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La Tibet atacó. Kant lanzó su transporte a velocidad de salto cerca de la masa de sus enemigos, desintegrando sus propias naves auxiliares y un transporte de la Unión… Se abrió una súbita brecha en el radar, y aquello fue motivo de triste júbilo, que se repitió cuando la Polo Norte y sus naves auxiliares se lanzaron en medio de los unionistas…

Casi pudieron pasar a través del agujero abierto por Kant. Entonces aquella imagen se rompió en mil fragmentos. La señal de ordenador que la Polo Norte había empezado a emitir cesó abruptamente.

Signy no había lanzado ningún viva, sino que se había limitado a asentir lentamente a nadie en particular, recordando a los hombres y mujeres que iban a bordo, nombres conocidos… despreciando la situación en que ellos estaban inmersos. La imagen del radar de largo alcance se difuminó, una vez respondida la pregunta formulada a través del ordenador. Las restantes imágenes que pertenecían a la Unión siguieron corriendo, emprendieron el salto y se desvanecieron de las pantallas. Los unionistas volverían, con refuerzos, con más naves. La Flota había ganado, había resistido, pero se había quedado reducida a sólo siete naves.

Y lo mismo ocurriría la próxima vez y la siguiente. La Unión podía permitirse el sacrificio de naves, que merodeaban en los bordes del sistema, y ellos no se atrevían a ir a darles caza. «Hemos perdido», dijo Signy a Mazian en silencio. «¿Sabes una cosa? Hemos perdido.»

La voz de Mazian apareció serena a través del comunicador.

—Pell está bajo condiciones de revuelta. Desconocemos cuál es la situación allí. Nos enfrentamos con desórdenes. Mantengan la formación. No podemos descartar otro ataque.

Pero de repente se encendieron las luces en los tableros de la Norway. Todo un sector se levantó con una renovada independencia. La Norway quedó separada de la sincronización por ordenador, lo mismo que la África. Las órdenes habían aparecido en la pantalla del ordenador: ASEGUREN BASE. Dos naves iban a regresar y tomar una estación en desorden mientras las restantes se mantenían en su perímetro y espacio para maniobrar.

Signy oprimió los botones para transmitir a través del comunicador general.

—Prepara el armamento, Di. Vamos a tener que apoderarnos de un ensambladero de la estación. Que todos los hombres estén listos para el combate. Dispón un equipo para vigilar las plataformas. Vamos a buscar a las tropas que tuvimos que dejar.

Se oyó un griterío, las voces de los soldados enojados y frustrados a los que volvían a necesitar de repente, para algo que estaban deseando hacer.

—Graff —llamó Signy. Su segundo asintió y se dispuso a partir.

La nave emprendió el rumbo a la estación, seguida de cerca por la África de Porey.

XIV

Central de Pell

Dennos acceso para ensamblar —dijo Mallory a través del comunicador—, y abran las puertas de la central, o empezaremos a tomar secciones de esta estación.

En las pantallas apareció la advertencia Colisión. Los técnicos permanecían en sus puestos, pálidos, y Jon se aferró al respaldo del asiento ante la unidad del comunicador, paralizado al darse cuenta de que los transportes se dirigían a la línea media de Pell.

—¡Señor! —gritó alguien.

Las masas brillantes llenaban toda la pantalla. Eran como monstruos que se precipitaban contra ellos, una oscura muralla que finalmente se dividió y rebasó las cámaras por encima y por debajo de la estación. Los tableros se llenaron de interferencias y sonaron las sirenas mientras los transportes pasaban en vuelo rasante sobre la superficie de la estación. Una de las terminales se apagó y una alarma de daños empezó a sonar, avisando con su lamento de que se había producido una despresurización.

Jon giró sobre sus talones, buscando a Jessad, que había estado hasta entonces cerca de la puerta. Sólo vio a Kressich, boquiabierto, aturdido por el lamento de las sirenas.

—Esperamos una respuesta —dijo otra voz más profunda a través del comunicador.

Jessad se había ido. Jessad, o algún otro, había fracasado en Mariner y la estación desapareció.

—¡Busca a Jessad! —gritó Jon a uno de los hombres de Hale—. ¡Tráele aquí inmediatamente!

—¡Vienen de nuevo! —gritó un técnico. Jon se volvió, miró las pantallas y trató de hablar, pero sólo pudo gesticular como un loco.

—Enlace de comunicación —gritó, y el técnico le entregó un micrófono. Tragó saliva, mirando los grandes monstruos que cruzaban la pantalla—. Tienen acceso —gritó al micrófono, procurando en vano dominar su voz—. Repito: soy Lukas el jefe de la estación. Tienen acceso.

—Dígalo de nuevo —replicó la voz de Mallory—. ¿Quién es usted?

—Jon Lukas, jefe de la estación en funciones. Angelo Konstantin ha muerto. Ayúdennos, por favor.

Hubo silencio al otro lado. Las imágenes del radar empezaron a alterarse, las grandes naves se desviaron del rumbo que amenazaba colisión, reduciendo perceptiblemente su velocidad.

—Nuestras naves auxiliares estacionarán primero —dijo Mallory—. ¿Me recibe, estación Pell? Las naves auxiliares estacionarán previamente para servir como transporte de los equipos de plataforma. Deles su ayuda para entrar y luego manténganse fuera de su camino, pues de lo contrario se expondrán a que les disparen. Por cada disturbio con que tropecemos abriremos un agujero en la estación.

—Hay una revuelta aquí —arguyó Jon—. Los internos de cuarentena se han escapado.

—¿Recibe usted mis instrucciones, señor Lukas?

—Pell recibe con claridad. ¿Entiende nuestro problema? No podemos garantizar la carencia de disturbios. Algunas de nuestras plataformas están selladas herméticamente. Aceptamos la asistencia a sus tropas. Estamos asolados por la revuelta. Tendrán nuestra cooperación.

Hubo una larga y vacilante pausa. Otras señales habían aparecido en la pantalla de radar, las naves auxiliares que escoltaban a los transportes.

—Recibimos —dijo Mallory—. Iremos y desembarcaremos con tropas. Procure que mi nave auxiliar número uno quede ensamblada con seguridad. De lo contrario nos abriremos nosotros mismos un acceso y volaremos sección por sección, sin dejar supervivientes. Elija usted mismo.

—Recibimos. —Jon se enjugó el rostro. Las sirenas se habían extinguido y no había más que un aterrado murmullo en el centro de mando—. Deme tiempo para obtener la mayor seguridad posible en la plataforma más segura. Corto.

—Dispone de media hora, señor Lukas.

Jon se volvió e hizo una seña a uno de los guardias de seguridad que estaban al lado de la puerta.

—Pell recibe. Media hora. Les prepararemos una plataforma.

—Azul y verde, señor Lukas. Téngalo en cuenta.

—Plataformas azul y verde —repitió él con voz ronca—. Haremos cuanto podamos.

Mallory cortó la comunicación. Jon alargó la mano para oprimir los botones del comunicador principal.

—Hale —exclamó—. Hale.

El rostro de Hale apareció en la pantalla.

—Mensaje general. Todas las fuerzas de seguridad a las plataformas. Preparen las plataformas azul y verde para la operación.

—Entendido —dijo Hale, y cortó.

Jon cruzó la estancia hasta el umbral donde todavía se encontraba Kressich.

—Hable por el comunicador. Diga a toda esa gente a quien controla, según dice, que permanezca quieta. ¿Me oye?

Kressich asintió. Tenía la mirada perdida, con una expresión de locura en ella. Jon le cogió de un brazo y le llevó hasta el tablero del comunicador, cuyo técnico se apartó apresuradamente. Jon hizo sentarse a Kressich, le dio un micrófono y escuchó mientras Kressich se dirigía a sus lugartenientes por su nombre, pidiéndoles que despejaran las plataformas afectadas. El pánico persistía en los corredores donde todavía funcionaban las cámaras. En el sector verde noveno se veían multitudes pululantes y humo; y por mucho que despejaran, las muchedumbres llenas de pánico penetrarían como aire en el vacío.