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—Son buena gente —dijo uno de los trabajadores—. Dejémosles que vayan donde quieran.

—Saltarín —dijo Emilio—, queremos un lugar seguro… buscar a todos los humanos de los campamentos, llevarlos a muchos lugares seguros.

—Quieres seguridad, quieres ayuda, ven, ven.

La fuerte mano de Emilio retuvo la del hisa, pequeña en comparación, como si fueran padre e hijo. Por su juventud y tamaño debería ser al revés… Ahora los humanos eran como niños. Iban por una carretera humana hacia un lugar no humano, pero no regresarían, tal vez no regresarían jamás.

—Ven a nuestro lugar —dijo Saltarín—. Tú nos diste seguridad. Soñamos que los hombres malos se iban, y se fueron. Y ahora vienes y nosotros soñamos. No es sueño hisa ni sueño humano; sueño de los dos juntos. Ven al lugar del sueño.

Emilio no comprendía sus palabras. Había lugares más allá de los cuales los humanos nunca habían ido entre los hisa. Lugares de sueño… Ya era un sueño aquella huida de humanos e hisa mezclados, en la oscuridad, tras el desmoronamiento de todo lo que había sido Downbelow.

Habían salvado a los nativos, y en los largos años de dominio de la Unión, cuando llegaran humanos a los que no les importaran nada los hisa… también habían habido otros que los protegieron.

—Vendrán algún día —le dijo a Miliko— y querrán cortar los árboles, levantar sus fábricas, construir presas en el río y todo lo demás. Eso es lo que harán, ¿verdad? Si se lo permitimos. —Agitó la mano de Saltarín y miró el pequeño rostro del nativo—. Vamos a advertir a otros campamentos, pues quiero llevar a todos los humanos a los árboles, con nosotros, para dar un paseo muy, muy largo. Necesitamos agua buena y buena comida.

—Los hisa la encontrarán —sonrió Saltarín, como si le divirtiera una broma que compartían hisa y humanos—. No escondáis buena comida.

Algunos insistían en que los nativos no podían conservar una idea durante mucho tiempo. Quizá el juego terminaría cuando los humanos no tuvieran más regalos que darles. Tal vez perderían su temor reverencial por ellos y les abandonarían. Tal vez no. Los hisa no eran ya los mismos que cuando llegaron los humanos.

Tampoco los humanos eran los mismos que cuando llegaron a Downbelow.

XVII

Mercante Hammer: Espacio profundo; 1900 h.

Vittorio se sirvió una copa, la segunda desde que el espacio a su alrededor se había llenado súbitamente con una flota exhausta por la batalla. Las cosas no habían ido como deberían. En la Hammer reinaba el silencio, el triste silencio de una tripulación que percibía a un enemigo entre ellos, un testigo de su humillación nacional. Él no sostenía sus miradas, no opinaba… sólo deseaba anestesiarse lo antes posible y no tener que dar consejos ni opiniones.

Era claramente un rehén. Su padre lo había dispuesto así. Y se le ocurrió que su padre podría haberles traicionado a todos, que él podría ser ahora algo peor que un rehén inútil. Pero podría tener una carta por jugar.

Había intentado decirles que su padre le odiaba, pero ellos no dieron al hecho la menor importancia. No eran quienes tomaban las decisiones. Aquel hombre, Jessad, lo había hecho. ¿Y dónde estaba Jessad ahora?

Parecía que un visitante, alguien de importancia, se dirigía a la nave.

¿Sería el mismo Jessad, para informar de su fracaso y acabar con el inútil rehén que viajaba en la nave?

Tuvo tiempo para terminar la segunda copa antes de que la actividad de la tripulación y un leve golpe en el casco indicaran que se había efectuado el contacto. Se oyeron los sonidos de la maquinaria, el ruido del ascensor y un chirrido cuando el camarín sincronizó con el cilindro de rotación. Alguien subía. Vittorio permaneció inmóvil con el vaso ante él y deseó estar más borracho de lo que estaba. La cubierta, curvada hacia arriba, impedía ver la salida del ascensor, más allá del puente. Vittorio no podía ver lo que ocurría, y sólo observó la ausencia de algunos tripulantes de la Hammer de sus puestos. Alzó la vista con súbita consternación cuando oyó que se acercaban por el otro lado, a su espalda, y entraban en la cámara principal a través del aposento de la tripulación.

Blass, de la Hammer, con dos equipos. Una serie de militares desconocidos y algunos sin uniforme detrás de ellos. Vittorio se irguió y les miró, procurando disimular su nerviosismo. Era un oficial de cabello gris, rejuvenecido, resplandeciente con su uniforme plateado y las insignias metálicas. Y Dayin… Dayin Jacoby.

—Vittorio Lukas —le identificó Blass—. El capitán Seb Azov, al mando de la flota. El señor Jacoby, de su propia estación, y el señor Segust Ayres, de la Compañía Tierra.

—Del Consejo de Seguridad —le interrumpió el último.

Azov se sentó a la mesa y los demás se acomodaron en los bancos, a su alrededor. Vittorio se sentó también, los dedos insensibles sobre la superficie de la mesa, dispuesto a hacer frente a la situación con el aplomo que le daba el alcohol ingerido. Procuró mostrar naturalidad. Habían ido hasta allí para verle, y no era posible que les dé ayuda, ni a ellos ni a nadie.

—La operación ha empezado, señor Lukas —dijo Azov—. Hemos eliminado dos naves de Mazian. No se irán fácilmente. Permanecen cerca de la estación. Hemos solicitado más naves de refuerzo. Pero hemos dispersado a todos los mercantes de gran tonelaje. Sólo quedan los de pequeño tonelaje de Pell, que sirven como camuflaje.

—¿Qué quieren de mí? —preguntó Vittorio.

—Señor Lukas, usted conoce los mercantes con base fuera de la estación. Ha dirigido la Compañía Lukas, al menos hasta cierto punto… y conoce las naves.

Él asintió con aprensión.

—Su nave, Hammer, señor Lukas, va a regresar para atraer la atención de Pell, y por lo que respecta a los mercantes, usted será el operador de comunicaciones de la Hammer… no bajo su nombre verdadero, claro. Se le proporcionará información completa sobre la familia de esta nave, que usted estudiará atentamente, y usted responderá como uno de ellos. Pero si los mercantes ocupados por militares, o Mazian, detuvieran a la Hammer, su vida dependería de su habilidad e inventiva. La Hammer sugerirá a los otros mercantes que la mejor manera de sobrevivir sería llegar al borde del sistema y no intervenir en este asunto, apartarse totalmente del camino y poner fin al comercio con Pell. Queremos que esas naves desaparezcan de la zona, señor Lukas. No queremos que se sepa que hemos manipulado a la Hammer y la Ojo del Cisne, ¿comprende?

Vittorio pensó que las tripulaciones de aquellas naves nunca quedarían libres, no sin pasar previamente por Corrección. Se le ocurrió que su propia memoria era peligrosa para la Unión, que nunca sería beneficioso para los políticos que los mercantes supieran que la Unión había violado su neutralidad, lo cual consideraban un pecado exclusivo de Mazian, que habían confiscado no sólo personal, encarcelándolo, sino naves enteras y nombres, sobre todo los nombres, la confianza, las personalidades de aquella gente. Acarició el vaso vacío ante él, se dio cuenta de lo que hacía y se detuvo en el acto, procurando parecer sobrio y juicioso.

—Mis propios intereses van en esa dirección —replicó—. Mi futuro en Pell no está asegurado ni mucho menos.

—¿Cómo es eso, señor Lukas?

—Abrigo ciertas esperanzas de labrarme una carrera en la Unión, capitán Azov. —Miró el rostro sombrío de su interlocutor, confiando en parecer tan tranquilo como intentaba estar—. Mis relaciones con mi padre… no son precisamente afectuosas, por lo que me entregó a ustedes con gran satisfacción por su parte. He tenido tiempo para pensar, mucho tiempo. Prefiero llegar personalmente a un entendimiento con la Unión.