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Pero el detective no respondió. Corrió por el vestíbulo de Internet Marketing de vuelta al Departamento de Recursos Humanos. Hizo caso omiso de la secretaria, quien se había levantado sobresaltada por su irrupción turbulenta, y abrió la puerta del despacho de la directora de Recursos Humanos, donde ella hablaba con un joven, quizá concretando una entrevista fuera de horas de trabajo.

– Detective -dijo la sorprendida mujer, viendo la alarma en los ojos del policía-, dígame qué pasa.

Bishop hizo un esfuerzo por recuperar el aliento.

– Tengo que hacerle un par de preguntas sobre sus empleados -miró al joven-. Y mejor que sea en privado.

– ¿Podría perdonarnos, por favor? -le dijo ella al joven que tenía enfrente, quien se largó de la oficina con timidez.

Shelton se encargó de cerrar la puerta.

– ¿Qué quiere saber? ¿Algo sobre el personal?

– Dejémoslo en algo personal.

Capítulo 00001111 / Quince

Ésta es tierra de logros, ésta es tierra de plenitud.

Esta es la tierra del rey Midas, donde nace el oro, aunque no gracias a los astutos trucos de Wall Street o a la musculosa industria del Medio Oeste, sino gracias a la más pura imaginación.

Esta es la tierra donde hay secretarias y conserjes millonarios gracias a las stock options, y donde otros pasan la noche subidos en el autobús de la línea 22 (entre San José y Menlo Park): ellos, como un tercio de los «sin techo» de la zona, tienen trabajos de jornada completa, pero no pueden permitirse pagar un millón de dólares por un pequeño búngalo ni trescientos mil dólares al mes por un apartamento.

El condado de Santa Clara, ese verde valle con unas dimensiones de cuarenta kilómetros por dieciséis, era conocido como «El valle del gozo en el corazón», aunque la dicha a la que hacía referencia este sobrenombre acuñado años atrás era culinaria y no tecnológica. Los albaricoques, las ciruelas, las nueces y las cerezas crecían en abundancia en esa tierra fértil situada a ochenta kilómetros al sur de San Francisco. El valle habría seguido unido a la agricultura, como otras partes de California (como Castroville y sus alcachofas o Gilroy y sus ajos), de no haber sido por la decisión de un hombre impulsivo llamado David Starr Jordán, presidente de la Universidad de Stanford, que estaba alojada en el corazón del valle de Santa Clara. Jordán decidió arriesgarse a invertir un poco de dinero en un invento casi desconocido de Lee De Forrest.

El tubo de audion del inventor no era como el fonógrafo ni como el motor de combustión interna. Era una innovación de esas que la gente normal no entiende y, de hecho, al público no le importó un comino cuando salió a la luz. Pero Jordán y otros ingenieros de Stanford creyeron que el invento tendría varias aplicaciones prácticas y en poco tiempo se vio que habían dado totalmente en el clavo: el audion fue el primer tubo electrónico de vacío y en última instancia hizo posible la aparición de la radio, de la televisión, del radar, los monitores médicos, los sistemas de navegación y por fin de los mismos ordenadores.

Una vez que se descubrió el potencial del pequeño audion, nada volvió a ser lo mismo en este valle fértil y plácido.

La Universidad de Stanford se convirtió en caldo de cultivo de ingenieros electrónicos, muchos de los cuales permanecieron en la zona tras graduarse: por ejemplo, David Packard y William Hewlett. También Russell Varían y Philo Farnsworth, cuya investigación nos dio la primera televisión, el radar y las tecnologías microondas. Los primeros ordenadores como el ENAC o el Univac fueron inventos de la costa Este, pero sus limitaciones (el tamaño inmenso y el intenso calor provocado por los tubos de vacío) hicieron que aquellos innovadores se mudaran a California, donde las empresas estaban realizando muchos avances en torno a un pequeño dispositivo conocido como el semiconductor, mucho menor y más frío y eficaz que los tubos. Desde ese mismo instante el Mundo de la Máquina dio un acelerón como el de una nave espaciaclass="underline" desde IBM hasta el PARC de Xerox, hasta el Instituto de Investigación de Stanford, hasta Intel, hasta Apple, hasta el millar de empresas punto-com repartidas hoy en día por este exuberante paisaje.

Silicon Valley…

Y ahora Phate conducía por el corazón mismo de esta tierra prometida (esta vez lo hacía en la hora punta vespertina), por el sureste de la autopista 280, en dirección a la Academia St. Francis para su cita con Jamie Turnen.

En el reproductor del Jaguar sonaba otra grabación de una obra de teatro: esta vez se trataba de Hamlet, en versión de Lawrence Olivier.

Mientras recitaba las frases al unísono con el actor, Phate dejó la autopista en la salida de San José y cinco minutos después pasaba frente al imponente edificio colonial español que albergaba la Academia St. Francis. Eran las 5.15 y tenía más de una hora para echarle un vistazo a la estructura.

Aparcó en una polvorienta calle comercial, cerca de la puerta norte, desde la que Jamie pensaba escapar. Desplegó un plano del edificio de la Comisión de Planificación y Zonificación y un mapa del Catastro Municipal, y durante diez minutos Phate estudió esos documentos. Luego salió del coche, y con calma dio vueltas alrededor del edificio, estudiando las entradas y las salidas. Volvió al Jaguar.

Subió el volumen del aparato, reclinó el asiento y escuchó las palabras que recitaba el actor mientras observaba a la gente que paseaba o andaba en bici por la acera mojada. Los observó fascinado. Para él no eran más (o menos) reales que el atormentado príncipe danés del drama de Shakespeare y durante un momento Phate no supo si se encontraba en el Mundo de la Máquina o en el Mundo Real.

Oyó cómo una voz (¿la suya?, ¿otra?) recitaba una versión algo distinta de la obra. «Qué gran cosa es la máquina. Cuan noble en discernimiento. Cuan infinita en aptitudes. Sus formas, sus movimientos, cuan expresivos y admirables resultan. Sus acciones, cuan angelicales. Sus accesos, cuan divinos.»

Comprobó el cuchillo y el botellín con pitorro que contenía la mezcla de líquidos cáusticos, todo ello cuidadosamente repartido en los bolsillos de su mono gris, en cuya espalda había bordado con cuidado las palabras: «AAA, Compañía de Limpieza y Mantenimiento».

Sólo le quedaban veinte minutos para saber si ganaría o perdería este asalto.

Phate frotó su pulgar contra el filo cortante de su cuchillo.

Sus acciones, cuan angelicales.

Sus accesos, cuan divinos.

* * *

Convertido ahora en Renegade334, Gillette había estado acechando (observando sin decir palabra) en el chat de #hack.

Estaba estudiando a su presa, Triple-X. Antes de ejercitar la ingeniería social sobre alguien, uno debe aprender tantas cosas sobre su objetivo como le sea posible para que su estafa resulte creíble. Fue realizando observaciones y Patricia Nolan anotaba todo lo que Gillette deducía sobre Triple-X. La mujer se había sentado muy cerca de él. Olía muy bien a perfume y él se preguntó si este aroma en particular formaba parte del plan de cambio de imagen.

Lo que habían llegado a averiguar sobre Triple-X era lo siguiente:

Se encontraba en la zona horaria del Pacífico (había hecho una referencia a la happy hour de un bar de copas cercano, y eran casi las 5.45 p.m. en la costa Oeste).

Probablemente, estaba en el norte de California (se había quejado de la lluvia y, según el Weather Channel -la fuente de más alta tecnología con que contaba la UCC para los pronósticos meteorológicos-, la mayor parte de la lluvia caída se concentraba en la zona de la bahía de San Francisco y alrededores).

Era americano, mayor y seguramente había tenido educación universitaria (su gramática y su puntuación eran muy buenas para un hacker -demasiado buenas para un ciberpunk-, y su uso de expresiones de jerga era correcto, lo que indicaba que no era un Eurotrash-hacker, pues a menudo éstos tratan de impresionar a los otros hackers utilizando expresiones que despedazan sin saberlo).