—¡Por aquí! —gritó Josh, tirando de él hacia la izquierda, por un corredor lateral por donde huían algunos otros.
Corriendo a través del laberinto de corredores secundarios, en dirección al nivel noveno, cruzaron tres intersecciones. En todas ellas había gente despavorida, tambaleándose a causa de las oscilaciones de la gravedad. Se oyeron nuevos gritos.
—¡Cuidado! —gritó Josh, cogiendo a Damon. Este aspiró hondo y se volvió, corriendo hacia la curva elevación del corredor, en la que se alzaba el muro de división del sector.
Por un momento temió que no hubiera ninguna abertura en el muro, pero sí la había. Josh vio el pasadizo y le cogió de la manga, instándole a apresurarse hacia la pesada puerta que daba acceso a uno de los sectores habitados por los nativos.
Damon se apoyó en la pared, buscó su tarjeta y la introdujo en la ranura. La puerta se abrió emitiendo una vaharada de aire corrompido, y los dos hombres entraron en un ámbito frío y oscuro.
La puerta se cerró. Empezó el intercambio de aire y Josh miró a su alrededor, asustado. Damon buscó las máscaras en la hornacina, ofreció una a Josh, se puso otra en el rostro y respiró un poco. Estaba temblando y le costaba ajustarse la máscara a la cabeza.
—¿Adónde vamos? —le preguntó Josh, su voz alterada por la máscara—. ¿Ahora qué?
Había una linterna en la hornacina. Damon la cogió y la encendió. Buscó el interruptor de la puerta interna y abrió ésta, con un ruido que resonaba en lo alto. La luz de la linterna iluminó unos andenes. Estaban en un enrejado, y había una escala que llevaba más abajo, hasta un tubo. La disminución de la gravedad le producía vértigo. Se cogió de la barandilla.
Elene… Elene estaría en la peor de las situaciones. Tendría que ir a la superficie a cerrar las puertas de la oficina. Tenía que hacerlo. A Damon no le sería posible llegar allí, y, no obstante tenía que ayudar, alcanzar un punto desde donde pudiera hacer que las fuerzas de seguridad detuvieran la desbandada. Era preciso subir a los niveles superiores. Al otro lado de la partición estaba el sector blanco. Intentó encontrar un acceso, pero la luz de la linterna no descubrió ninguno. No había una conexión directa de una sección con otra, excepto en las plataformas, excepto en el nivel número uno. Recordó el complicado sistema de cierres… Los nativos sabían dónde estaba, él no. Pensó que debería ponerse en contacto con la central, subir a un corredor superior y alcanzar el comunicador. Todo iba mal, la gravedad desequilibrada, la Flota había despegado, quizá también los mercantes, trastornando su estabilidad, y la central no lo corregía. Algo iba absolutamente mal allá arriba.
Se volvió, tambaleándose por la súbita irrupción de la gravedad, se aferró de una barandilla inclinada hacia arriba y empezó a trepar. Josh le siguió.
VI
Plataforma verde
No había respuesta de la central. El comunicador manual seguía indicando a la espera, entre continuas interferencias. Elene lo apagó y dirigió una frenética mirada a las filas de soldados que bloqueaban la entrada del sector verde nueve.
—Mensajero —llamó. Un joven llegó a su lado de inmediato. La avería del comunicador les había obligado a utilizar recaderos—. Ve a todas las naves ensambladas, una tras otra y tan rápido como puedas y diles que pasen el aviso a través de su propio sistema de comunicación. Diles que se queden donde están, diles… ya sabes lo que has de decirles. Hay problemas ahí afuera y se meterán de cabeza en ellos si despegan. ¡Vete!
Era muy probable que tampoco funcionaran los radares. Elene había calculado la extensión del apagón generalizado ocasionado por la Flota. La India y la África habían partido, dejando tropas para dominar la plataforma, tropas a las que no podían embarcar por falta de espacio. La señal seguía sufriendo interrupciones. No sabía qué información estaban recibiendo los mercantes, o qué mensajes podrían haber recibido las tropas a través de su propio comunicador. No sabía quién estaba al frente de las tropas abandonadas, si algún alto oficial o algún desesperado y confuso suboficial. Había una muralla de ellos en las entradas del noveno nivel en las plataformas azul y verde… un muro de soldados frente a los horizontes curvos que cerraban aquellas mismas plataformas a cada lado, los rifles dispuestos. Elene temía tanto a aquellos hombres como al mismo enemigo. Habían disparado contra la muchedumbre enloquecida, habían matado gente. Aún se oían disparos esporádicos. Elene tenía un grupo de doce colaboradores y faltaban seis de ellos… el apagón del sistema de comunicaciones la había aislado. Los demás dirigían los esfuerzos de los equipos en las plataformas para revisar los umbilicales abandonados, tratando de localizar brechas fatales. Toda la sección debería estar bajo un cierre hermético de precaución… si sus colaboradores que estaban arriba, en el control azul, podían solucionarlo. Los interruptores no funcionaban; todo el sistema estaba atascado. Las oscilaciones de la gravedad todavía les afectaban a intervalos. La masa fluida de los depósitos tenía que ser trasvasada tan pronto como pudieran funcionar las tuberías, llenando los depósitos de compensación para estabilizar la gravedad. La estación disponía de pilotos automáticos y podrían utilizarlos. En un espacio enorme como el de las plataformas, eran aterradores los altibajos del peso, inquietante premonición de que en cualquier momento podrían sufrir un flujo de uno, dos o más kilos.
—¡Señora Quen!
Elene se volvió. El mensajero no había podido pasar: algún asno en la línea de tropas debía de haberle hecho volver. Se apresuró a ir a su encuentro, hacia la línea que súbitamente, de un modo inexplicable, se había vuelto hacia ellos, los rifles apuntándoles.
Un griterío rugió a sus espaldas. Volvió la vista y, en el curvado horizonte vio una informe oleada de gente que corría, bajando por aquella pared aparente hacia ellos, más allá del arco que cubría la sección. Revuelta.
—¡El cierre hermético! —gritó Elene al inútil comunicador manual.
Las tropas se movieron. Elene se encontraba entre los soldados y la gente que corría. Se dirigió hacia la maraña de estructuras metálicas, el corazón golpeando con violencia, mirando atrás para ver el avance de las tropas, que estrecharon su perímetro, pasaron por su lado, algunos soldados tomando posiciones entre las estructuras metálicas. Elene oprimió los botones del comunicador manual, tratando desesperadamente de ponerse en contacto con su oficina.
—¡Bajad el cierre!
Pero la muchedumbre había rebasado el control del sector azul, su ruido crecía, era como una marea avanzando hacia ellos mientras otros seguían bajando por el horizonte, una masa interminable. De repente Elene se dio cuenta del aspecto de aquellos rostros, que no reflejaban pánico sino odio. Aquella gente estaba provista de armas, trozos de tuberías y porras…
Las tropas abrieron fuego. Surgieron gritos mientras caía la primera fila. Elene estaba paralizada, a menos de veinte metros de la retaguardia de las tropas, viendo que eran más y más los revoltosos que avanzaban hacia ellos por encima de sus muertos.
Eran los internos de cuarentena, que se habían liberado. Blandían armas y gritaban de un modo ensordecedor. Y su número era interminable.
Elene se volvió y echó a correr, tambaleándose por el flujo de la gravedad, siguiendo a sus propios equipos de plataforma y a los nativos desperdigados que al ver el conflicto entre humanos huían en busca de refugio.
El ruido aumentó a sus espaldas.
Redobló la velocidad de su carrera, una mano en el vientre, tratando de suavizar la conmoción producida por el esfuerzo en unas condiciones de gravitación fluctuantes. Oía gritos a sus espaldas, casi ahogados por el fragor. Superarían a las tropas, se apoderarían de los rifles, ganarían por la pura fuerza numérica. Miró atrás y vio que del sector verde noveno surgían gentes que corrían y pasaban por el lado de las tropas, sus rostros reflejando pánico. Elene aspiró hondo y siguió corriendo, a pesar del dolor que sentía en el arco pélvico, trotando cuando podía y tambaleándose con los accesos de gravedad. La gente que corría empezó a rebasarla, primero unos pocos avanzados, luego otros más, como una inundación que pasó con ella bajo el arco del sector blanco. Y en el horizonte, delante de ella, una oleada humana irrumpía en las intersecciones, procedentes de las entradas al noveno nivel, miles y miles de ellos que barrían el horizonte y corrían hacia las naves mercantes en la plataforma, sus gritos mezclándose con los gritos de la muchedumbre que corría detrás, hombres y mujeres chillando y empujándose entre sí.