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A los diecisiete años, Jon Holloway utilizó la ingeniería social para convertirse en uno de los muchachos más normales y populares del colegio.

De hecho, era tan popular que el funeral de sus padres y de su hermano fue uno de los actos que más gente atrajo en toda la historia de ese pequeño pueblo de Nueva Jersey donde vivían. (Los amigos de la familia proclamaban que había sido un milagro que el pequeño Jon hubiera llevado su ordenador a reparar esa misma mañana de sábado, cuando esa terrible explosión de gas mató a toda su familia.)

Jon Holloway había meditado sobre su vida y llegó a la conclusión de que tanto Dios como sus padres lo habían puteado tanto que su única forma de sobrevivir era tomarse la existencia como un juego MUD.

Y ahora volvía a jugar.

¿Quién quieres ser?

En el sótano de su bella casa de las afueras, Phate limpiaba la sangre de su cuchillo Ka-bar y lo afilaba, disfrutando del siseo que hacía el filo al frotarse contra la barra de afilar que había comprado en Williams Sonoma.

Éste era el cuchillo que había usado para acceder al corazón de un personaje importante de su juego: Andy Anderson.

Siseo, siseo, siseo…

Pequeñas virutas de metal se pegaron a la hoja. El oscuro cuchillo militar (hierro forjado y no acero inoxidable) se había imantado. Phate se detuvo y miró el arma de cerca. Se le había ocurrido algo interesante: los disquetes de ordenador están bañados de una película imantada de partículas de hierro como éstas. Es gracias a la imantación como los discos de ordenador pueden almacenar y leer datos. Era como si el mismo principio de física informática hubiese causado la muerte a Andy Anderson: de la misma manera que un disquete entra en un ordenador y lo destruye con un virus, así el cuchillo había penetrado en su corazón y lo había destruido.

Acceso…

Mientras frotaba el cuchillo contra la piedra de afilar, la perfecta memoria de Phate rememoró un fragmento del artículo titulado «La vida en la Estancia Azul», que había copiado en uno de sus cuadernos de hacker:

«A diario se difumina un poco más la línea que separa el Mundo Real del Mundo de la Máquina. No es que nos estemos convirtiendo en autómatas o que vayamos a ser esclavos de las máquinas. No, sucede que estamos creciendo el uno al encuentro del otro. Estamos moldeando las máquinas para que se adapten a nuestros propósitos y a nuestra naturaleza: como hicimos anteriormente con la Naturaleza, el Medio Ambiente y las tecnologías del pasado. En la Estancia Azul, las máquinas absorben nuestras distintas personalidades y nuestra cultura: nuestro lenguaje, nuestros mitos y metáforas, nuestros corazones y nuestro ánimo.

Y, a su vez, el Mundo de la Máquina está transformando esas mismas personalidades y esa cultura.

Pienso en el solitario que volvía a casa después del trabajo y pasaba la noche comiendo comida basura y viendo la tele. Ahora enciende su ordenador y se da una vuelta por la Estancia Azul. Es un lugar donde interactúa: recibe estimulación táctil del teclado e intercambios verbales, se le desafía. Ya no puede volver a ser pasivo. Tiene que ofrecer información si quiere recibir una respuesta. Ha entrado en un nivel de existencia superior porque las máquinas han ido a su encuentro. Hablan su mismo lenguaje.

Para bien o para mal, ahora las máquinas reproducen las voces humanas, sus espíritus, sus corazones y sus ambiciones.

Para bien o para mal, reproducen la consciencia, y también la inconsciencia, de los humanos».

Phate terminó de afilar la hoja y la limpió. La volvió a dejar en su armario y volvió arriba, donde se encontró con que sus impuestos habían servido para algo: el superordenador del gobierno acababa de terminar de pasar el programa de Jamie y había descifrado la clave que abría las puertas de la Academia St. Francis. Esta noche iba poder jugar a su juego.

Para bien o para mal…

* * *

Después de haber revisado lo que Gillette había impreso tras su búsqueda, el equipo no encontró ninguna otra pista de utilidad. Él se sentó frente a un ordenador para terminar de escribir el bot que seguiría escudriñando la red en su ayuda.

Luego se detuvo y alzó la vista.

– Tenemos que hacer otra cosa. Tarde o temprano, Phate se dará cuenta de que un hacker anda en su busca y tratará de atacarnos. Deberíamos protegernos -se volvió hacia Stephen Miller-: ¿A cuántos sistemas externos tenéis acceso desde aquí?

– A dos: el primero es Internet, por medio de nuestro dominio, cspccu.gov, que es el que estás usando para conectarte a la red. Y también estamos en ISLEnet.

«Más siglas», pensó Gillette.

– Es el Integrated Statewide Law Enforcement Network -le explicó Sánchez-: El sistema interestatal integrado de agencias gubernamentales.

– ¿Está en cuarentena?

Un sistema está en cuarentena cuando está formado por máquinas interconectadas por medio de cables estructurados de tal forma que nadie puede entrar en él por medio de una conexión telefónica de Internet.

– No -dijo Miller-. Uno puede conectarse desde donde quiera, pero necesitará contraseñas y deberá superar un par de cortafuegos.

– ¿Y a qué sistemas podría acceder desde ISLEnet?

Sánchez se encogió de hombros.

– A cualquier sistema de policía estatal o federal del país: el FBI, el servicio secreto, ATF, NYPD… Hasta a Scotland Yard. A todos.

– Pues me temo que vamos a tener que cortar nuestra conexión -dijo Gillette.

– Hey, hey, backspace, backspace… -replicó Miller utilizando el término hacker para «Espera un poco», que se define en inglés aludiendo a la tecla de retroceso-. ¿Cortar la conexión con ISLEnet? No podemos hacerlo.

– Tenemos que hacerlo.

– ¿Por qué? -preguntó Bishop.

– Porque estoy utilizando vuestros ordenadores para buscar a Phate. Y si entra en ellos con el demonio Trapdoor puede saltar a ISLEnet sin problemas. Y en ese caso, tendrá acceso a cada sistema policial al que este sistema esté conectado. Pensad en el daño que podría hacer.

– Pero usamos ISLEnet una docena de veces al día -se quejó Shelton-. Para consultar las bases de datos de identificación automática de huellas, las órdenes, los expedientes de los sospechosos, los informes de los casos, las investigaciones…

– Wyatt tiene razón -afirmó Patricia Nolan-. Recordad que ese tipo ya ha entrado en el VICAP y en las bases de datos de la policía de dos Estados. No podemos arriesgarnos y permitirle que se infiltre en más sistemas.

– Si queréis usar ISLEnet -dijo Gillette-, tendréis que ir a otro sitio: la Central o donde sea.

– Pero eso es ridículo -replicó Miller-. No vamos a conducir ocho kilómetros para conectarnos a una base de datos. Las investigaciones se demorarían muchísimo.

– Ya es bastante con que vayamos contra corriente -dijo Shelton-. Ese tipo nos lleva kilómetros de ventaja. No necesita que, para colmo, le echemos un cable -miró a Bishop como si estuviera implorando su ayuda.

El delgado detective observó que un faldón de su camisa sobresalía por fuera del pantalón y se lo metió.

– Adelante -decía un segundo después-. Haced lo que dice. Cortad la conexión.

Sánchez suspiró.

Gillette se sentó en una terminal y tecleó con presteza, cercenando los vínculos exteriores, mientras Stephen Miller y Tony Mott lo observaban vacilantes. Cuando terminó, alzó la vista y los miró.

– Y una cosa más… A partir de ahora nadie se conecta a la red salvo yo.

– ¿Por qué? -preguntó Shelton.

– Porque yo puedo percibir si el demonio Trapdoor se ha infiltrado en nuestro sistema.

– ¿Cómo? -le preguntó agriamente el policía con pinta de duro-. ¿Llamando al número del Zodiaco?