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—Alerta general —dijo Jon a la jefa del puesto número uno—. Haga sonar la alarma de gravitación nula.

La mujer se volvió, abrió el dispositivo de seguridad y oprimió el botón correspondiente. Empezó a sonar una alarma, distinta y más apremiante que todas las demás señales de aviso que habían sonado en los corredores de Pell.

—Busquen un lugar seguro —decía una voz a intervalos—. Eviten las grandes zonas abiertas. Vayan al compartimiento más cercano y busquen asideros de emergencia. Si se produce una pérdida de gravedad extrema, recuerden las flechas de orientación y obsérvenlas mientras la estación se estabiliza… Busquen un lugar seguro…

El pánico en los corredores se convirtió en una huida a la desbandada. La muchedumbre se agolpaba ante las puertas, gritando.

—Descompense la gravedad —ordenó Jon al coordinador de operaciones—. Denos una variación que puedan percibir ahí afuera.

Brillaron las luces de recepción de la orden, y por tercera vez la estación se desestabilizó. El corredor verde noveno empezó a despejarse a medida que la gente corría hacia lugares más pequeños. Jon volvió a ponerse en comunicación con Hale.

—Envíe fuerzas ahí afuera y despeje las plataformas. Le he dado su oportunidad, maldita sea.

—Señor —dijo Hale, y su imagen se desvaneció en la pantalla.

Jon se volvió, miró inquieto a los técnicos, a Lee Quale, que se aferraba a un asidero junto a la puerta. Hizo una seña a Quale, le cogió de la manga y le atrajo hacia sí.

—El trabajo aún no está acabado en la plataforma verde. Vaya allí y termínelo. ¿Entendido? Termínelo.

Sí, señor —dijo Quale, y se fue a toda prisa… Sin duda sabía que sus vidas dependían de ello.

Era posible que la Unión ganase. Hasta entonces habían proclamado la neutralidad de la estación, aferrándose a lo que podían. Jon recorrió el pasillo, sujetándose a los asientos y los mostradores cuando las variaciones de la gravedad eran intensas, procurando evitar que cundiera el pánico en la central. Pell era suya. Ya tenía lo que la Unión le había prometido, y lo conservaría bajo la autoridad de Mazian y también bajo la Unión, si tenía cuidado. Y lo había tenido, mucho más de lo que Jessad le había ordenado. No quedaban testigos vivos en la oficina de Angelo, ninguno en Asuntos Legales, tras aquel ataque. Sólo Alicia… la cual no sabía nada, era inofensiva, no tenía voz, y sus hijos…

Damon era el peligro. Damon y su esposa. Él no tenía control sobre Quen. Pero si el joven Damon empezaba a hacer acusaciones…

Miró por encima del hombro y de súbito echó en falta a Kressich. Kressich y dos hombres encargados de vigilarle. La deserción de los suyos le enfureció, pero la huida de Kressich le aliviaba. Aquel hombre se mezclaría con las hordas de la cuarentena, asustado e inalcanzable.

Solamente Jessad… Si no le habían capturado, si estaba suelto, cerca de algún punto vital de la estación…

El radar mostraba la proximidad de las naves auxiliares. A Pell le quedaba todavía un poco de tiempo antes de que llegaran las tropas de Mazian. Un técnico le entregó una identificación positiva de las naves que esperaban allá afuera. Mallory y Porey, los dos verdugos de Mazian. Eran célebres, la una por su crueldad y el otro por gozar de la destrucción. Aquello era una mala noticia.

Permaneció inmóvil, sudoroso, esperando.

XV

Plataforma verde

Algo ocurría en el exterior. Damon cruzó el suelo cubierto de escombros de la tienda a oscuras y procuró ver de nuevo a través de la ventana opaca por las innumerables muescas. Sufrió una sacudida cuando la roja explosión de un disparo se distorsionó en las muescas. Se oían gritos mezclados con el ruido de maquinaria en funcionamiento.

—Quienquiera que esté ahora ahí afuera, vienen hacia aquí y tienen armas.

Se apartó de la puerta, avanzando con precaución a causa de la gravedad disminuida. Josh se agachó, cogió una de las varillas que habían formado parte de un exhibidor destrozado y se la ofreció. Damon la aceptó y Josh se hizo con otra. Los dos se colocaron cada uno a un lado de la puerta, de espaldas a la pared. No oían ningún sonido próximo a ellos desde el exterior. El griterío parecía lejano. Damon se arriesgó a mirar, pues la luz venía desde el otro lado, y retrocedió de nuevo al ver figuras humanas cerca de la ventana magullada.

La puerta se abrió. Alguien provisto de una tarjeta de prioridad la había accionado desde el exterior. Entraron dos hombres armados. Damon golpeó a uno en la cabeza con la varilla, sin mirar lo que le hacía, por el horror que le producía aquella violencia, y Josh golpeó desde el otro lado. Los hombres cayeron lentamente debido a la escasa gravedad, y una de las armas quedó suelta. Josh la recogió y disparó dos veces para asegurarse. Uno de los hombres se agitó, moribundo.

—Coge el arma —le ordenó Josh, y Damon se agachó, empujó aprensivamente el cuerpo y encontró el plástico de la culata en una mano muerta. Josh, de rodillas, hizo rodar el otro cuerpo y empezó a desvestirlo—. Ropas, tarjetas, identificaciones válidas.

Damon dejó el arma a un lado y, haciendo un gran esfuerzo, desnudó el cuerpo inmóvil, se quitó su traje y se puso el mono ensangrentado. Los corredores estarían llenos de hombres con las ropas ensangrentadas. Buscó en los bolsillos y encontró unos documentos y la tarjeta donde la había dejado caer la mano del muerto. Alzó el documento de identificación hacia la luz. Lee Antón Quale… Compañía Lukas…

Quale. El Quale del motín en Downbelow… y era un empleado de Jon Lukas. Y Jon controlaba el ordenador cuando se abrieron las puertas de la cuarentena, cuando mataron a su padre en el lugar más seguro de todo Pell… cuando su tarjeta dejó de ser útil y los asesinos supieron dónde localizarle… Jon estaba allá arriba.

Una mano se cerró sobre su hombro.

—Vamos, Damon.

Se levantó, estremeciéndose cuando Josh disparó su arma para dejar irreconocible el rostro de Quale y a continuación el del otro cadáver. El propio rostro de Josh estaba bañado en sudor que brillaba a la luz filtrada a través de la puerta de plástico, rígido de horror, pero sus reacciones eran correctas, las de un hombre cuyos instintos sabían lo que estaba haciendo. Se dirigió a la plataforma y Damon corrió con él, salió a la luz y aminoró enseguida su marcha, pues las plataformas estaban prácticamente vacías. El cierre hermético de la plataforma blanca estaba en su lugar, el de la plataforma verde se ocultaba en el horizonte. Caminaron a paso vivo a lo largo del enorme cierre del sector blanco, se introdujeron entre las estructuras metálicas que bordeaban la plataforma y avanzaron bajo aquella cobertura, mientras el horizonte descendía, mostrándoles un grupo de hombres que trabajaban en la maquinaria de ensamblaje, moviéndose lenta y cuidadosamente a causa de la gravedad reducida. Cadáveres, papeles y escombros estaban esparcidos por las plataformas, en espacios abiertos a los que sería difícil llegar sin ser vistos.

—Hay suficientes tarjetas tiradas por ahí para proporcionarnos una gran cantidad de nombres —dijo Josh.

—Para cualquier cerradura que no funcione mediante la voz —murmuró Damon.

No perdieron de vista a los hombres que trabajaban y los que montaban guardia junto a la entrada del sector verde nueve, visible desde donde estaban, mientras se dirigían precavidamente al cadáver más próximo, confiando en que fuera realmente un cadáver y no alguien aturdido o fingiendo estar muerto. Damon se arrodilló, observando todavía a los trabajadores, palpó los bolsillos del caído y extrajo una tarjeta y algunos papeles. Se los guardó en un bolsillo y se acercó a otro cadáver, mientras Josh saqueaba a otros muertos. Luego, incapaz de dominar más sus nervios, se apresuró a ponerse bajo cubierto, y Josh se reunió con él enseguida. Siguieron avanzando por la plataforma.