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Frank Bishop se agachaba. El agua le corría por la cara, brillaba en sus patillas y empapaba su camisa pero su pelo, domado por el fijador, continuaba en su sitio, inmune a la fuerte lluvia.

– Tengo una pregunta que hacerle, señor.

¿Señor?

– ¿De qué se trata?

– Eso de los MUD. ¿Es morralla o no?

– No. Creo que el asesino está jugando su versión personal del juego: una versión real.

– ¿Hay alguien que lo siga jugando? En Internet, me refiero.

– Lo dudo. Oí que los verdaderos MUDheads se habían indignado con el asunto tanto que sabotearon los juegos e inundaron de correos basura a los que aún jugaban, hasta que dejaran de hacerlo.

El detective volvió la vista hacia la oxidada máquina de Pepsi tirada enfrente del edificio de la UCC. Y luego preguntó:

– Ese tipo de ahí dentro, Stephen Miller… Es un peso pluma, ¿no?

Gillette lo pensó y un segundo después respondió:

– Proviene de los viejos tiempos.

– ¿Qué?

La expresión se refería a las décadas de los años sesenta y setenta: aquella época revolucionaria en la historia de los ordenadores que finalizó con la aparición del PDP-10 de Digital Equipment Corporation, el ordenador que mudó el talante del Mundo de la Máquina para siempre. Pero sólo le dijo esto al detective:

– Supongo que era bueno, pero ha perdido el tren. Y sí, en términos de Silicon Valley eso significa que es un peso pluma.

– Ya veo -Bishop se irguió de nuevo y observó el tráfico que discurría por una autopista cercana. Y luego les dijo a los agentes-: Trasladen a este hombre otra vez dentro, por favor.

Ellos se miraron pero, cuando Bishop hizo un gesto enfático, sacaron a Gillette del coche patrulla.

Mientras retornaban a la oficina de la UCC, Gillette oyó cómo seguía canturreando la detective Susan Wilkins: «… y si es necesario actuaremos conjuntamente con los departamentos de seguridad de Mobile America y Pac Bell; ya he establecido líneas de comunicación con los equipos de fuerzas especiales. Otra cosa. A mi juicio, trabajar cerca de grandes recursos nos da un sesenta contra cuarenta más de eficacia, así que vamos a trasladar la Unidad de Crímenes Computarizados a la Central de San José. Según tengo entendido, aquí tienen algunos problemas administrativos relacionados con la ausencia de una recepcionista y podremos solucionar eso en la Central…».

Gillette dejó de prestar atención a la voz y se preguntó qué es lo que estaría tramando Bishop.

El policía dejó a Gillette esperando en el pasillo y se acercó a Bob Shelton, con quien estuvo charlando en susurros durante un rato. La conversación terminó cuando Bishop le preguntó a su compañero: «¿Me apoyarás?».

El policía corpulento observó despectivo a Gillette y musitó algo afirmativo a regañadientes.

El capitán Bernstein frunció el ceño y se acercó a Bishop y a Shelton, mientras Wilkins seguía hablando. Bishop le dijo:

– Señor, me gustaría llevar este caso, y pido que Gillette trabaje con nosotros.

– Querías colaborar en el caso MARINKILL.

– Quería, señor. En pasado. Pero he cambiado de opinión.

– Recuerdo lo que has dicho antes, Frank. Pero no eres responsable de la muerte de Andy. Él debería haber sabido sus limitaciones. Nadie lo obligó a perseguir a ese tipo en solitario.

– Si ha sido mi culpa o no ha sido mi culpa carece de importancia. No se trata de eso. Se trata de detener a un delincuente peligroso tan rápido como nos sea posible.

El capitán Bernstein entendió lo que quería decir y miró a Wilkins:

– Susan ya ha llevado casos como éste. Es buena.

– Sé que lo es, señor. Hemos trabajado juntos. Pero ella se licenció en Quántico y nunca ha trabajado en las trincheras, como yo. Sabe a lo que me refiero: Oakland, Haight, Salinas… Este delincuente es así de peligroso. Por eso prefiero llevar yo el caso. Pero el otro problema es que aquí no estamos jugando en nuestro terreno. Necesitamos a alguien que sea bien brillante -su tupé señaló a Gillette-. Y creo que él es tan bue- no como el asesino.

– Tal vez lo sea -susurró Bernstein-. Pero no es eso lo que me preocupa.

– Me hago cargo, señor. Si algo sale mal, asumiré la culpa de todo. Ninguno de los míos volverá a correr riesgos.

Patricia Nolan se les unió y dijo:

– Capitán, si quiere cerrar este caso va a necesitar algo más que tomar huellas e interrogar a testigos.

– Bienvenidos al puto nuevo milenio -suspiró Shelton.

– Bien, el caso es tuyo -le dijo Bernstein a Bishop, asintiendo-. Escoge a alguien de Homicidios de San José para que os eche una mano.

– Huerto Ramírez y Tim Morgan -replicó sin dudar Bishop-. Me gustaría que se presentaran aquí tan pronto como fuera posible si está en su mano, señor. Quiero poner a todo el mundo en antecedentes.

Bernstein le comunicó los cambios a Susan Wilkins, quien se marchó, más perpleja que enfadada por la pérdida de su nuevo caso. Y luego el capitán preguntó a Bishop:

– ¿Quieres trasladarlo todo a la Central?

– No, nos quedamos aquí, señor -dijo Bishop. Señaló una pantalla de ordenador-. Tengo la impresión de que éste será el lugar donde haremos la mayor parte del trabajo.

– Bueno, mucha suerte, Frank. Me ocuparé de que tanto Escena del Crimen como los hombres de fuerzas especiales estén a punto para echaros una mano.

– Pueden quitarle las esposas -dijo Bishop a los agentes que habían venido para escoltar a Gillette de vuelta a San Ho.

– ¿Y también la tobillera de detección? -preguntó uno de los agentes, apuntando al artefacto que el detenido lucía en una de sus piernas.

– No -dijo Bishop, mostrando una extraña sonrisa-. Creo que se la vamos a dejar puesta.

* * *

Algo más tarde, dos hombres se unían al equipo de la UCC: un latino ancho y moreno que era extremadamente musculoso (tan musculoso como el dibujo del Gold Gym) y un detective alto y rubio vestido con camisa oscura, corbata oscura y uno de esos trajes de cuatro botones. Bishop los presentó como Huerto Ramírez y Tim Morgan, los detectives de la Central que había solicitado.

– Ahora me gustaría decir un par de cosas -anunció Bishop, metiéndose la camisa rebelde por dentro del pantalón y colocándose en el centro del grupo. Los observó a todos y mantuvo la mirada un instante-. En cuanto al tipo que perseguimos: es alguien perfectamente dispuesto a matar a quien se interponga en su camino y eso incluye a defensores de la ley e inocentes. Es un experto en ingeniería social -echó una mirada a los recién llegados Ramírez y Morgan-. Que, en resumen, significa disfraz y estrategias de diversión. Así que es importante que cada cual recuerde continuamente lo que sabemos sobre él.

Bishop miró a los ojos a todos los del equipo mientras revisaba la lista:

– Creo que tenemos ya confirmado que es un sujeto de unos veintitantos años. De constitución mediana, quizá es rubio pero es probable que sea moreno, con la cara afeitada pero que a veces lleva postizos faciales y cuya arma asesina preferida es un cuchillo Ka-bar. Puede invadir las líneas telefónicas e interrumpir el servicio o hacer que se le transfieran las llamadas. Puede meterse en los ordenadores de la policía -ahora fue Gillette quien recibió una mirada-, perdón, puede «crackear» los ordenadores de la policía y destruir fichas policiales e informes. Le van los desafíos y matar es para él un juego. Ha pasado muchos años en la costa Este pero ahora está cerca, aunque desconocemos su localización real. Creemos que compró artículos para sus disfraces en una tienda de productos teatrales de El Camino Real en Mountain View. Es un sociópata insensible e incontinente que ha perdido contacto con la realidad y que piensa en lo que hace como si jugara a un gran juego de ordenador.