—El precinto del sector azul está abierto —dijo al ver aquel arco bajo el horizonte.
Por un momento alentó la esperanza de que podrían esconderse y llegar al sector azul cuando el tráfico en los corredores volviera a la normalidad; irían a azul uno y harían preguntas a punta de pistola. Pero aquello era una fantasía. No parecía probable que llegaran a vivir lo suficiente para hacer aquello.
—Damon.
Miró en la dirección que le indicaba Josh, a través de las estructuras metálicas hasta el primer ensambladero del sector verde. Se había encendido una luz verde. Se aproximaba una nave, ya fuera de Mazian o de la Unión. Atronaron los altavoces, lanzando instrucciones al vacío. El cono de ensamblaje de la nave se aproximaba con celeridad.
—Vamos —le susurró Josh, tirándole del brazo, insistiendo en abrirse paso hacia verde nueve.
—La gravedad no disminuye —murmuró, resistiéndose al apremio de Josh—. ¿No ves que es una trampa? La central ha despejado los corredores para que sus propias fuerzas puedan desplazarse por ellos. Esas naves no ensamblarían con una gravedad totalmente inestable; no se arriesgarían con una nave grande. Lo único que han hecho es producir una ligera variación de la gravedad para acabar con los disturbios, pero los corredores no permanecerán despejados. Si corremos por ellos nos encontraremos en medio del lío. No. Quedémonos quietos.
—ECS501 —oyó entonces a través del altavoz, y el corazón le dio un vuelco.
—Una de las naves auxiliares de Mallory —musitó Josh a su lado—. Mallory. La Unión se ha retirado.
Damon miró a Josh, al odio que ardía en su rostro demacrado y angelical ante la desaparición de la esperanza.
Transcurrieron los minutos. La nave se acercó. El equipo de plataforma corrió a asegurar los umbilicales y colocar las conexiones. El acceso se unió al cierre con un siseo audible en todo el vasto ámbito vacío. La maquinaria empezó a zumbar, poniendo el cierre en funcionamiento, y los miembros auxiliares del equipo de plataforma echaron a correr.
Un grupo de hombres surgió de la oscura periferia de las estructuras metálicas, sin armaduras. Dos de ellos corrieron a un extremo, para tomar posiciones con los rifles preparados. Se oyó más ruido de carreras, y el comunicador se puso de nuevo en funcionamiento, transmitiendo las advertencias de la Norway.
—Agacha la cabeza —susurró Josh, y Damon se movió lentamente, se arrodilló junto a la abrazadera de uno de los depósitos móviles tras los que Josh se había puesto a cubierto y trató de ver lo que sucedía más lejos, pero se lo impedía una madeja de umbilicales.
Mallory utilizaba a sus propios hombres para las tareas de ensamblaje en la plataforma, pero Jon Lukas debía seguir al mando allá arriba, en la central, cooperando con Mazian, y bajo la presión del ataque unionista. Mazian preferiría la eficacia a la justicia. ¿Era sensato salir de allí, acercarse a los soldados armados y nerviosos de la Compañía, acusar de asesinato y conspiración a Jon Lukas mientras éste dominaba en la estación y en la central y Mazian sólo pensaba en la Unión?
—Podría salir —dijo, inseguro de sus conclusiones.
—Te comerían vivo —replicó Josh—. No tienes nada que ofrecerles.
Damon le miró a la cara. Del hombre dulce y amable que había salido de Corrección no quedaba nada, salvo quizá el dolor. Una vez le había dicho que si le colocaba ante un tablero de ordenador podría recordar cómo manejarlo; y si le colocaban en una batalla sus instintos también sabrían reaccionar. Las delgadas manos de Josh apretaron el arma entre sus rodillas, y su mirada se fijó en el arco de la plataforma, donde la Norway se disponía a ensamblar. En su rostro pálido y serio se reflejaba el odio. Podría hacer cualquier cosa. Damon notó la culata de la pistola en su mano derecha y llevó el dedo índice al gatillo. Un unionista sometido a Corrección que estaba recobrando su personalidad anterior, que odiaba, que podría proseguir por su cuenta. Aquel era un día de asesinatos. Había demasiados muertos tendidos en el suelo para poder contarlos, y no servían de nada las reglas, ni el parentesco, ni la amistad. La guerra había llegado a Pell, y él había sido un ingenuo toda su vida. Josh era peligroso —le habían entrenado para serlo— y la Corrección a que fue sometido no había cambiado las cosas.
El comunicador anunció la llegada. Se notó la vibración del contacto. Josh tragó saliva, la mirada inmóvil. Damon tendió la mano izquierda y le cogió del brazo.
—No, no hagas nada, ¿me oyes? No puedes alcanzarla.
—No tengo intención de hacerlo —dijo Josh sin mirarle—. Sería una locura.
Dejó el arma a un lado, retirando lentamente el dedo del gatillo, ron un sabor de bilis en la boca. La Norway ya estaba sólidamente ensamblada, tras una segunda vibración producida por el choque de cierres y junturas. Siseó el cierre hermético de unión.
Los soldados salieron a la plataforma, formaron, con gritos de órdenes, y tomaron posiciones relevando a los miembros armados del equipo. Cubiertos por sus armaduras todos eran iguales e implacables. Y de súbito apareció otra figura en lo alto de la curva. Un grito, y otros soldados salieron de los resguardos de tiendas y oficinas, los bares y dormitorios, uniéndose a sus camaradas de la Flota, transportando a sus heridos o muertos con ellos. Hubo cierta agitación en las líneas disciplinadas que los recibieron, abrazos y vivas. Damon se apretó todo lo que pudo a la maquinaria que le ocultaba, y Josh se agachó a su lado.
Un oficial dio órdenes y los soldados empezaron a avanzar ordenadamente desde las plataformas hacia la entrada al sector verde noveno, y mientras algunos la protegían con los rifles preparados, otros se internaron en el sector.
Damon retrocedió, adentrándose en las sombras, y Josh se movió con él. Les llegaron gritos, el sonido de voces resonantes a través de un altavoz. «Despejen el corredor». De repente hubo gritos, chillidos y disparos. Damon apoyó la cabeza en la maquinaria y escuchó, con los ojos cerrados, notó un par de veces que Josh se estremecía ante aquellos sonidos ya familiares, y no logró saber si también él temblaba.
«Se está muriendo», pensó con una calma propiciada por la fatiga, sintiendo que las lágrimas le corrían por el rostro. Finalmente se estremeció. Podían decir lo que quisieran, pero Mazian no había ganado. No existía ninguna posibilidad de que las escasas naves de la Compañía hubieran derrotado definitivamente a la Unión. Aquello no era más que una escaramuza. Y habría otras similares, hasta que no quedara ni una sola nave de la Flota, la Compañía dejara de existir y lo que quedara de Pell estuviera en otras manos. El perfeccionamiento del salto interestelar había restado utilidad a las grandes estaciones. Ahora había mundos, y había cambiado el orden y la prioridad de las cosas. Los militares lo habían visto. Sólo a los Konstantin les había pasado por alto. Su padre tampoco se había dado cuenta, aquel hombre que en cierto sentido no creyó ni en la Compañía ni en la Unión, sino en Pell, que mantuvo la confianza en el mundo al que orbitaba, que desdeñó las precauciones en su interior, que valoró la confianza por encima de la seguridad, que trató de mentirse a sí mismo y creer que los valores de Pell sobrevivirían en tales tiempos.