Y, aun así, la hondura de lo que Phate sentía por Shawn le demostraba que no estaba muerto emocionalmente, que dentro de él fluía un enorme reguero de amor.
Deseoso de leer el e-mail, salió de la página de Planificación y Zonificación y se conectó a su servidor de correo.
Pero mientras leía esas palabras lúgubres se le borró la sonrisa de la boca y su respiración se aceleró, así como su pulso.
– ¡Dios! -murmuró.
El asunto del correo era que la policía había progresado en sus investigaciones mucho más de lo que él había supuesto. Sabían incluso lo de los asesinatos de Portland y Washington D. C.
Luego echó una ojeada al segundo párrafo y no llegó más allá de la referencia a Milliken Park.
«No, no…»
Ahora sí que tenía un problema.
Phate se levantó de su asiento y echó a correr al sótano de su casa. Divisó otra manchita de sangre seca en el suelo (proveniente del personaje de Lara Gibson) y luego abrió un taquillón. De éste extrajo su cuchillo manchado y oscuro. Fue hacia su armario, lo abrió y dio la luz. Diez minutos después estaba en el Jaguar, corriendo por la autopista.
En el comienzo Dios creó el sistema de redes de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada (llamado ARPAnet) y ARPAnet floreció y engendró a Milnet, y entre ARPAnet y Milnet crearon Internet y su proyecto, los foros de discusión de Usenet y la World Wide Web, y llegaron a ser la trinidad que cambió la vida de Su pueblo por siempre jamás.
Andy Anderson, quien solía describir así la red cuando enseñaba Historia de la Informática, pensó que ésa era una descripción demasiado halagüeña, mientras conducía por Palo Alto y pasaba frente a la Universidad de Stanford. Pues había sido en el cercano Instituto de Investigación de Stanford donde el Departamento de Defensa creara el predecesor de Internet en 1969, para enlazar dicho instituto con la UCLA, la Universidad de California en Santa Bárbara y con la Universidad de Utah.
La reverencia que sentía por ese lugar disminuyó, sin embargo, a medida que conducía bajo el sirimiri y enfrente veía la colina desierta del Otero de los Hackers, en Milliken Park. De haber sido un día normal, el lugar habría estado abarrotado de jóvenes intercambiando software e historias de sus andanzas y hazañas en la red y en los paneles de anuncios cibernéticos de todo el mundo. Hoy, la llovizna fría de abril había dejado el lugar vacío.
Aparcó, se puso un arrugado gorro gris para la lluvia que le había regalado su hija de seis años por su cumpleaños y salió del coche, cruzando por el césped y desplazando agua con los zapatos. Le descorazonaba la ausencia de un posible testigo que pudiera darle alguna pista sobre Peter Fowler, el vendedor de armas. En cualquier caso existía un puente cubierto en el medio del parque y a veces los chavales se reunían allí aunque hiciera frío o estuviera lloviendo.
Pero al acercarse Anderson comprobó que el lugar también estaba vacío.
Se paró y miró a su alrededor. Se veía que los pocos individuos que allí se encontraban no eran hackers: una señora mayor paseando a su perro y un ejecutivo que llamaba desde su móvil bajo la marquesina de un edificio cercano de la universidad.
Anderson pensó en una cafetería que había en el centro de Palo Alto, cercana al hotel California. Era un sitio donde se juntaban geeks para beber café cargado e intercambiar cuentos de sus tremendas hazañas. Decidió ir allí para preguntar si alguien sabía algo de Peter Fowler o de otra persona que vendiera armas o cuchillos. Y si no, lo intentaría en el edificio de Informática, y preguntaría a algunos profesores y estudiantes graduados con los que había trabajado si habían visto a alguien que…
Entonces el detective advirtió que algo se movía cerca de allí.
A unos quince metros había un joven que se encaminaba subrepticiamente hacia el puente bajo la lluvia. Miraba a un lado y a otro, y se veía que estaba paranoico.
Anderson se deslizó detrás de un macizo frondoso de enebro y se agachó. Anderson supo que ése era el asesino de Lara Gibson. Tenía unos veintitantos y vestía una chaqueta vaquera de la que de seguro provenían las fibras encontradas en el cadáver de la mujer. Era rubio e iba bien afeitado: la perilla que lució en el restaurante era falsa a todas luces, y se la había pegado con adhesivo teatral.
Ingeniería social…
Entonces la chaqueta del hombre se abrió por un instante y Anderson pudo avistar la funda nudosa de un cuchillo Ka-bar colgando de la pretina de sus vaqueros. El asesino se cerró la chaqueta con rapidez y prosiguió acercándose al puente, donde se adentró en las sombras y se puso a observar algo.
Seguro que había venido a comprar más armas a Fowler.
Anderson continuó fuera de su ángulo de visión. Llamó al despacho central de operaciones de la policía del Estado. Confiaba en que Nokia hiciera teléfonos a los que un poco de precipitación no les interfiriera.
Un segundo después escuchaba la contestación de la Central que le preguntaba por su número de placa.
– Cuatro, tres, ocho, nueve, dos -susurró Anderson como respuesta-. Solicito apoyo inmediato. Tengo a la vista a un sospechoso de asesinato. Estoy en Milliken Park, Palo Alto, en el extremo sureste.
– Entendido, cuatro tres ocho -contestó el hombre-, ¿está armado el sospechoso?
– Veo un cuchillo. No sé si llevará armas de fuego.
– ¿Está en un vehículo?
– Negativo -dijo Anderson, con el corazón a cien-. Por el momento va a pie.
Su interlocutor le pidió que esperara unos segundos. Anderson miraba fijamente al asesino, entornando los ojos, como si eso pudiera dejarlo helado en ese mismo sitio sin moverse. Susurró a Centraclass="underline"
– ¿Cuál es el tiempo estimado de llegada para esos refuerzos?
– Un momento, cuatro tres ocho… Vale, le informo: estarán allí en veinte minutos.
– ¿Es que nadie puede venir un poco más rápido?
– Negativo, cuatro tres ocho. Es todo lo que podemos hacer. ¿Procurará no perderle de vista?
– Lo intentaré.
Pero justo en ese instante el hombre volvió a ponerse en marcha. Dejó el puente y caminó por la acera.
– Se mueve, Central. Se dirige hacia el oeste a través del parque hacia los edificios de la universidad. Voy a seguirlo y le tendré informado de su localización.
– Oído, cuatro tres ocho. La UDC va para allá.
¿UDC? ¿Qué era eso ahora? Ah, vale: la Unidad Disponible más Cercana.
Anderson se acercó al puente, rozándose al agarrarse a los árboles al tratar de que el asesino no pudiera verlo. ¿Para qué habría vuelto? ¿A encontrar otra víctima? ¿Para ocultar las señales de algún crimen anterior? ¿Tendría acceso al envidiable departamento informático de Stanford, se habría servido de eso para poder escribir su virus?
Miró el reloj. Había pasado menos de un minuto. ¿Debería llamar otra vez y pedir que la unidad se acercara en silencio? No lo sabía. Quizá eso retrasara aún más su llegada. Seguro que había procedimientos establecidos para este tipo de situaciones: procedimientos que policías como Frank Bishop y Bob Shelton conocerían al dedillo. Anderson estaba acostumbrado a un tipo de trabajo policial muy diferente. Sus emboscadas se dirigían desde furgonetas, mientras uno ojeaba la pantalla de un portátil Toshiba conectado a un sistema de búsqueda radiodireccional Cells-cope.