—Podrían estar esperando ahí afuera —dijo Josh.
Ya había pensado en ello. Alzó una mano y oprimió el interruptor. No sucedió nada. La puerta se había cerrado herméticamente. Damon se sacó la tarjeta del bolsillo, titubeó, la insertó en la ranura y los botones continuaron sin iluminarse. Si alguien de la central deseaba saber dónde se encontraba, acababa de darles la información necesaria para que fueran en su busca. Lo sabía.
—Parece que nos quedamos aquí —dijo Josh.
Las sirenas habían cesado de sonar. Damon se acercó a la ventana circular y miró al exterior, tratando de ver a través de las muescas y rasguños que habían vuelto opaco el plástico y la difracción de la luz. Algo se movía en un extremo de las plataformas, primero una figura furtiva, luego otra. El comunicador, por encima de sus cabezas, emitió una serie de ruidos amorfos, como si quisiera funcionar, y quedó de nuevo en silencio.
XIII
Norway
Los cargueros militares desparramados eran la pesadilla de la estación. Uno de ellos estalló como un pequeño sol, brilló en las pantallas y se extinguió mientras el comunicador emitía sonidos ininteligibles a causa de las interferencias. La granizada de partículas ardió en la ruta de la Norway y algunas de las mayores golpearon el casco, haciendo vibrar toda la nave.
Los sondistas se afanaban en buscar el punto óptimo en el que convergían todos los datos para que el fuego diera en el blanco elegido. Una nave auxiliar de la Unión cruzó el espacio que había ocupado un mercante, y cuatro naves auxiliares de la Norway giraron sobre el cilindro rotatorio y salieron disparadas por un vector concertado con la nave nodriza, lanzando una andanada que llenó de agujeros a un transporte de la Unión que por un instante avanzó paralelo a ellos.
—¡Alcánzale! —gritó Signy al sondista cuando cesó el fuego.
La descarga salió apenas había dado la orden y estalló en el lugar que el transporte había ocupado el instante anterior. Obligaron a la Unión a maniobrar, a reducir la gravitación para salvarse. Se alzaron gritos de júbilo que ahogaron las sirenas cuando el timón se descontroló y la nave dio una brusca vuelta. El ordenador reaccionó con más rapidez de lo que podía hacerlo el cerebro humano a velocidades estelares. Signy se hizo de nuevo con el control y colocó la nave paralela a su presa. El sondista centró el blanco y soltó la andanada, que alcanzó la panza de la nave. El radar empezó a mostrar una mancha informe que se desvanecía con rapidez.
—¡Muy bien! —exclamó a través del comunicador general el oficial de observación—. Buen disparo…
La Norway efectuó medio giro sobre sí misma y entró en un nuevo zigzag. Los mercantes fueron pasando por su lado, aunque no parecían moverse, como si fueran un cuadro escénico inmovilizado en el espacio. Ellos eran los que se movían, lanzados a toda velocidad entre los intersticios de aquella carrera inmóvil, y fueron tras las naves de la Unión, obligándolas a zigzaguear, impidiéndoles disponer de espacio suficiente para emprender la huida.
Esquivar el golpe y atacar; con idéntica actuación. Una nave para atraerlos y el ataque desde otro vector. La Tibet y la Polo Norte se dirigían a interceptar, se habían puesto en camino desde el primer momento en que les había llegado la imagen del radar. El radar de largo alcance acababa de revisar su posición, estableciendo que estaban mucho más próximos y calculando que su velocidad les permitiría llegar a tiempo.
Los de la Unión se movieron. El radar les había informado en el mismo momento. Cambiaron de vector, pero se encontraron con el fuego de varias naves… La Unión perdió naves auxiliares, recibió daños, se dirigió al extremo del campo de batalla a pesar del fuego, en pos de la Tibet y la Polo Norte. Se oyó un sonoro juramento a través del comunicador, la voz de Mazian emitía una corriente de obscenidades. Quedaban doce cargueros de los catorce que habían entrado, una nube de naves auxiliares y naves ultrarrápidas, que habían tomado de la estación y unido a sus líneas.
—¡Písales los talones! —dijo la potente voz de Porey a través del comunicador.
—Negativo, negativo —replicó Mazian—. Mantengan sus posiciones.
El ordenador todavía los tenía sincronizados. Sin querer, la potente señal de mando de la Europe les había puesto en comunicación con Mazian. Vieron que la Flota de la Unión rebasaba su zona de fuego, dirigiéndose a la Tibet y la Polo Norte. Tras ellos surgió un resplandor de energía: las interferencias habían cesado.
—¡Le alcanzamos! —dijo el comunicador.
La Pacific debía de haber dejado fuera de combate a aquel tullido transporte de la Unión unos minutos antes. Podían ocurrir otras cosas al otro lado del sistema, que no podrían controlar. Podían perder Pell. Un disparo podría eliminar la estación, si eso era lo que pretendía el adversario.
Signy flexionó una mano, se enjugó el rostro, oprimió los botones para informar a Graff, y éste se hizo cargo al instante de los controles. Volvían a reducir la velocidad, maniobrando de acuerdo con las instrucciones de Mazian. Se oyeron protestas a través del comunicador. «Negativo», repitió Mazian. Todos los tripulantes de la nave murmuraron.
—No tienen ninguna posibilidad —musitó Graff de un modo demasiado audible—. Debían haber entrado antes…
—Eso es percepción tardía, señor Graff. Tome las cosas como vienen. —Signy movió el mando para hablar por el comunicador general—. No podemos movernos de aquí. Si es una maniobra fingida, una nave podría acercarse y acabar con Pell. No podemos ayudarles… no podemos arriesgar más naves de las que ya estamos a punto de perder. Tienen una opción… aún les queda espacio para huir.
Pensó que lo harían, porque el radar de largo alcance empezó a mostrar que se disponían a virar y emprender el salto. Si los técnicos de la Tibet y la Polo Norte introducían los datos correctos en el ordenador, si la imagen de sus radares se mostraban a Mazian y seguían reflejando la cola de la formación unionista, interpretando mal su maniobra, como si fuera de seguimiento…
La Flota aminoró más su velocidad. El radar mostró un difuminamiento entre los mercantes, indicativo de que el vuelo ralentizado había alcanzado el límite para el salto. Su pérdida era una hemorragia para Pell, una fuerza vital que se volatilizaba en el espacio profundo.
Signy conjeturó el factor tiempo, la velocidad de la Unión, la proliferación de su imagen, la velocidad que podían adquirir la Tibet y la Polo Norte. En aquellos momentos la Tibet ya debía de haberse dado cuenta de que la Unión iba a por ellos, si su radar les decía la verdad…
Su propio radar siguió mostrándoles la situación en curso durante un momento, luego permaneció estacionario, pues el radar de largo alcance no podía efectuar más especulaciones. A través de una neblina amarilla, unas líneas rojas señalaban las trayectorias de las naves.
Se iban acercando. La línea roja alcanzó el punto crítico de decisión y siguió avanzando de cabeza. Signy permaneció inmóvil, observando, como todos los demás. Tenía el puño cerrado y hacía esfuerzos para no golpear algo, el tablero, el asiento, lo que fuera.
Y ocurrió. Vieron lo que ocurría, lo que ya había ocurrido, la inútil defensa, el asalto abrumador. Dos transportes. Siete naves auxiliares. En más de cuarenta años la Flota jamás había perdido naves de una manera tan miserable.