Había algunos que podrían pasar de un lado a otro, plegarse a cualquier política vigente. Jon Lukas, por ejemplo. Era evidente que lo había hecho. Si Mazian tenía buen sentido para juzgar a los hombres, seguramente recompensaría a Jon Lukas como tenía merecido. Pero Mazian no necesitaba hombres honrados, sino sólo hombres que le obedecieran y a los que pudiera imponer su propia ley.
Y Jon sería un superviviente, en uno u otro lado. Tenía la misma testarudez que su hermana, la madre de Damon, que se negaba a morir. Tal vez la propia testarudez de Damon, que nunca quiso aproximarse a su tío, al margen de lo que hubiera hecho. Quizá en aquellos días Pell necesitaba un gobernador que pudiera cambiar fácilmente de camisa y sobrevivir, negociando todo lo que era negociable.
Pero él no podría hacer eso. Si en aquel momento hubiera tenido a Jon ante él… El odio, en la medida en que lo sentía, era una experiencia nueva para él, aquel era un odio irremediable, como el de Josh, que le llevaría a la venganza si vivía lo suficiente. No deseaba perjudicar a Pell, sino impedir que los proyectos de Lukas llegaran a realizarse. Mientras viviera un solo Konstantin, quienquiera que dominase Pell no podría sentirse seguro. Mazian, la Unión, Jon Lukas… ninguno de ellos poseería Pell hasta que le hubiese capturado. Y él iba a dificultarles su captura durante tanto tiempo como le fuera posible.
XVI
Base principal de Downbelow: 1300 h.; noche local
Seguía sin haber respuesta. Emilio apretó la mano de Miliko contra su hombro y siguió mirando la pantalla del comunicador, por encima de Ernst, rodeado de otros miembros del personal. No había ninguna noticia de la estación ni de la Flota. Porey y todas sus fuerzas habían despegado del planeta y su silencio era persistente.
—Déjalo ya —le dijo a Ernst, y cuando el resto de los reunidos murmuró les dijo—: Ni siquiera sabemos quién está al mando ahí arriba. No nos dejemos llevar por el pánico, ¿me oís? No quiero que cometáis esa tontería. Si queréis quedaros en la base principal y esperar a que la Unión aterrice, muy bien. No pondré objeciones. Pero no sabemos nada. Si Mazian pierde podría apoderarse de estas instalaciones, ¿comprendéis? Podría desear destruirlas para que nadie sacara provecho de ellas. Quedaros ahí sentados si queréis. Yo tengo otras ideas.
—No podemos huir muy lejos —dijo una mujer—. No podemos vivir ahí afuera.
—Tampoco tenemos muchas posibilidades aquí —replicó Miliko.
El murmullo adquirió tintes de pánico.
—Escuchadme —les dijo Emilio—. Prestadme atención, por favor. No creo que les resulte fácil aterrizar en los chaparrales, a menos que dispongan de un equipo del que no tenemos noticia. Y quizá traten de volar este sitio, en cuyo caso preferiría no estar dentro. Miliko y yo vamos a irnos por la carretera. No estamos dispuestos a trabajar para la Unión, si así terminan las cosas. O quedarnos aquí y tratar con Porey cuando regrese.
Esta vez los murmullos fueron menos intensos; el miedo sustituía al pánico.
—Señor —dijo Jim Ernst—. ¿Quiere que me quede junto al comunicador?
—¿Quieres quedarte aquí?
—No —replicó Ernst.
Emilio asintió lentamente y los miró a todos.
—Podemos llevarnos los compresores portátiles, la cúpula de campaña… y excavar cuando encontremos algún sitio seguro. Podemos sobrevivir ahí afuera. Si nuestras nuevas bases sobreviven en lugares inhóspitos, nosotros también podemos.
Sus compañeros asintieron con semblantes aturdidos. Era demasiado difícil imaginar aquello con lo que iban a enfrentarse. Ni siquiera el propio Emilio podía imaginarlo, y lo sabía.
—Podemos alejarnos con rapidez por la carretera que abrimos para extender las bases. Desmantelar las instalaciones o permanecer aquí. Los que quieran quedarse aquí que lo hagan. No obligaré a nadie a ir a los chaparrales si no lo desea. Hay algo de lo que ya tenemos experiencia, y es que la Unión no pondrá sus manos en los nativos. Pues bien, asegurémonos ahora de que no nos cogerán a nosotros. Disponemos de la comida almacenada que no le mencionamos a Porey. Nos llevamos el comunicador portátil y algunas piezas esenciales de las máquinas que no podamos trasladar enteras… Nos damos un paseo por la carretera, nos internamos en el bosque. Vamos en los camiones hasta donde podamos y luego ocultamos el material pesado y nos lo llevamos poco a poco a nuestro nuevo refugio. Podrían bombardear la carretera y los camiones, pero cualquier otra solución va a llevarles bastante tiempo. Si alguien quiere quedarse aquí y trabajar para la nueva dirección… o para Porey, si aparece de nuevo, que lo haga. No deseo luchar con nadie, y no me interesa intentarlo.
Se hizo un silencio casi absoluto. Luego alguien se separó del grupo y empezó a recoger sus pertenencias personales. Otros le imitaron. A Emilio le latía el corazón con fuerza. Empujó a Miliko hacia sus aposentos para recoger los pocos objetos que iban a llevarse. Las cosas podían suceder de otra manera: sus compañeros podrían entregarles a los nuevos amos, ganando puntos con la oposición. Podían hacerlo perfectamente si se lo proponían, porque eran muchos y, además, estaban los miembros de cuarentena y los trabajadores.
No tenía ninguna noticia de su familia. De haber podido, su padre habría enviado algún mensaje.
—Date prisa —le dijo a Miliko—. Esto va a saberse enseguida en todas partes.
Se metió en un bolsillo una de las pocas pistolas de la base y se puso su chaqueta más recia. Recogió un caja de cilindros para los respiradores, una cantimplora y el hacha de mango corto. Miliko tomó un cuchillo y un par de mantas enrolladas, y salieron de nuevo. El personal se dedicaba a hacer alijos de objetos personales con mantas.
—Cierra la bomba —ordenó Emilio a uno de los hombres— y quítale el conectador.
Dio otras instrucciones y hombres y mujeres se movieron, algunos hacia los camiones y otros para realizar actos de sabotaje.
—Rápido —les gritó—. Nos vamos dentro de quince minutos.
—¿Qué hacemos con los de cuarentena? —preguntó Miliko.
—Les daremos la misma oportunidad. También hay que decírselo a los otros trabajadores, si aún no se han enterado.
Cruzaron la puerta hermética, la antecámara, la segunda puerta y subieron por los escalones de madera hasta salir al caos nocturno. La gente se movía con tanta rapidez como le permitía la escasez de aire. Se oyó el sonido de un vehículo oruga que se ponía en movimiento.
—Ten cuidado —le gritó a Miliko cuando sus caminos divergieron.
Emilio bajó por el sendero de grava y se dirigió al montículo en cuya cima se levantaba la cúpula de cuarentena. A través del plástico se filtraba una débil luz amarillenta. La gente estaba en el exterior, vestida, y no parecían tener más sueño que los demás aquella noche.
—Viene Konstantin —gritó uno, alertando a los demás, y el aviso penetró en la cúpula con la violencia de un portazo.
Él siguió andando y se abrió paso entre sus filas, con el corazón en la garganta.
—A ver, quiero que todo el mundo esté presente —les gritó.
Todos empezaron a salir, unos ciñéndose las chaquetas, otros ajustándose las máscaras. Poco después la cúpula empezó a deshincharse, emitiendo una vaharada de aire caliente que se unió al calor de los cuerpos que rodeaban a Emilio.
—Vamos a marcharnos de aquí —les dijo—. No tenemos ninguna noticia de Pell y es posible que haya caído en poder de la Unión. No lo sabemos. —Hubo gritos de consternación, y algunos ordenaron silencio a sus propios compañeros—. Digo que no lo sabemos. Tenemos más suerte que los habitantes de la estación, porque estamos en un planeta y disponemos de alimentos. Y si tenemos cuidado… también hay aire para respirar. Los que hemos vivido aquí mucho tiempo sabemos que es posible resistir estas condiciones atmosféricas incluso al aire libre. Tenéis la misma alternativa que nosotros. O quedaros aquí y trabajar para la Unión o veniros. Las cosas no van a ser fáciles ahí fuera, y no se lo recomendaría a los niños ni a los viejos, pero tampoco estoy seguro de que vaya a haber aquí mayor seguridad. Si nos alejamos tenemos una oportunidad, pues considerarán que es demasiada molestia ir en nuestra busca. Eso es todo. No vamos a sabotear ninguna máquina que sea necesaria para vuestra vida. Esta base es vuestra si la queréis. Pero si os unís a nosotros seréis bien recibidos. Nos vamos… no os importa adonde, a menos que vengáis con nosotros. Y si venís, será en iguales condiciones que los demás. Ahora, de inmediato.