Los mensajes que captaba el comunicador, procedentes de Pell, eran realmente sombríos.
IX
Acceso de los nativos
Hombres-con-armas. Los oídos de Keen todavía captaban los gritos en el exterior, la terrible lucha. Satén se estremeció cuando algo golpeó contra la pared. Temblaba sin poder encontrar una razón a lo que sucedía… pero los Lukas eran los causantes, y los Lukas daban órdenes, tenían poder allá arriba. Dienteazul la abrazó, le susurró algo, la instó, y ella acudió, tan silenciosa como los otros. Por encima y por debajo de ellos se oían las pisadas de los pies desnudos de los hisa, que se movían en la oscuridad, como una corriente continua. No se atrevían a utilizar luces, que podrían descubrir a los hombres donde se encontraban.
Había algunos delante de ellos y otros detrás. El Viejo en persona los dirigía, el extraño hisa que había descendido de los altos lugares y les daba órdenes sin decirles por qué. Algunos se habían rezagado, temiendo a los extraños, pero había armas de fuego detrás, humanos enloquecidos, y no tardarían en unirse apresuradamente a sus compañeros.
Se oyó una voz humana a lo lejos, en los túneles, resonante. Dienteazul siseó y empujó, avanzó con más rapidez en su ascensión, y Satén le siguió tan rápidamente como podía, sofocada por el esfuerzo, su pelaje húmedo y sus manos resbalando en las barandillas recubiertas por el sudor de otras manos.
—Deprisa —susurró una voz de hisa desde los altos y oscuros lugares, y unas manos les ayudaron a subir todavía más, hasta llegar a un sitio donde brillaba una luz mortecina, silueteando al hisa que esperaba allí. Había un acceso. Satén se puso la máscara y subió hacia las puertas, cogió a Dienteazul de la mano, por temor a perderle en el lugar donde llegó primero el Viejo.
Llegaron a la antecámara del acceso y todos se apretujaron en el reducido espacio. El cierre hermético interior cedió a la masa de cuerpos marrones de los hisa, aupados apresuradamente por otros hisa que permanecían en pie, de cara al exterior, protegiéndolos de lo que había más allá.
Tenían armas, trozos de tubería, como los que llevaban los hombres. Satén estaba aturdida y tendió la mano atrás para buscar a Dienteazul, aferrándose a su presencia en medio de aquella muchedumbre pululante y airada, bajo la luz blanca de los humanos. En aquel corredor no había más que hisas, llenándolo hasta las puertas cerradas en el extremo. Una de las paredes estaba manchada de sangre, cuyo olor no les llegaba a través de las máscaras. Satén miró despavorida en la dirección a que les empujaba la muchedumbre, y notó una mano suave en su brazo, que no era de Dienteazul, y que la dirigía. Cruzaron una puerta y entraron en una sala de los humanos, vasta y poco iluminada. La puerta se cerró tras ellos.
—Silencio —les dijeron sus guías.
Satén miró a su alrededor llena de pánico para ver si Dienteazul seguía con ella, y él le cogió una mano. Caminaron nerviosamente en compañía de sus guías mayores, a través del espacioso lugar humano, con mucho cuidado, porque temían y respetaban las armas y la cólera del exterior. Otros, todos Viejos, surgieron de entre las sombras y les saludaron.
—Narradora —le dijo uno de los Viejos, tocándola en señal de bienvenida.
Le dio un abrazo, y otros salieron de un umbral muy brillante y la abrazaron también, lo mismo que a Dienteazul. Aquel honor la dejó perpleja.
—Venid —les dijeron.
Entraron en aquel espacio brillante, una sala sin límites con una cama blanca en la que yacía un humano dormido, y una hisa muy vieja agachada a su lado. La oscuridad y las estrellas rodeaban la estancia, pues las paredes parecían estar y no estar a la vez, y de repente, el gran Sol se asomó por encima de ellos y de la Soñadora.
—Ah —exclamó Satén, consternada, pero la vieja hisa se levantó y le tendió las manos en ademán de bienvenida.
—La Narradora —decía el Viejo, y la más vieja de todos dejó un momento a la Soñadora para abrazarla.
—Muy bien, muy bien —dijo tiernamente la más vieja.
—Lily —llamó la Soñadora, y la más vieja se volvió, se arrodilló al lado de la cama para atenderla y le acarició el cabello grisáceo.
Unos ojos maravillosos se volvieron hacia ellos, vivaces en un rostro blanco y sereno, el cuerpo envuelto en ropas blancas, todo era blanco allí, excepto la hisa llamada Lily y la negrura que se expandía a su alrededor, tachonada de estrellas. El sol se había desvanecido. Ahora estaban solos.
—Lily repitió la Soñadora—. ¿Quiénes son?
La Soñadora la miraba precisamente a ella, a Satén, y Lily le hizo un gesto para que se acercara. Satén se arrodilló, y Dienteazul a su lado, mirando con reverencia los afables ojos de la Soñadora, la Soñadora del Mundo Superior, la compañera del gran Sol, que danzaba en sus paredes.
—Te amo —susurró Satén—. Te amo, Sol-ella amiga.
—Te amo —dijo a su vez la Soñadora—. ¿Qué ocurre afuera? ¿Hay peligro?
—Estamos a salvo —dijo con firmeza el Viejo—. Todos, todos los hisa dan seguridad a este lugar. Hombres-con-armas se quedan fuera.
—Están muertos. —Las lágrimas brotaron de los ojos magníficos, que miraron a Lily—. Es cosa de Jon. Angelo… Damon… Emilio, tal vez… pero no yo, todavía no. No me abandones, Lily.
Con exquisita ternura Lily rodeó a la Señora con un brazo y aplicó su mejilla recubierta de pelo grisáceo contra el cabello gris de la Soñadora.
—No —le dijo—. Te amo, nunca te dejo, no, no, no. Sueña que se van, esos hombres-con-armas. Todos los nativos defienden tu sitio. Sueña con el gran Sol. Somos tus manos y tus pies, somos muchos, fuertes, rápidos.
Las paredes habían cambiado. La violencia se reflejaba ahora en ellas, se veían a los hombres luchando entre sí, todos ellos apiñándose, temerosos. Las imágenes pasaron y sólo la Soñadora permaneció tranquila.
—Lily, este Mundo Superior, como vosotros decís, corre peligro de morir. Necesitará a los hisa, cuando la pelea haya terminado os necesitará, ¿comprendéis? Sed fuertes. Defended este lugar. Quedaos conmigo.
—Luchamos, luchamos si los hombres vienen aquí.
—Vivid. No se atreverán a mataros, ¿comprendéis? Los hombres necesitan a los hisa. No entrarán aquí.
La pasión oscureció los ojos brillantes de la mujer, pero pronto reapareció en ellos el sosiego. Había vuelto el sol, su rostro temible llenando toda la pared, silenciando la ira. Se reflejaba en los ojos de la Soñadora, teñía con su color la blancura.
—Ah —suspiró Satén, y se agitó de un lado a otro. Sus acompañantes se unieron a ella, bamboleándose y emitiendo un suave lamento.
—Ella es Satén —le dijo el Viejo a la Soñadora—. Dienteazul, su amigo. Amigo de Bennett-hombre. Le vio morir.
—De Downbelow —dijo la Soñadora—. Emilio os envió aquí.