de un momento aumentó el ruido de la multitud en el exterior, un sonido sordo, bestial, que estremecía las paredes.
Kressich se cubrió el rostro con las manos y permaneció así largo tiempo, negándose a saber lo que ocurría.
—Las puertas —oyó al fin; alguien gritaba desde fuera—. ¡Las puertas están abiertas!
V
Verde noveno
Corrían tropezando, sin resuello, empujando a otros en el corredor, un mar de gentes presas del pánico, envueltas en la luz roja de las alarmas. La sirena seguía sonando. Las oscilaciones de la gravedad, mientras los sistemas de la estación se esforzaban por mantenerse estables, les producían náuseas.
—Son las plataformas —dijo Damon, con la visión borrosa. Uno de los que corrían chocó con él y tuvo que apartarlo bruscamente para seguir su camino, con Josh pisándole los talones, hacia la apertura de la rampa en el noveno nivel—. Mazian ha salido para atacar.
La partida de Mazian para el ataque ero lo único que tenía sentido.
Se oyeron gritos y se produjo un retroceso masivo en la multitud que hizo detenerse la presión. De repente el tráfico se dirigió hacia el otro lado; algo hacía retroceder a la gente. Los gritos eran frenéticos y los cuerpos se apretujaban contra ellos.
—¡Damon! —gritó Josh a sus espaldas.
No sirvió de nada. Les empujaban hacia atrás, contra los otros cuerpos. Se oyó ruido de disparos por encima de sus cabezas, y toda la masa apretujada se estremeció y estalló en alaridos. Damon extendió los brazos a modo de palancas, para evitar que le asfixiaran…, parecía que la presión iba a aplastarle la caja torácica.
Entonces la retaguardia de la multitud dio media vuelta, huyendo despavorida por alguna posible vía de escape. La muchedumbre era como una corriente impetuosa y desbordada. Damon intentó resistir para que no se lo llevaran, pues tenía su propia dirección que seguir. Una mano le cogió del brazo y Josh apareció a su lado, tambaleándose mientras la multitud empujaba y los dos hombres trataban de avanzar contra corriente.
Más disparos. Un hombre cayó al suelo… No sería el único alcanzado. El fuego se dirigía contra la multitud.
—¡Alto el fuego! —gritó Damon, todavía con una muralla humana ante él, una muralla que iba reduciéndose como segada por una guadaña—. ¡Dejen de disparar!
Alguien le cogió por detrás y tiró de él al caer al suelo alcanzado por el fuego. Damon estuvo a punto de perder el equilibrio, pero Josh le sujetó y los dos hombres siguieron corriendo. A menos de un metro delante de ellos otro hombre cayó con la espalda destrozada, y los que huían en desbandada le pisotearon.