– Mire -suplicó Gillette-. No puede llevarme de vuelta.
– ¿Qué?
– Me necesitan. Lo que está haciendo ese tipo no tiene precedentes. Tengo que…
El capitán lo despachó con un gesto y se volvió hacia Susan Wilkins, señalando la pizarra blanca y hablando sobre cuestiones relativas al caso.
– Capitán -reiteró Gillette-. No puede enviarme de vuelta.
– Necesitamos su ayuda -dijo Nolan, buscando con la vista a Bishop, quien no le hizo el menor caso.
El capitán miró a los dos agentes que le habían acompañado. Estos fueron hasta Gillette y se colocaron cada uno a un lado del detenido, como si él mismo fuera el asesino. Se encaminaron hacia la puerta.
– No -se quejó Gillette-. ¡No tiene ni idea de lo peligroso que es ese hombre!
Sólo precisaron otra mirada del capitán para escoltarlo hacia la salida. El empezó a decirle a Bishop que interviniera pero el detective estaba como ausente, seguramente reflexionando ya sobre el caso MARINKILL. Miraba al suelo, absorto en sus pensamientos.
– Vale -oyó Gillette que Susan Wilkins les decía a Miller, Sánchez y Mott-, lamento lo que le ha ocurrido a vuestro jefe pero ya he tenido que pasar por esto y estoy segura de que vosotros también, y la mejor manera de demostrar que Andy nos importaba es apresar al asesino y eso es justamente lo que vamos a hacer. Ahora bien, creo que todos estamos de acuerdo en lo concerniente a nuestra aproximación al caso. Pienso acelerar el procesamiento del informe de la escena del crimen y del expediente. El informe preliminar dice que el detective Anderson (al igual que ese Fowler) fue apuñalado. La causa de la muerte fue un paro cardiaco provocado por una herida de arma blanca. Ellos…
– ¡Espere! -gritó Gillette cuando casi salía ya por la puerta.
Wilkins se detuvo. Bernstein hizo una seña a los policías para que lo sacaran de allí. Pero Gillette dijo a toda prisa:
– ¿Y qué pasó con su primera víctima? ¿También fue acuchillada en el pecho?
– ¿Adonde quieres llegar? -preguntó Bernstein.
– ¿Lo fue? -reiteró su pregunta Gillette, enfático-. ¿Y las víctimas de los otros asesinatos, las de Portland y Virginia?
Por un instante nadie dijo nada. Por fin, Bob Shelton miró el informe del asesinato de Lara Gibson.
– Causa de la muerte, una herida de arma blanca en el…
– … en el corazón, ¿verdad? -dijo Gillette.
Shelton miró primero a su compañero y luego a Bernstein. Asintió. Tony Mott dijo:
– No sabemos qué pasó en Oregón ni en Virginia: borró los informes.
– Más de lo mismo -afirmó Gillette-. Os lo garantizo.
– ¿Cómo puedes saberlo? -le preguntó Shelton.
– Porque sé cuál es su móvil -respondió Gillette.
– ¿Y cuál es?-preguntó Bernstein.
– Acceso.
– ¿Qué quieres decir? -musitó Shelton con belicosidad.
Patricia Nolan asentía:
– Eso es lo que buscan todos los hackers. Acceso a información, a secretos, a datos…
– Cuando uno es un hacker -sentenció Gillette-, el acceso es Dios.
– ¿Y qué tiene eso que ver con los apuñalamientos?
– El asesino es un MUDhead.
– Claro -dijo Tony Mott-. Conozco a los MUD -parecía que Miller también los conocía. Estaba asintiendo.
– Es otra sigla -explicó Gillette-. Significa Dominio de Multiusuarios. Es un lugar de Internet donde la gente se conecta para practicar juegos de rol. Juegos de aventuras, de cruzadas, de ciencia ficción, de guerra. También contiene sociedades y civilizaciones virtuales. Como Sim-City. Los MUD son como un mundo fuera de éste, pero la gente que juega suele ser legaclass="underline" ejecutivos, geeks, un montón de estudiantes y de profesores. Pero hace como tres o cuatro años hubo una gran controversia por un juego llamado Access, acceso.
– Me suena haber oído algo sobre ello -dijo Miller-. Muchos proveedores de Internet se negaron a mancharse las manos con eso.
Gillette asintió.
– Funcionaba como una ciudad virtual, poblada por personajes que llevaban una vida normaclass="underline" iban a trabajar, salían con gente, criaban una familia, etcétera. Pero en el aniversario de una muerte famosa (como el asesinato de Kennedy, el día en que dispararon a Lennon o el Viernes Santo) un generador escogía un número al azar y con él designaba a uno de los habitantes para convertirlo en asesino. Era el único en saber que lo era. Y tenía sólo una semana para introducirse en la vida de la gente y matar a tantos como le fuera posible. El asesino podía elegir a cualquiera para convertirlo en su víctima -prosiguió Gillette- pero cuanta mayor dificultad planteara el asesinato, más puntos conseguía. Un político con escolta sumaba diez puntos. Un policía armado era quince puntos. La única limitación que tenía el asesino es que debía acercarse a sus víctimas lo bastante como para poder hundirles un cuchillo en el corazón: ésa era la forma definitiva de acceso.
– Dios mío, ése es nuestro asesino en pocas palabras -dijo Tony Mott-. El cuchillo, las heridas en el corazón, las fechas de aniversarios informáticos, buscar a gente que es difícil de asesinar, como Lara Gibson… Gente con guardaespaldas y mucha seguridad en su entorno. Lo hizo en Portland y en Washington D. C. Y se ha venido hasta aquí para jugar a su juego en Silicon Valley -el joven policía sonrió cínicamente-. Está en el nivel de expertos.
– ¿Nivel? -preguntó Bishop.
– En los juegos de ordenador -le explicó Gillette-, uno avanza superando dificultades que se acrecientan desde el nivel de principiantes hasta el más complejo: el nivel de expertos.
– ¿Así que todo esto no es sino un juego para él? -dijo Shelton-. No resulta fácil creérselo.
– No -dijo Patricia Nolan-. Me temo que resulta muy fácil de creer. El Departamento de Conducta del FBI en Quántico considera a los hackers ofensivos criminales compulsivos progresivos. Como los asesinos seriales impulsados por la lujuria. Necesitan cometer crímenes cada vez más intensos para satisfacer su ansia. Y diría que para él las máquinas son más importantes que la gente -prosiguió Nolan-. Una muerte no le supone ninguna pérdida: pero si se le rompe el disco duro es toda una tragedia.
– Eso es de ayuda -afirmó Bernstein-. Lo tendremos en cuenta -miró a Gillette-: Pero tú vuelves ahora mismo a la cárcel.
– ¡No! -gritó el hacker.
– Oye, ya nos hemos metido en un buen aprieto por dejar salir a un recluso federal con una orden firmada bajo el nombre de Juan Nadie. A Andy no le importaba correr el riesgo. A mí, sí. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto.
Hizo una nueva seña a los agentes y éstos condujeron al detenido fuera del corral de dinosaurios. A Gillette le parecía que esta vez lo agarraban con más fuerza, como si sintieran su desesperación y sus ganas de escapar. Nolan suspiró moviendo la cabeza y ofreció a Gillette una triste sonrisa mientras lo sacaban de allí.
La detective Susan Wilkins retomó su monólogo pero su voz se fue desvaneciendo mientras Gillette se encaminaba al exterior del edificio. Caía una lluvia persistente. Uno de los agentes le dijo: «Lo lamento», pero Gillette no sabía si se refería a su intento frustrado de permanecer en la UCC o a que carecían de un paraguas bajo el que cobijarle de la lluvia.
El agente lo ayudó a agacharse para entrar en el coche patrulla y cerró la puerta.
Gillette cerró los ojos y apoyó la cabeza en la ventanilla. Se oía el tamborileo del agua sobre el techo del coche.
Sentía una pesadumbre inmensa por su derrota.
Dios, cuan cerca había estado de…
Pensó en todos esos meses en la cárcel. Pensó en todos los planes que tenía.
Todo perdido. Todo estaba…
La puerta del coche se abrió.