Una pausa y luego:
Triple-X: Vale. ¿Y cuál es tu pregunta?
– Tiene miedo -dijo Gillette-. Puedo sentirlo.
Renegade334: Esto del Trapdoor, ¿es cierto que el puede meterse en tu ordenador y ver toda tu mierda? Vamos, que lo ve TODO y tu ni te enteras.
Triple-X: No creo que exista en realidad. Es una leyenda urbana.
Renegade334: No se tio, creo que es real, he visto como abría mis ficheros y yo no estaba haciendo nada de nada.
– Tenemos una entrada -anunció Miller-. Él nos está rastreando a nosotros.
Tal como Gillette había predicho, Triple-X estaba usando su propia versión del HyperTrace para rastrear a Renegade334. Sin embargo, el programa anonimatizador que había escrito Stephen Miller haría que el ordenador de Triple-X pensara que Renegade estaba en Austin. El hacker debió de recibir ese informe y de creérselo, pues siguió conectado.
Triple-X: ¿Por qué te preocupas por eso? Estás en una terminal pública. Alli no puede infiltrarse en tus ficheros personales.
Renegade334: Estoy aki porque mis padres mean quitado hoy el Dell durante una semana por las notas. En casa estaba on-line y el teclado andaba jodido y se empezaran a abrir los ficheros ellos solos. Muy muy fuerte.
Otra larga pausa. Y por fin el hacker respondió:
Triple-X: Deberias tener miedo. Conozco a Phate.
Renegade334: ¿Si? ¿Como?
Triple-X: Empezamos a hablar en un chat. Me ayudó a depurar erraros de un programa. E intercambiamos warez.
– Este chico es una mina de oro -susurró Tony Mott.
– Quizá conozca la dirección de Phate -dijo Nolan-. Pregúntaselo.
– No -replicó Gillette-. Tenemos que ir poco a poco.
Durante un tiempo no hubo respuesta y luego:
Triple-X: BRB
Los asiduos a los chats han desarrollado una taquigrafía de iniciales que representan expresiones, para ahorrar tiempo y energías para teclear. «BRB» significa en inglés Be right back, ahora vuelvo.
– ¿Se ha pirado? -preguntó Sánchez.
– La conexión sigue abierta -contestó Gillette-. Quizá tenía que mear o cualquier otra cosa. Que Pac Bell siga rastreando.
Se reclinó en la silla, que crujió con fuerza. Pasó un rato. La pantalla seguía igual.
BRB.
Gillette miró a Patricia Nolan. Ella abrió su bolso, tan abultado como su suéter, y extrajo el esmalte endurecedor de uñas y comenzó a aplicárselo, abstraída.
El cursor siguió parpadeando. La pantalla se mantuvo vacía.
Habían vuelto los fantasmas y esta vez había montones de ellos.
Jamie Turner podía oírlos a medida que avanzaba por el pasillo de la Academia St. Francis.
Bueno, lo más seguro es que el ruido proviniera de Booty o de alguno de sus maestros, que se cercioraban de que tanto puertas como ventanas quedaban cerradas. O tal vez eran estudiantes que buscaban un sitio donde fumarse un cigarrillo o jugar con su Game Boy.
Pero antes él había estado pensando en los fantasmas y ahora seguía pensando en los fantasmas: en los indios torturados hasta morir y en el profesor y el alumno asesinados por el loco ese que entró un par de años atrás. Jamie pensó que ése también había pasado a formar parte de los fantasmas desde el momento en que la policía lo mató de un disparo en la cabeza en el viejo refectorio.
Jamie Turner era a todas luces un producto del Mundo de la Máquina (un hacker y un científico) y sabía que tanto los fantasmas como los espíritus o las criaturas míticas no existen. ¿Por qué estaba tan asustado entonces?
Y en ese momento se le ocurrió una idea extraña. Se preguntó si podía suceder que, gracias a los ordenadores, nuestra vida hubiera retornado a una época más mágica y nigromántica. Los ordenadores hacían que el mundo pareciera como algo salido de los libros del siglo XIX, de los relatos de Washington Irving o de Edgar Allan Poe. Como Sleepy Hollow o El escarabajo de oro y todo ese rollo extraño. Antes de los ordenadores, en la década de los sesenta y de los setenta, la vida era algo que estaba a la vista de todos, que era comprensible. Ahora, sin embargo, era algo oculto. Estaban la red y los bots y los códigos y los electrones y todas esas cosas que uno no puede ver: eran como fantasmas. Ellos podían flotar a tu alrededor, aparecer de pronto de la nada y también podían hacer cosas.
Estos pensamientos le metieron el miedo en el cuerpo pero los olvidó y siguió adentrándose por los pasillos de la Academia St. Francis, donde olía a escayola rancia y se escuchaban las conversaciones apagadas y las músicas que salían de los cuartos de los estudiantes difuminándose a medida que dejaba atrás la zona de viviendas y pasaba por el gimnasio y por los oscuros recovecos del lugar.
Fantasmas…
«¡No! ¡No pienses en eso!», se dijo a sí mismo.
«Piensa en Santana, piensa en salir con tu hermano, piensa en toda la diversión de esta noche.»
«Piensa en los pases de backstage.»
Luego llegó a la puerta de incendios, la que conducía al jardín.
Miró a su alrededor. No había ni rastro de Booty, ni de los otros profesores que de cuando en cuando vagaban por los pasillos como los guardas de las películas sobre prisioneros de guerra.
Jamie Turner, arrodillándose, observó la barra de la puerta con la fijeza con la que un luchador mide a su oponente.
«ATENCIÓN: LA ALARMA SUENA CUANDO SE ABRE LA PUERTA.»
Si no podía desmontar la alarma, si ésta saltaba cuando estaba tratando de abrir la puerta, entonces se encenderían las luces brillantes de los pasillos y la policía y los bomberos estarían allí en cuestión de minutos. Él tendría que volver a su cuarto corriendo y sus planes para la noche quedarían en agua de borrajas. Desenrolló un pequeño pedazo de papel, que contenía un esquema del cableado de la alarma que el jefe de servicios de la compañía proveedora le había amablemente proporcionado (bueno, en realidad al técnico de Oakland).
Encendió una pequeña linterna y estudió el diagrama una vez más. Luego tocó el metal de la barra de la puerta para observar cómo se activaba el artefacto, dónde estaban los tornillos, cómo habían ocultado el suministro de energía. En su ágil mente, lo que vio cuadraba con el esquema que se había agenciado en la red.
Tomó aire.
Pensó en su hermano.
Jamie Turner se colocó bien las gafas para proteger sus valiosos ojos y sacó del bolsillo una funda de plástico que contenía sus herramientas, de la que escogió un destornillador de cabeza Phillips. Se dijo que tenía tiempo por delante. Que no había necesidad de darse prisa.
Listo para el rock and roll…
Capítulo 00010000 / Dieciséis
Frank Bishop aparcó el Ford azul marino de paisano frente a una modesta casa colonial construida en una bellísima parcela: estimó que no serían más de tres mil metros cuadrados, y que en esa zona costaría como un millón de dólares.
Bishop advirtió la presencia de un sedán de color claro en la vía de entrada a la casa.
Caminaron hacia el umbral y llamaron a la puerta. Abrió una apresurada mujer de unos cuarenta años vestida con vaqueros y una blusa de flores algo desteñida. De la casa salía un aroma inconfundible a carne asada y cebollas. Eran las seis de la tarde (la hora de la cena para la familia Bishop) y al detective lo invadió un ataque de hambre. Cayó en la cuenta de que no había comido nada desde la mañana.
– ¿Sí? -preguntó la mujer.
– ¿La señora Cargill?
– La misma. ¿En qué puedo servirles? -dijo ahora con cautela.
– ¿Está su marido en casa? -preguntó Bishop mostrando su placa.