Pero entonces comenzó la guerra de los Balcanes y la histeria hacker se evaporó de la noche a la mañana.
La vida en la Estancia Azul, siempre en expansión, recuperó la normalidad.
Un martes a finales de abril, mientras Gillette estaba sentado en su celda frente a su portátil, analizando algunos aspectos del sistema operativo de Shawn, un guardia se acercó a su puerta.
– Visita, Gillette.
Pensó que podría tratarse de Bishop. El detective aún trabajaba en el caso MARINKILL y pasaba mucho tiempo al norte de Napa, donde se suponía que estaban escondidos los asaltantes. (De hecho, nunca habían estado en el condado de Santa Clara. Parece ser que Phate había sido el creador de la mayoría de los soplos sobre los asesinos vertidos a la prensa y a la policía, en una estrategia de diversión.) En cualquier caso, Bishop solía pasarse por San Ho cuando andaba por esa zona. La última vez le había traído a Gillette Pop-Tarts y conservas de melocotón que su esposa Jennie elaboraba con las frutas del huerto de su marido. (No es que fueran su plato favorito pero, en cualquier caso, la mermelada era un excelente material de trueque dentro de la cárceclass="underline" de hecho, esta remesa había sido la que cambió por el walkman que podía alterar para crear un módem, aunque decidiera no hacerlo.)
Pero esta visita no era de Frank Bishop.
Se sentó en un cubículo y vio cómo entraba por la puerta Elana Papandolos. Llevaba un vestido azul marino. Se había recogido el pelo, negro y rizado. Era tan espeso que el pasador de terciopelo que llevaba parecía a punto de reventar. Cuando observó sus uñas bien cortadas, perfectamente limadas y pintadas de color lavanda, se le ocurrió una cosa que jamás antes había pensado: que Ellie, la profesora de piano, también se había abierto paso en el mundo con sus manos, como él, aunque en el caso de ella los dedos fueran bellos e inmaculados, sin ni siquiera un asomo de callos.
Ella se sentó y arrastró la silla hacia delante.
– Aún estás aquí -le dijo él, agachándose un poco para acercarse a los agujeros del plexiglás-. No habías vuelto a dar señales de vida y había supuesto que te habías largado hace un par de semanas.
Ella no respondió. Miró el divisor.
– Esto no estaba antes.
La última vez que fue a visitarlo, varios años atrás, se habían sentado en una mesa sin divisor y tenian a un guardia revoloteando a su alrededor. Con el nuevo sistema no había guardia: se ganaba en privacidad pero se perdía en proximidad. Gillette pensó que, de ser posible, se conformaba con tenerla cerca, recordando cómo solían hacerse cosquillas en la palma de la mano con la punta de los dedos y cómo se tocaban sus pies bajo la mesa, provocándose una sensación cercana a la que se experimenta cuando se hace el amor.
Mientras se inclinaba hacia delante, Gillette se dio cuenta de que estaba tecleando en el aire con furia.
– ¿Hablaste con alguien por lo del módem? -preguntó.
Elana asintió.
– He encontrado un abogado. No sabe si se venderá o no. Pero si se vende, voy a montarlo de tal manera que pague la factura de tu abogado y la mitad de la casa que perdimos. El resto es tuyo.
– No, quiero que tengas…
Ella le interrumpió al decir:
– He pospuesto mis planes. Los de ir a Nueva York.
Él se quedó callado, procesando ese nuevo dato. Y luego preguntó:
– ¿Por cuánto tiempo?
– No estoy segura.
– ¿Qué pasa con Ed?
– Está fuera -dijo ella, volviendo la cabeza hacia atrás.
Esto se le quedó clavado en el corazón. El hacker, muerto de celos, pensó con amargura que era todo un detalle por parte de Ed hacer de chófer de ella para llevarla a ver a su ex.
– ¿Y por qué has venido? -preguntó él.
– He estado pensando en ti. En lo que me dijiste el otro día. Antes de que viniera la policía.
Él le hizo un gesto para que continuara.
– ¿Dejarías las máquinas si te lo pidiera?
Gillette respiró hondo, antes de responder lisamente:
– No. No lo haría. Las máquinas son aquello para lo que estoy destinado en esta vida.
El esperaba que en ese momento ella se levantara y saliera por la puerta. Eso mataría una parte de él (la mayor parte de él) pero se había jurado que si tenía una nueva oportunidad de hablar con ella no le diría más mentiras.
– Pero puedo prometerte que nunca se interpondrían entre nosotros como antes. Nunca más.
Elana asintió lentamente.
– No sé, Wyatt. No sé si puedo fiarme de ti. Mi padre bebe una botella de ouzo cada noche. No para de jurar que va a dejar de beber. Y lo hace: como unas seis veces al año.
– Tendrás que arriesgarte -dijo él.
– Tal vez esa expresión no haya sido muy afortunada…
– Pero es la verdad.
– Certezas, Gillette. Quiero certezas antes de planteármelo siquiera.
Gillette no respondió. No había mucho que pudiera ofrecerle a ella como prueba de que había cambiado. Allí estaba, en la cárcel, y había estado a punto de hacer que mataran a esa mujer y a su familia debido a su pasión por un mundo completamente distinto al que ella habitaba y entendía.
Un rato después él afirmó:
– No hay nada más que pueda decirte, salvo que te amo y que quiero estar contigo, formar una familia contigo.
– Me voy a quedar durante un tiempo -dijo ella con lentitud-. ¿Por qué no vemos qué sucede?
– ¿Y qué pasa con Ed? ¿Qué es lo que tiene él que decir?
– ¿Por qué no se lo preguntas?
– ¿Yo?
Elana se levantó y fue hasta la puerta.
Poco después entraba la inquebrantable y nada sonriente madre de Elana. De la mano llevaba un niño pequeño, de unos dieciocho meses.
Dios, Señor… Gillette estaba anonadado. ¡Ed y Elana tenían un niño!
Su ex mujer se volvió a sentar en la silla y acomodó al niño en su regazo.
– Éste es Ed.
– ¿Él? -preguntó Gillette.
– Eso mismo.
– Pero…
– Presupusiste que Ed era mi novio. Pero es mi hijo… En realidad debería decir nuestro hijo. Le puse tu nombre. Tu segundo nombre: Edward no es un nombre de hacker.
– ¿Nuestro? -susurró él.
Ella asintió.
Gillette recordó las últimas noches que había pasado con ella antes de entregarse a las autoridades: en la cama, atrayéndola hacia sí…
Cerró los ojos. Dios, Dios, Dios… Recordó la vigilancia a la casa de Elana en Sunnyvale la noche que escapó de la UCC: había presupuesto que los niños que la policía avistaba eran los de su hermana. Pero ese niño había sido uno de ellos.
Vi tus e-mails. Cuando hablas de Ed no parece que éste sea el marido perfecto.
Sofocó una risa.
– No me lo habías dicho.
– Estaba tan enfadada contigo que no quería que lo supieras. Nunca.
– ¿Aún te sientes así?
– No estoy segura.
Él observó el pelo del niño: rizos negros y espesos. El pelo era de su madre. También había heredado sus bellos ojos negros y su rostro redondo.
– Levántalo un poco, ¿quieres? -le pidió a ella.
Ella hizo que el niño se pusiera en pie sobre su regazo. Sus raudos ojos estudiaron a Gillette con cuidado. Y luego el niño advirtió la presencia del Plexiglás. Se inclinó hacia delante y tocó la superficie con sus dedos gordezuelos, mientras sonreía fascinado tratando de averiguar cómo podía ver a través del cristal si no podía acceder a la otra parte.