—¿Konstantin-hombre tu amigo? Le amamos, todos, los nativos. Bennett-hombre su amigo.
—Sí, lo era.
—Ella lo dice —dijo el Viejo, y en el lenguaje de los hisa añadió—: Narradora, Cielo-la-ve, cuenta la historia para la Soñadora, haz que brillen sus ojos de deseo por esas buenas cosas. Llegamos, vimos, tan ancho, tan grande y oscuro, vimos el Sol sonreír en la oscuridad, el sueño de Downbelow, el cielo azul. Bennett nos hizo ver, nos hizo venir, nos hizo nuevos sueños.
—¡Ah! Yo, Satén, os hablo del tiempo en que llegaron los humanos. Antes de los humanos no había tiempo, sólo sueños. Esperábamos y no sabíamos que esperábamos. Vimos humanos y vinimos al Mundo Superior. ¡Ah! El tiempo en que llegó Bennett era frío, y el viejo río estaba quieto…
Los ojos oscuros, encantados, estaban fijos en ella, interesados, pendientes de sus palabras, como si ella tuviera la habilidad de los antiguos cantores. Contó la verdad lo mejor que pudo, su verdad, y no las terribles cosas que estaban sucediendo en todas partes, haciéndolo más y más verosímil, para que la señora se lo creyera, para que en los ciclos giratorios, aquella verdad pudiera surgir de nuevo como lo hacían las flores y las lluvias y todas las cosas duraderas.
X
Estación Central
Los tableros se habían estabilizado. La central de la estación se había adaptado al pánico como a una condición perpetua, que se evidenciaba en la febril atención a los detalles y la negativa de los técnicos a darse por enterados de las idas y venidas de hombres armados en el centro de mando.
Jon patrullaba por los pasillos, el ceño fruncido, desaprobando cualquier movimiento que no fuera estrictamente necesario.
—Otra llamada del mercante Finity's End —le dijo un técnico—. Habla Elene Quen en solicitud de información.
—Denegada.
—Señor…
—Denegada. Dígales que sigan a la espera. Que no hagan más llamadas sin autorización. ¿Espera acaso que transmitamos información que podría ayudar al enemigo?
El técnico volvió a su trabajo, esforzándose notoriamente por no ver las armas.
Quen, la joven esposa de Damon. Estaba con los mercantes y ya creaba conflictos, presentaba exigencias, se negaba a salir. La información ya había proliferado y la Flota ya debía de estar recogiéndola de los mercantes en formación que estaban alrededor de la estación. A aquellas alturas Mazian ya debía estar al corriente de lo sucedido. Quen con los mercantes y Damon en la plataforma de la sección verde; los nativos apelotonados alrededor del lecho de Alicia, bloqueando el cruce de la sala cuatro en aquella zona. Dejaría que se quedase con su guardia nativa: la puerta de la sección estaba cerrada. Juntó las manos a la espalda y trató de parecer sosegado.
Un movimiento llamó su atención cerca de la puerta. Jessad había vuelto tras una breve ausencia y estaba allí, llamándole en silencio. Jon caminó en aquella dirección. No le gustaba la sombría seriedad del semblante de Jessad.
—¿Alguna novedad? —le preguntó a Jessad, saliendo al exterior.
—He localizado al señor Kressich —dijo Jessad—. Está aquí con una escolta. Quiere conferenciar.
Jon frunció el ceño y miró hacia el corredor donde Kressich esperaba con un grupo de guardias a su alrededor y un número igual de sus propias fuerzas de seguridad.
—La situación sigue como estaba en el sector azul uno cuatro —dijo Jessad—. Los nativos lo tienen bloqueado todavía. Podríamos producir una descompresión y acabar con ellos.
—Los necesitamos —dijo Jon tensamente—. Dejémoslos.
—¿Por ella? Son medidas a medias, señor Lukas…
—Necesitamos 9 los nativos, y ella los tiene. Le he dicho que los dejemos. El verdadero problema lo constituyen Damon y Quen. ¿Qué hace usted a ese respecto?
—Es imposible hacerse con nadie de esa nave. Ella no sale y la tripulación no abre. En cuanto a él, sabemos dónde está. Ya nos ocupamos de eso.
—¿Qué significa «nos ocupamos de eso»?
—La gente de Kressich —susurró Jessad—. Tenemos que pasar por ahí, ¿me comprende? Serénese y hable con él. Prométale cualquier cosa. Él tiene a los revoltosos en la mano. Puede hacer uso de su influencia. Háblele.
Jon miró al grupo reunido en el corredor, con sus pensamientos a la deriva: Kressich, Mazian, la situación de los mercantes… la Unión. La Flota de la Unión tenía que avanzar pronto, era preciso.
—¿Qué quiere decir eso de que tienen que pasar por ahí? Sabe donde se encuentra, ¿no?
—Tenemos algunas dudas —admitió Jessad—. Dejamos sueltos a los revoltosos, él se confundió con ellos y ahora no será fácil localizarlo. Y necesitamos hacerlo, créame. Hable con Kressich, y dese prisa, señor Lukas.
Miró a Kressich, sostuvo la mirada de éste, asintió y el grupo se aproximó… Kressich tenía un aspecto tan pálido y enfermizo como siempre. Pero los que le rodeaban eran otra cosa: jóvenes, arrogantes, de porte altivo.
—El consejero quiere parte en esto —dijo uno de ellos, un hombre de baja estatura y cabello oscuro, con una cicatriz en el rostro.
—¿Habla usted por él?
—Señor Niño Coledy. —Kressich le identificó, sorprendiéndole con una respuesta directa y una mirada más dura que ninguna de las que Kressich se había atrevido a exhibir en el consejo—. Les aconsejo que le escuchen, señor Lukas y señor Jessad. El señor Coledy está al frente de la seguridad de cuarentena. Tenemos nuestras propias fuerzas y podemos establecer el orden cuando lo deseemos. ¿Está usted preparado para ello?
Jon, molesto, miró a Jessad, pero no obtuvo correspondencia: el rostro de aquel hombre estaba totalmente inexpresivo.
—Si puede detener a los revoltosos… hágalo.
—Sí —dijo Jessad en voz baja—. La tranquilidad nos sería muy beneficiosa en estos momentos. Bienvenido a nuestro consejo, señores Kressich y Coledy.
—Deme acceso al comunicador —dijo Coledy—. Aviso general.
—Haga lo que le dice —ordenó Jessad.
Jon aspiró hondo, con súbitas preguntas que le temblaban en los labios. ¿Qué clase de juego estaba jugando Jessad al empujar a aquellos dos al círculo interno? ¿El hombre de Jessad, así como Hale era el suyo? Se tragó las preguntas y la cólera, recordando lo que había allá afuera, lo frágil que era todo.
—Vengan conmigo —les dijo, dirigiéndose al interior.
Coledy ocupó un asiento ante el tablero del comunicador más próximo. Desde allí era visible el radar, y Mazian seguía inmóvil, en formación. Era demasiado esperar que pudieran desembarazarse fácilmente de Mazian. La Flota tenía la zona en el bolsillo… Las naves de Mazian punteaban aquí y allí el halo de varios niveles que constituía la órbita de los mercantes alrededor de Pell.
—Apártese —le dijo a un técnico, desplazándole de su sitio para ponerse al lado de Coledy y oprimir los botones que ponían en funcionamiento el comunicador central. El rostro de Brau Hale apareció en la pantalla.
—Tengo una llamada para que la envíes al exterior —le dijo a Hale—. Esta anula a cualquier otra.
—De acuerdo —dijo Hale.
—Señor Lukas. —Alguien rompió el silencio generalizado en la central. El aludido miró a su alrededor. Las pantallas de radar brillaban con alerta de intersección.
—¿Dónde está? —exclamó.
La pantalla no mostraba nada definido. Una neblina amarillenta advertía de la aproximación de algo a gran velocidad. El ordenador empezó a disparar las sirenas de alarma. Se oyeron gritos, maldiciones, y los técnicos se abalanzaron sobre los tableros de instrumentos.
—¡Señor Lukas! —gritó alguien. Era una apelación desesperada.