– ¿No cooperan las autoridades búlgaras? -le preguntó Nolan a Miller.
– Nunca. El gobierno ni siquiera nos responde cuando les pedimos información -y dicho esto, Miller añadió-: ¿Y por qué no le enviamos un e-mail directamente a Vlast?
– No -respondió Gillette-. Eso podría poner a Phate sobre aviso. Creo que hemos llegado a un punto muerto.
Pero entonces el ordenador volvió a emitir un pitido y el bot de Gillette señaló otra nueva presa.
Resultadas de la búsqueda:
Buscar: «Triple-X»
Localización: IRC, #hack
Status: Conectado
Era Triple-X, el hacker que Gillette había localizado ya antes y que parecía saber muchas cosas sobre Phate y su Trapdoor.
– Está en el chat de hackers del Internet Relay Chat -dijo Gillette-. No sé si le dirá a un extraño algo sobre Phate, pero vamos a intentar rastrearlo -y le preguntó a Miller-: Voy a necesitar un anonimatizador antes de conectarme a la red. ¿Tienes alguno por ahí?
Un anonimatizador, o cloak, capota, es un programa de software que bloquea cualquier intento de rastrearte cuando estás conectado, pues te presenta como alguien distinto y que se encuentra en un lugar diferente al tuyo.
– Claro, lo cierto es que escribí uno el otro día.
Miller cargó el programa en un cubículo contiguo al de Gillette.
– Si Triple-X trata de seguirte la pista, verá que te has conectado en una terminal de acceso público de Austin. Es una zona de alta tecnología y allí muchos universitarios de Texas suelen dedicarse a piratear con ganas.
– Genial -Gillette se acercó al teclado, echó una breve ojeada al programa de Miller y luego escribió un falso nombre de usuario para él, Renegade334, en el anonimatizador. Tecleó unos cuantos comandos y luego miró a su equipo-: Vamos a darnos un baño con los tiburones -dijo. Y pulsó Enter.
– Ahí estaba -dijo el guardia de seguridad-. Aparcó aquí mismo, el coche era un sedán de color claro. Estuvo como una hora, justo cuando raptaron a la chica. Y estoy casi seguro de que había alguien en el asiento delantero.
El guardia señaló una hilera de plazas vacías de aparcamiento detrás de un edificio de tres plantas ocupado por la Internet Marketing Solutions Unlimited, Inc. Desde esas plazas se divisaba el parking trasero del Vesta's de Cupertino donde Jon Holloway, alias Phate, había practicado la ingeniería social con Lara Gibson hasta matarla. Cualquiera que hubiese estado en ese misterioso sedán podría haber tenido una vista inmejorable del coche de Phate, aunque no hubiese presenciado el secuestro en sí.
Pero Bishop, Shelton y la directora del Departamento de Recursos Humanos de Internet Marketing habían entrevistado a las treinta y dos personas que trabajan en el edificio y no habían podido identificar el sedán.
Ahora, los dos policías estaban entrevistando al guardia para ver si se había fijado en algo que los ayudara a descubrir el coche.
– ¿Y está seguro de que, por fuerza, tenía que ser de alguien que trabaje en la empresa? -le preguntó Bob Shelton.
– Sí, tenía que ser así, por fuerza -les confirmó el guardia larguirucho-. Hay que mostrar el pase de empleado para entrar por esa puerta y llegar hasta el parking trasero.
– ¿Y los visitantes? -preguntó Bishop.
– No, aparcan enfrente del edificio.
Bishop y Shelton se miraron el uno al otro, preocupados. Ninguna pista los llevaba a buen puerto. Salieron de la UCC hacia la Central de la policía en San José para llevarse la foto de la ficha de Holloway que les habían enviado desde la policía de Massachusetts. La foto mostraba a un joven delgado de pelo oscuro y rasgos comunes, sin nada distintivo en ellos: podía servir para cien mil otros muchachos de Silicon Valley y, por tanto, no era de gran ayuda. Ramírez y Tim Morgan se la habían mostrado al único tendero presente en la tienda de artículos teatrales Ollie, de Mountain View, pero éste no había reconocido a Phate.
El equipo de la UCC había hallado una sola pista: por teléfono, Linda Sánchez le había dicho a Bishop que el bot de Wyatt Gillette había localizado una referencia a Phate. Pero eso también los había conducido a un callejón sin salida.
«Bulgaria», pensó Bishop cínicamente. ¿Qué clase de caso era ése?
– Déjeme hacerle una pregunta, señor -le decía el detective al guardia de seguridad-. ¿Cómo es que se fijó en el coche?
– ¿Cómo dice?
– Es un aparcamiento. Lo natural es que los coches estén aquí. ¿Por qué se fijó en el sedán?
– Bueno, lo cierto es que no es natural que los coches aparquen ahí detrás. Es el único que he visto en algún tiempo -miró a su alrededor y, una vez se hubo cerciorado de que no había nadie más, añadió-: Oigan, la compañía no marcha muy bien que digamos, la plantilla se ha quedado en cuarenta personas. Hace un año aquí había casi doscientas. Así que todos pueden aparcar delante, y lo prefieren. De hecho, el presidente los invita a hacerlo para que no parezca que la empresa está en las últimas -bajó la voz-. Si quieren la verdad, esta mierda del punto-com de Internet no es la gallina de los huevos de oro que dicen. Yo mismo ando buscándome otro trabajo, en Costco: en el sector minorista, allí sí que hay trabajos con futuro.
«Vale», se dijo a sí mismo Frank Bishop, mientras miraba el Vesta's Grill. «Piensa en esto: un coche estaba aquí cuando no había necesidad de aparcar en este lado. Haz algo con eso.»
Tuvo un asomo de pensamiento pero lo desechó.
Le dieron las gracias al guardia y volvieron hacia el coche por un sendero de gravilla que desembocaba en un parque que rodeaba el edificio.
– Una pérdida de tiempo -dijo Shelton.
Pero no hacía otra cosa que afirmar una gran verdad, pues la mayor parte de cualquier investigación no es sino una pérdida de tiempo, y no parecía desencantado por ello.
«Piensa», se repetía Bishop en silencio.
Haz algo con eso.
Era la hora de la retirada y se encontraron con algunos empleados que transitaban por ese mismo atajo hasta el aparcamiento delantero. Bishop vio que delante de ellos caminaba un ejecutivo de unos treinta años junto a una joven vestida con un traje recto. Iban riéndose y en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron tras unos arbustos de lilas. Entre las sombras se abrazaron y se besaron con pasión.
Esa relación le trajo a la mente a su propia familia y Bishop se preguntó cuánto tiempo vería a su esposa y a su hijo la semana próxima. Sabía que no sería mucho.
Y, como suele suceder a veces, en su mente emergieron dos pensamientos que dieron lugar a un tercero.
Haz algo…
Se paró de pronto.
… con eso.
– Vamos -dijo Bishop y comenzó a correr de vuelta por donde habían venido. Estaba mucho más delgado que Shelton pero no en mejor forma, y resopló mientras regresaba al edificio de oficinas, y entretanto la camisa se le salía de nuevo con entusiasmo.
– ¿A qué viene tanta prisa? -jadeó su compañero.