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Los ojos de Gillette toparon con unas pizarras blancas que supuestamente se usaban para ir tomando notas de las distintas pruebas. En una de ellas habían pegado una foto. No llegaba a ver con claridad qué representaba y se acercó. Acto seguido se quedó boquiabierto y paró en seco, afectado. En la foto aparecía una joven vestida con una falda roja y naranja aunque con el torso desnudo, pálida y llena de sangre, que yacía sobre una parcela de césped. Gillette se sobrecogió.

Había jugado a un montón de juegos (Mortal Combat, Doom o Tomb Raider) pero, por muy macabros que resultaran, no eran nada comparados con la violencia terrible y congelada que se había llevado a cabo contra aquella víctima real.

Anderson consultó el reloj de pared, que no era digital, como hubiera resultado apropiado en un centro informático, sino un modelo analógico viejo y polvoriento con una manecilla grande y otra pequeña. Eran las diez en punto de la mañana.

– Contamos con dos aproximaciones compatibles para este caso -dijo el policía-. Los detectives Shelton y Bishop se encargarán de la investigación rutinaria del homicidio. La UCC manipulará las pruebas informáticas, con la ayuda de Wyatt -echó una ojeada al fax que había sobre la mesa y añadió-: También esperamos a una consultora de Seattle, una experta en Internet y sistemas on-line. Llegará de un momento a otro.

– ¿Es policía? -preguntó Shelton.

– No, civil -contestó Anderson-. Pero la hemos investigado. Y también hemos comprobado todas sus credenciales.

– Acudimos a la gente de empresas de seguridad de continuo -añadió Miller-. La tecnología cambia tan deprisa que no podemos estar al día con todos los nuevos desarrollos; los malos siempre nos sacan una cabeza. Así que procuramos usar consejeros técnicos externos siempre que podemos.

– Y suelen estar siempre ahí, haciendo cola -agregó Tony Mott-. Queda muy aparente eso de escribir en el curriculum que uno ha cazado a un hacker.

– ¿Dónde está el ordenador de la señorita Gibson? -preguntó Anderson a Sánchez.

– En el laboratorio de análisis, jefe -dijo la mujer mirando hacia uno de los pasillos oscuros que se diseminaban desde la sala central-. Hay un par de técnicos de Escena del Crimen que están buscando huellas: por si el asesino entró en casa de la víctima y lo tocó. Estará listo en diez minutos.

Mott alcanzó un sobre a Bishop:

– Esto te ha llegado hace diez minutos. Es un informe preliminar de la escena del crimen.

Bishop se peinó el pelo hirsuto con el dorso de los dedos. Gillette podía ver las marcas del peine que se distinguían claramente en los mechones férreamente pegados con fijador. El policía le echó una ojeada al informe pero no dijo nada. Le dio a Shelton el grueso fajo de papeles, se metió la camisa por el pantalón una vez más y se apoyó contra la pared.

El poli regordete abrió el informe, se tomó un instante para leerlo y luego levantó la vista:

– Los testigos afirman que el chico malo era un varón blanco de estatura y complexión medias, y que vestía pantalones blancos, camisa azul claro y corbata con un motivo de dibujos animados. Entre veintimuchos y treinta y pocos. El camarero afirma que tenia la misma pinta que todos los cerebrines que van a su bar -el policía se acercó a la pizarra blanca y comenzó a escribir todas esas pistas. Prosiguió-: La acreditación que llevaba colgada al cuello decía Centro de Investigación Xerox Palo Alto, pero estamos seguros de que es falsa. Llevaba perilla. Pelo rubio. En la víctima se encontraron fibras de dril de algodón azul que no corresponden ni a la ropa que llevaba puesta ni a la que tenía en su armario. Quizá provengan del chico malo. El arma del crimen fue un cuchillo militar Kabar con filo superior de sierra.

– ¿Cómo sabe eso? -le preguntó Tony Mott.

– Las heridas equivalen a las producidas por ese tipo de arma y el laboratorio ha encontrado óxido en ellas. Los Kabar están hechos de hierro y no de acero inoxidable -Shelton volvió al informe-. Asesinó a la víctima en cualquier lado y luego la arrojó en la autopista. Nadie de quienes se encontraban cerca vio nada -una mirada amarga a los presentes-. Como si vieran algo alguna vez… Estamos tratando de localizar el coche del asesino: salieron del bar juntos y se les vio dirigiéndose hacia el aparcamiento pero nadie echó un vistazo a las ruedas. En el lugar del crimen ha habido más suerte: tenemos la botella de cerveza. El camarero recordó que Holloway había puesto alrededor una servilleta pero hemos probado tanto con la botella como con la servilleta y no hemos encontrado nada. El laboratorio ha descubierto un tipo de adhesivo en la boca de la botella pero desconocen cuál es, sólo que no es tóxico. Eso es todo lo que saben. No concuerda con nada que tengamos en la base de datos del laboratorio.

Por fin habló Bishop:

– Una tienda de disfraces.

– ¿Disfraces? -dijo Anderson.

– Quizá necesitaba una ayudita para tener el aspecto de ese Will Randolph al que suplantaba -dijo el detective-. Quizá era goma para pegarse en la cara un bigote o una barba.

Gillette estaba de acuerdo:

– Todo manipulador de ingeniería social que se precie se viste para el engaño. Tengo amigos que se han cosido ellos mismos uniformes de guardalíneas de Pac Bell.

– Eso es bueno -le dijo Tony Mott a Bishop, como si estuviera almacenando toda esta información en un curso mental de educación continuada.

Anderson asintió ante el consenso provocado por esta sugerencia. Shelton llamó a la Central de Homicidios de San José y lo preparó todo para que unos agentes comprobaran si las muestras de adhesivo eran o no de goma teatral.

Frank Bishop se quitó la chaqueta de su traje barato y la colocó con cuidado en el respaldo de una silla. Miró fijamente la foto y la pizarra blanca, con los brazos cruzados. La camisa volvía a escapársele del pantalón. Vestía botas con puntera. Cuando Gillette estaba en la universidad, algunos amigos de Berkeley alquilaron una película obscena para una fiesta: una cinta de machos de la década de los años cuarenta o cincuenta. Uno de los actores vestía exactamente igual que Bishop.

Bishop arrebató el informe de las manos de Shelton y le echó una ojeada. Luego alzó la vista:

– El camarero comentó que la víctima había tomado un martini y el asesino una cerveza light. Pagó el asesino. Si pudiéramos localizar la factura podríamos encontrar alguna huella.

– ¿Y cómo va a hacer eso? -era el corpulento Stephen Miller quien hacía la pregunta-. Lo más seguro es que el camarero las tirase al cerrar el bar anoche.

Bishop miró a Gillette:

– Pondremos a unos cuantos agentes a hacer lo que él sugirió: husmear basuras -y le dijo a Shelton-: Diles que busquen una nota de un martini y una cerveza light en los cubos de basura del bar, con la hora fechada alrededor de las siete y media.

– Eso les llevará años -dijo Miller.

Bishop ya había cumplido con su parte y quedó en silencio, sin prestar atención al policía de la UCC. Shelton llamó a los agentes de la Central para que se pusieran manos a la obra.

Entonces Gillette se dio cuenta de que nadie quería tenerlo cerca. Vio que todo el mundo llevaba la ropa limpia, el pelo oliendo a champú y las uñas libres de mugre.

– Oiga, ya que contamos con unos minutos antes de que el ordenador esté listo -le dijo a Anderson-, me pregunto si no habrá una ducha por aquí…

Anderson se tocó el lóbulo que mostraba el estigma de una vida anterior y se echó a reír:

– No sabía cómo traerlo a colación -le dijo a Mott-: Llévalo al vestuario de empleados. Pero quédate cerca: recuerda que es un recluso.