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– No -respondió Gillette con firmeza-. Me ha debido de ver cuando estaba escribiendo mi kludge y habrá pensado que estaba en la red.

– A mí me lo ha parecido -dijo Shelton.

– Se equivoca.

Shelton se encogió de hombros pero seguía sin creérselo.

Anderson podía haber ido al directorio raíz y comprobado los ficheros de conexión para saberlo con certeza. Pero pensó que el hecho de que se hubiera conectado o no a la red carecía de importancia. El trabajo de Gillette aquí había acabado. Tomó el teléfono y llamó solicitando que vinieran dos agentes a la UCC. «Tenemos un prisionero que debe ser trasladado de vuelta al Correccional de San José.»

Gillette se volvió hacia él, con ojos abatidos.

– No -dijo con tenacidad-. No me puede enviar de vuelta.

– Me aseguraré de que te entreguen el portátil que te prometí.

– No, no lo entiende. No puedo parar ahora. Tenemos que descubrir lo que el tipo hizo en el ordenador de esa chica.

– Pero tú has dicho que no has podido encontrar nada -gruñó Shelton.

– Es que ése es el verdadero problema. Si hubiera encontrado algo, podríamos entenderlo. Pero no puedo. Eso es lo terrible. Necesito seguir adelante.

– Si encontramos el ordenador del asesino -dijo Anderson-, o el de otra víctima, y si necesitamos analizarlos, te llamaremos de nuevo.

– Pero los chats, los paneles de noticias, los sitios de hackers. Ahí podríamos encontrar centenares de pistas. Seguro que la gente está hablando de este tipo de software.

Anderson vio la desesperación del adicto reflejada en el rostro de Gillette, tal como se lo había predicho el alcaide.

– A partir de ahora es nuestro, Wyatt -dijo-. Y gracias de nuevo.

Capítulo 00001000 / Ocho

Jamie intuyó que no iba a poder conseguirlo.

Era casi mediodía y estaba sentado solo en la oscura y fría sala de ordenadores, aún vestido con la ropa de jugar al fútbol («Jugar bajo la lluvia no afianza ningún carácter, Booty: sólo te empapas hasta los huevos»). Pero no quería perder tiempo dándose una ducha y cambiándose de ropa. Cuando estaba en el campo, en lo único que podía pensar era si el ordenador universitario al que había accedido habría sido capaz de adivinar el código.

Y ahora, mientras atisbaba la pantalla a través de sus gafas gruesas y empañadas, intuyó que el Cray no iba a poder descriptar la contraseña a tiempo. Estimó que tardaría dos días más en conseguirlo.

Pensó en su hermano, en el concierto, en los pases de backstage, y sintió ganas de llorar. Comenzó a teclear otros comandos para ver si podía acceder a otro ordenador universitario, a uno más rápido que había en el Departamento de Física. Pero ése tenía una larga lista de espera de gente que deseaba utilizarlo.

Sintió un escalofrío diferente al que le proporcionaban las ropas empapadas y miró por toda la sala oscura y rancia. Se estremeció de miedo. La única iluminación que había en la sala de ordenadores provenía de su pantalla encendida y de un débil flexo: los tubos catódicos del techo estaban apagados.

«Otra vez ese maldito fantasma…»

Quizá lo mejor era olvidarse de todo. Estaba harto de tener miedo, harto de tener frío. Quizá lo mejor era largarse de allí, ir al encuentro de Dave, de Totter o de los chicos del Club Francés. Sus manos se posaron sobre el teclado para detener el Crack-er e iniciar un programa de enmascaramiento que destruiría u ocultaría cualquier prueba de sus correrías informáticas.

Y entonces ocurrió algo.

El directorio raíz del ordenador universitario apareció de pronto en la pantalla frente a la que se encontraba. ¿Cómo había sucedido? Él no había pulsado ningún comando. Y, de pronto, se abrió un subdirectorio: el de los archivos de comunicación. Ese ordenador llamó entonces a otro. Se dieron un apretón de manos electrónico y en un santiamén tanto el Crack-er de Jamie Turner como el fichero de contraseñas de Booty eran transferidos al segundo ordenador.

¿Cómo demonios había sucedido?

Jamie Turner era un experto en cuestiones de informática, pero nunca había visto nada igual. La única explicación posible era que el primer ordenador (el universitario) tuviera algún tipo de arreglo con otros departamentos de informática para que las tareas que llevaran mucho tiempo fueran transferidas automáticamente a ordenadores más rápidos.

Pero lo verdaderamente raro era que el software de Jamie hubiera acabado en el gigantesco vector de datos paralelo del Centro de Investigación para la Defensa, donde había un dispositivo de superordenadores que se contaba entre los sistemas informáticos más rápidos del mundo. También era uno de los más seguros, y colarse en él resultaba casi imposible (Jamie lo sabía: lo había intentado). Contenía información altamente clasificada y en el pasado se había prohibido el acceso tanto a civiles como a departamentos universitarios. Jamie supuso que habían comenzado a alquilarlo para financiar los enormes gastos de mantenimiento de este gigantesco vector de datos paralelo.

Bueno, se le ocurrió que si, después de todo, había un fantasma, tal vez era un fantasma benévolo. Rió pensando que quizá era también fan de Santana.

Jamie se volcó ahora en su segunda tarea necesaria para completar la Gran Evasión. En menos de sesenta segundos se había convertido en un técnico de servicios de mediana edad con excesivo trabajo, en un empleado de la West Coast Security Systems, Inc. que no sabía dónde había puesto el diagrama esquemático del modelo de puerta de incendios con alarma WCS 8872 que estaba tratando de reparar, y que necesitaba que le echara una mano el supervisor técnico, quien -por otra parte- estaba encantado de hacerlo.

* * *

Sentado en su despacho de la sala de estar, Phate observaba trabajar al programa de Jamie en los superordenadores del Centro de Investigación para la Defensa, adonde lo había enviado junto con el fichero de la contraseña.

Sin que el administrador de sistemas tuviera noticia de ello, él poseía el control del directorio raíz de los superordenadores del Centro, que en estos momentos estaban gastando unos veinticinco mil dólares de tiempo de ordenador con el único propósito de permitir que un estudiante de segundo curso pudiera abrir una sola puerta cerrada.

Phate había echado una ojeada al progreso del primer superordenador que Jamie había usado en una universidad cercana y se había dado cuenta de que el chaval no conseguiría la clave para salir del colegio a tiempo para la cita de las seis y media con su hermano.

Eso significaba que el muchacho permanecería dentro del colegio y que Phate perdería ese asalto de su juego. Y eso no se podía permitir.

Pero, como había intuido, el vector de datos paralelo del Centro de Investigación para la Defensa lograría esa contraseña antes de la hora límite.

Si esa noche Jamie Turner hubiera llegado a asistir al concierto (algo que no iba a suceder) habría sido gracias a la ayuda de Phate.

Acto seguido, Phate se metió en la página del Consejo de Planificación y Zonificación de la Ciudad de San José y encontró una propuesta de edificación que había sido enviada por el rector de la Academia St. Francis. Quería construir otro muro de entrada y necesitaba la aprobación del Consejo. Se descargó de la red los documentos y los planos, tanto del colegio como de los patios.

Mientras examinaba los planos, su ordenador emitió un pitido y se abrió una ventana, alertándole de que había recibido un mensaje de Shawn.

Sintió la punzada de excitación que le acometía cada vez que Shawn le enviaba un mensaje. Le parecía que esta reacción era significativa, una clave importante para el desarrollo personal de Phate: no, digamos mejor de Jon Holloway. Se había criado en una casa en la que el afecto y el amor eran tan inusuales como abundante era el dinero, y era consciente de que eso le había llevado a convertirse en una persona fría y distante. Así se comportaba con todo el mundo: familia, amigos, compañeros de trabajo, condiscípulos y las pocas personas con las que había tratado de mantener una relación.