—¡Konstantin! —gritó alguien tras él.
Se volvió y vio a un hombre que le apuntaba con un arma. Desde algún lugar salió disparado un trozo de tubería que alcanzó al hombre, y un grupo de saqueadores se abalanzaron sobre el cuerpo caído para apoderarse del arma. Presa del pánico, Damon se volvió e introdujo la tarjeta en la ranura. Se abrió la puerta que daba acceso a la vasta plataforma, por donde corrían otros saqueadores. Damon corrió, aspirando el aire frío, en dirección al sector blanco, donde vio otros grandes cierres colocados, los cierres de plataforma, dos niveles altos y estancos. Estuvo a punto de caer de agotamiento, pero hizo un esfuerzo para mantener el equilibrio y seguir adelante, ascendió por la curva que se abría ante él, oyendo las pisadas de alguien que le seguía y confiando en que fuera Josh. La tirantez que había empezado a sentir en un costado, empezó a convertirse en un dolor lacerante… Pasó al lado de tiendas saqueadas, las oscuras puertas abiertas, llegó a la pared de al lado de los enormes cierres, buscó la pequeña cerradura personal e introdujo en ella su tarjeta.
La cerradura no funcionaba. Empujó con más fuerza, pensando que podría haber fallado el contacto, insertó otra vez la tarjeta. No había corriente. Al menos deberían haberse iluminado los botones, dándole oportunidad de marcar un código de prioridad, o mostrar la roja señal de peligro.
—¡Damon! —Josh llegó a su lado, le cogió del hombro y le hizo volverse. Había gente moviéndose tras ellos, treinta, medio centenar, surgiendo por todos los lados de la plataforma… desde el sector verde noveno, en número cada vez mayor.
—Saben que has abierto una puerta —le dijo Josh—. Saben que tienes la posibilidad de lograr acceso.
Él los miró. Sacó la tarjeta de la ranura. Era inútil; desde control habían inutilizado su código.
—Damon.
Cogió a Josh y corrió, y la muchedumbre empezó a seguirles aullando. Se dirigió a las puertas abiertas, a las tiendas, al umbral oscuro de la más próxima. Una vez dentro oprimió el botón de cierre hermético. Aquello al menos funcionaba.
El primer alborotador golpeó la puerta, la aporreó. Rostros despavoridos se apretaron contra la superficie de plástico, la golpearon con los trozos de tubería, rayándola; pero el cierre era de seguridad, como en todas las tiendas de las plataformas… estaban presurizadas y no tenían ventanas, salvo un círculo de doble grosor.
—Aguantará —dijo Josh.
—No creo que podamos salir —dijo Damon—. No creo que podamos hacerlo hasta que vengan a buscarnos.
Josh le miró; estaba cerca de la ventana circular, pálido a la luz que entraba por el plástico transparente.
—Han anulado el código de mi tarjeta y ya no funciona. Quien quiera que esté en la central de la estación ha inutilizado mi tarjeta. —Miró la superficie de plástico, en la que iban ahondándose las muescas—. Creo que nos hemos metido en una trampa.
Los golpes continuaron. Los hombres del exterior estaban enloquecidos. No eran asesinos, no les impulsaba la toma de rehenes. No eran más que gente desesperada que tenía un punto en el que centrar su desesperación. Residentes de cuarentena con un par de estacionados al alcance de la mano. Las cicatrices eran más y más hondas en el plástico, y ya casi oscurecían los rostros, las manos y las armas. Existía la remota posibilidad de que pudieran quebrar el duro material y entrar en la tienda.
Y si eso ocurría, no habría necesidad de asesinos.
VIII
Norway; 1300 h.
Ahora todo consistía en un juego: esperar, sondear y desvanecerse. Como espectros, pero bastante sólidos allá afuera, en algún lugar más allá de los límites del sistema. La Tibet y la Polo Norte habían perdido contacto con el enemigo que se aproximaba. La Unión había dado media vuelta, al coste de una de las naves auxiliares de la Tibet… y otra de la Unión. Pero el juego distaba mucho de haber terminado. Los mensajes seguían surgiendo del comunicador de ambos mercantes, mensajes serenos, tranquilizadores. Signy se mordió el labio y miró las pantallas ante ella. La Norway mantenía su posición junto con el resto de la Flota, tras haber reducido velocidad, deslizándose por el impulso adquirido, todavía no demasiado alejada de las masas de Pell IV y III y de la misma estrella. Habían evitado que les atrajeran las masas y permanecían detenidos. Ahora era preciso utilizar la masa para protegerse de una llegada repentina. No era probable que la Unión fuese tan arriesgada como para entrar mediante el salto —no era ése su estilo— pero tomaron la precaución. Allí, donde estaban, seguían constituyendo un blanco. Si esperaban mucho más incluso los conservadores comandantes de la Unión podrían rodear el círculo cubierto por los radares para encontrar nuevas líneas de ataque, tras los oportunos sondeos; los lobos rodearían la hoguera, tratarían de penetrar en el círculo iluminado donde ellos permanecían, visibles, inmóviles y vulnerables. La Unión disponía de espacio allá afuera y podía iniciar una buena carrera, demasiado rápida para que ellos pudieran reaccionar.
Durante algún tiempo habían llegado malas noticias de Pell, interrupciones del silencio, rumores de graves desórdenes.
Mazian permanecía en silencio, y uno de ellos se atrevió a romperlo con un mensaje inquisitivo. «Vamos», pensó Signy dirigiéndose mentalmente a Mazian, «déjanos libres a algunos para ir de caza». Las naves auxiliares colgaban de la Norway en un amplio despliegue, al igual que en las otras naves. Veintisiete naves auxiliares y siete transportes, y treinta y dos naves militares tratando de mantenerse en formación, algunas de ellas indistinguibles en el radar de las naves auxiliares, dos de ellas transportes convertidos en naves de guerra. Mientras la Flota permaneciera inmóvil, sin revelarse con bruscos movimientos y velocidad, cualquiera que observase el radar tenía que preguntarse si algunas de aquellas naves lentas no serían naves de guerra que disfrazaban sus movimientos. La nave auxiliar de la Tibet había regresado a la nave nodriza, y la Tibet y Polo Norte tenían siete auxiliares y once naves militares en su área, todas ellas incapaces de adquirir la velocidad adecuada y que se utilizaban militarmente por necesidad. No podrían apartarse del camino, por lo que aparecían inevitablemente en la pantalla, como si pudieran confiar en que el ataque vendría por aquella dirección. La Unión las había percibido. Aguijoneó la formación y desapareció del radio de alcance. Probablemente era Azov quien estaba allí, uno de los veteranos de la Unión, de los mejores. Ligero como una pluma, daba el golpe y se escabullía sin dejar rastro. De ese modo había acabado con la vida de más de un buen comandante que no merecía morir de aquél modo.
Los nervios iban en aumento. Los técnicos del puente miraban a Signy de vez en cuando. El silencio a bordo era parejo al silencio entre las naves, y la inquietud se contagiaba.
Un técnico de comunicación se volvió en su asiento y miró a Signy.
—La situación empeora en Pell.
Se alzó un murmullo entre los demás técnicos.
—Ocupaos de vuestros asuntos —dijo ella acremente—. Es probable que el ataque se produzca desde cualquier lado. Olvidaos de Pell o nos los encontraremos encima antes de darnos cuenta. ¿Me oís? Echaré al vacío a aquel que sueñe despierto. —Entonces se dirigió a Graff—: Estado de preparación.
En lo alto se encendió la luz azul. Eso los espabilaría. Una luz brilló en el tablero de Signy, indicando la entrada en funcionamiento de la sonda. El sondista y sus ayudantes estaban preparados.
Alargó la mano al teclado del ordenador y tecleó un código para grabar instrucciones. La sonda de la Norway empezó a apuntar hacia la estrella de referencia, para proceder a la identificación y refugiarse en ella, por si acaso… por si surgía algo imprevisto en sus planes y Mazian, que también habría recibido aquel informe de Pell, pensara en huir. La Europe aún no transmitía nada. Mazian reflexionaba, o ya había adoptado una decisión y confiaba en que sus capitanes tomarían precauciones. Signy grabó una señal para el técnico de salto. El tablero se iluminó. Los monitores de las aspas generadoras reflejaron el incremento de potencia que les daba la posibilidad de efectuar el salto si era necesario. Si la Flota salía del área de Pell, podría ocurrir que no todos llegaran al lugar que les habían indicado, en el punto más cercano sin gravedad. Y eso significaría el fin de la Flota y la desaparición de todo obstáculo entre la Unión y Sol.