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– Lo siento -dijo Gillette, con suavidad.

– Y una mierda -Shelton se puso muy cerca del hacker, con la misma ira de siempre-. Es por eso por lo que me presenté voluntario en este caso. Creía que el asesino bien podría ser uno de los miembros de esa banda. Y por ello me conecté en la red ese día: para ver si tú eras también uno de ellos.

– No, no lo era. Yo no le haría eso a nadie. No me hice hacker para cosas así.

– Vaya, sigues con lo mismo. Pero eres tan malo como cualquiera de los que le hicieron creer a mi niño que esas malditas cajas de plástico eran el mundo entero. Bien, eso es basura. La vida está en otro lado -agarró a Gillette por la chaqueta. El hacker no opuso resistencia, sólo miraba su cara roja, congestionada. La saliva de Shelton le cayó en la cara mientras éste vociferaba-: ¡La vida de verdad está aquí! En la carne y en la sangre… En los seres humanos… En tu familia, en tus hijos… -se atoró y rompió a llorar-. ¡Esto es real!

Shelton echó al hacker a un lado y se limpió las lágrimas con la mano. Bishop dio un paso al frente y le tomó el hombro, pero Shelton se desasió y echó a andar, desapareciendo entre la multitud de policías y agentes del FBI.

El corazón de Gillette se sentía apesadumbrado por el pobre hombre pero a un tiempo pensaba: «Las máquinas también son reales, Shelton. Cada vez son más carne de nuestra carne y más sangre de nuestra sangre y eso no va a cambiar. La pregunta que debemos hacernos es si este hecho es bueno, malo o simplemente esto: ¿en quién nos convertimos cuando accedemos a través de la pantalla a la Estancia Azul?».

Ahora solos, el detective y el hacker se quedaron mirando. Bishop se dio cuenta de que le colgaba el faldón de la camisa. Se lo metió por dentro del pantalón y luego señaló el tatuaje de la palmera en el antebrazo de Gillette:

– Tal vez quieras quitarte eso. No te queda muy bien que digamos. Al menos la paloma. El árbol no está tan mal.

– Es una gaviota -replicó el hacker-. Pero ahora que lo traes a colación, Frank… ¿Por qué no te haces uno?

– ¿Un qué?

– Un tatuaje.

El detective hizo como que iba a empezar a decir algo pero luego alzó una ceja.

– Quién sabe, quizá me lo haga.

Entonces Gillette sintió cómo alguien le agarraba los brazos. Los agentes acababan de llegar, justo a tiempo, dispuestos a devolverlo a San Ho.

Capítulo 00101111/ Cuarenta y siete

Una semana después de que el hacker volviera a la cárcel, Frank Bishop cumplió la promesa hecha por Andy Anderson y, a pesar de las objeciones del alcaide, envió un maltratado ordenador portátil Toshiba de segunda mano a Wyatt Gillette.

Lo primero que se encontró cuando lo inició fue la foto digitalizada de un bebé gordo de piel oscura que parecía estar mascando un teclado de ordenador. El pie de foto rezaba: «Saludos de Linda Sánchez y de su nueva nieta Marie Andie Harmon». Gillette tomó nota mentalmente para escribirle una carta de felicitación; no obstante, tendría que esperar algún tiempo para hacerle un regalo a la niña: las prisiones federales no gozan de tiendas donde se puedan comprar esa clase de presentes.

El ordenador no llevaba incluido un módem: estaba claro que hackear le estaba terminantemente prohibido. Por supuesto, Gillette podría haberse conectado a la red con sólo haberse construido un módem a partir del walkman de Devon Franklin (conseguido gracias a un trueque de melocotones en conserva de Gillette) pero prefirió no hacerlo. Eso formaba parte de su trato con Bishop. Además, no deseaba sino que el año que le quedaba pasara rápido para recuperar su vida.

Lo que no equivale a afirmar que estaba en perpetua cuarentena con respecto a la red. Se le permitía acceder al lento PC IBM de la biblioteca (con supervisión, por descontado) para ayudar al análisis de Shawn, que había sido trasladado a la Universidad de Stanford. Gillette colaboraba con los científicos informáticos del centro y con Tony Mott. (Frank Bishop había denegado con vehemencia la petición de Mott para ser transferido a Homicidios y había aplacado al joven policía recomendando que fuera nombrado jefe de la Unidad de Crímenes Computarizados, algo a lo que Sacramento accedió.)

Lo que Gillette encontró en Shawn lo sorprendió. Phate, para conseguir acceder a tantos ordenadores como le fuera posible por medio de Trapdoor, lo había dotado de su propio sistema operativo. Era único e incorporaba elementos de todos los sistemas operativos existentes: Windows, MS-DOS, Apple, Unix, Linux, VMS, otros oscuros sistemas para científicos y aplicaciones para ingenieros. Ese nuevo sistema operativo, llamado Protean 1.1, le recordó a Gillette esa elusiva teoría unificadora que los científicos llevan toda la vida buscando, y que explica el comportamiento de todo lo que existe en el universo, energía incluida.

Aunque, al contrario que Einstein y sus sucesores, Phate no había tenido éxito en el intento.

Una de las cosas que Shawn no desembuchó fue el código de origen de Trapdoor, así como tampoco pudieron localizar los sitios donde podría estar éste escondido. La mujer que se hacía llamar Patricia Nolan había fracasado a la hora de aislarlo para robar ese código.

A ella tampoco la encontraron.

«Hace años, desaparecer solía ser fácil, pues no había ordenadores que te siguieran la pista», le había dicho Gillette a Bishop cuando le dieron la noticia. «Y ahora esfumarse resulta fácil pues contamos con ordenadores que borran todas las huellas de tu antigua identidad y te proporcionan una nueva.»

¿Quién quieres ser?

Bishop le comunicó que el cuerpo había rendido un funeral por todo lo alto a Stephen Miller. Linda Sánchez y Tony Mott aún seguían con remordimientos por haber creído que era un traidor, cuando de hecho sólo había sido un triste desecho de los viejos tiempos de la informática, un excedente del «Gran Cambio» de Silicon Valley.

Wyatt Gillette podría haberles dicho a los policías que no debían sentirse culpables por ello; la Estancia Azul tolera mejor el fracaso que la incompetencia.

El hacker obtuvo una nueva dispensa de su prohibición para conectarse a la red. Le encomendaron que comprobara los cargos contra David Chambers, el suspendido jefe de la División de Investigaciones Criminales del Departamento de Defensa. Tanto Frank Bishop como el capitán Bernstein y el fiscal general habían llegado a la conclusión de que Phate había entrado en los ordenadores de Chambers (tanto en el personal como en el del trabajo) para conseguir que lo echaran, con lo que conseguía que lo reemplazaran con Kenyon o con cualquier otro de sus lacayos, por una parte, y por la otra que Gillette volviera de inmediato a la cárcel.

Al hacker no le llevó más de un cuarto de hora encontrar pruebas de que los ficheros de Chambers habían sido pirateados, y que Phate había falsificado las transacciones de correduría y las cuentas en el extranjero.

Retiraron los cargos y le devolvieron el puesto.

También se retiraron los cargos contra Wyatt Gillette en el caso del Standard 12 y no se le imputó nada a Frank Bishop por haber ayudado a Gillette a fugarse de la UCC. El fiscal general decidió acabar con la investigación no porque creyera la historia de que Phate había sido el artífice del programa que pirateara el Standard 12, sino porque un comité de investigación y revisión de cuentas del Departamento de Defensa estaba indagando por qué se habían gastado treinta y cinco millones de dólares en un programa de codificación que era esencialmente inseguro.

La historia de los asesinatos de Phate en Washington, Portland y Silicon Valley tuvo mucha repercusión en los medios de comunicación por culpa del caso David Chambers. La prensa sensacionalista aireó los trapos sucios de Internet, el congreso tuvo sesiones en las que se trató la posibilidad de mejorar la seguridad en la red y la publicidad de los bancos y de las empresas de inversiones no se enfocó tanto en sus proezas a la hora de hacer dinero como en la calidad tecnológica de sus cortafuegos y de sus programas de encriptación.