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– ¿Jamie? -preguntó Bishop-. ¿Jamie Turner?

El chico no respondió. Gillette observó que tenía los ojos muy rojos y que la piel que los rodeaba parecía inflamada.

Bishop miró a otro hombre que también se encontraba en la habitación. Era delgado y de unos veintitantos años. Estaba a un lado de Jamie y había posado una mano sobre el hombro del chico. El hombre dijo:

– Sí, éste es Jamie. Yo soy su hermano, Mark Turner.

– Booty ha muerto -susurró un dolorido Jamie que se aplicaba un paño húmedo en los ojos.

– ¿Booty?

Otro hombre (de unos treinta años y que vestía Chinos y una camisa Izod) se identificó como el administrador del colegio.

– Era el mote que el chaval le había colgado -añadió, observando la bolsa donde descansaba el cadáver-: Ya saben, al rector.

Bishop se agachó.

– ¿Cómo te encuentras, joven?

– Lo ha asesinado. Tenía un cuchillo. Lo acuchilló y el señor Boethe no paraba de gritar y de correr de un lado para otro, para escaparse. Yo… -su voz se convirtió en una cascada de sollozos. Su hermano le agarró los hombros con fuerza.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó Bishop a una paramédica, una mujer cuya chaqueta lucía un estetoscopio y unas pinzas hemostáticas.

– Se pondrá bien -dijo ella-. Parece que el asesino le ha rociado los ojos con agua que contenía un poco de Tabasco y amoniaco. Lo justo para que le picara pero no tanto como para causarle daño.

– ¿Por qué? -preguntó Bishop.

– Me ha pillado -respondió ella, encogiéndose de hombros.

Bishop agarró una silla y se sentó.

– Lamento muchísimo lo ocurrido, Jamie. Pero es de vital importancia que nos digas lo que sabes.

Unos minutos después el chico se calmaba y les explicaba que se había escapado del colegio para ir a ver un concierto con su hermano. Pero, nada más salir por la puerta, lo agarró un hombre vestido con un uniforme como el de un operario y le roció esa cosa en los ojos. Le dijo a Jamie que era ácido y que si le conducía hasta el señor Boethe le daría un bote que contenía un antídoto. Pero que, si se negaba, el ácido le comería los ojos.

Le empezaron a temblar las manos y se echó a llorar.

– Ése es su mayor temor -dijo su hermano Mark con indignación-, quedarse ciego. El asesino lo sabía.

Bishop asintió.

– Su objetivo era el rector. Es un internado muy grande: y Phate necesitaba a Jamie para encontrar a su víctima rápidamente.

– Me dolía tanto, de verdad… Yo dije que no le iba a ayudar. No quería, no quería, lo intenté pero no pude evitarlo. Yo… -en ese momento calló.

Gillette sentía que Jamie quería trasmitir algo más pero que no se atrevía a decirlo.

Bishop asió el hombro del chico.

– Has hecho lo correcto. No te preocupes por eso. Has hecho lo que hubiera hecho yo. Dime, Jamie, ¿mandaste algún correo electrónico en el que le dijeras a alguien lo de tus planes para esta noche? Tenemos que saberlo.

El chico tragó saliva y miró al suelo.

– No te va a pasar nada, Jamie. Pierde cuidado. Sólo queremos encontrar a ese tipo.

– Supongo que a mi hermano. Y luego…

– Adelante, sigue.

– Bueno, es que creo que me conecté a la red para encontrar unas claves de acceso y alguna otra cosa. Este tipo lo habrá visto y es así como se metió en el patio.

– ¿Y cómo sabía que tienes miedo a quedarte ciego? -preguntó Bishop-. ¿Pudo leer acerca de eso en la red?

Jamie asintió de nuevo.

– Es como si hubiera forzado a Jamie para que se convirtiera en su propio Trapdoor para conseguir entrar dentro -dijo Gillette.

– Has sido muy valiente, Jamie -afirmó Bishop.

Pero nada de lo que dijeran podía consolar al chico.

Los técnicos médico-forenses se llevaron el cadáver del rector y los policías se reunieron en el pasillo, en compañía de Gillette.

Shelton comentó lo que había averiguado de los técnicos forenses:

– Los de Escena del Crimen están a dos velas. Unas cuantas docenas de huellas obvias, que piensan investigar pero que no nos sirven porque ya sabemos que se trata de Holloway. Sus zapatos no dejan una huella reconocible. Y en el aula debe de haber al menos un millón de fibras: lo bastante como para tener ocupados a los chicos del FBI por todo un año. Vaya, y han encontrado esto.

Dio un pedazo arrugado de papel a Bishop, quien se encogió de hombros y se lo pasó a Gillette. Parecían las notas del chaval, referentes a descifrar contraseñas y a desactivar la alarma de la puerta.

– Nadie sabe con certeza dónde estaba aparcado el Jaguar -les comentó Huerto Ramírez-. Y, en cualquier caso, la lluvia ha borrado las huellas de los neumáticos. Como sucede con las fibras, tenemos un millón de cosas en la carretera para analizar pero ¿quién sabe si fue el asesino quien las dejó allí o no?

– Es un hacker -dijo Nolan-. Eso significa que es un delincuente organizado. No va a andar tirando correos basura por ahí mientras anda al acecho de una nueva víctima.

– Estamos interrogando a la gente -prosiguió Ramírez-. Tim sigue pateando la acera con dos o tres agentes de la Central pero nadie parece haber visto nada.

– Vale, tomad el ordenador del chico y nos largamos -les dijo Bishop a Nolan, Sánchez y Gillette.

– ¿Dónde está? -preguntó Sánchez.

El administrador dijo que los acompañaría hasta el departamento informático del internado. Gillette volvió al aula donde se encontraba Jamie Turner y le preguntó qué ordenador había utilizado.

– El número tres -respondió el chico, y siguió aplicándose el paño húmedo sobre los ojos.

El equipo vagó por el pasillo en penumbra. Mientras caminaban, Linda Sánchez hizo una llamada desde su teléfono móvil. Así supo (según intuyó Gillette de lo que oía) que su hija aún no estaba de parto. Colgó diciendo: «Dios…».

Una vez en la sala de ordenadores del sótano, un sitio gélido y deprimente, Gillette, Nolan y Sánchez se desplazaron hasta la máquina número tres. Sánchez le ofreció un disco de inicio al hacker, pero éste negó con la cabeza.

– Eso no evitará que el demonio Trapdoor se autodestruya. Estoy seguro de que Phate lo ha programado para que se suicide si hacemos algo fuera de lo normal.

– Bueno, ¿qué vas a hacer entonces?

– Darle un poco al teclado como si fuera otro usuario. Quiero experimentar un poco para ver dónde vive el demonio Trapdoor.

– Como un ladrón de cajas fuertes que siente las ruedas antes de probar una combinación -dijo Nolan brindándole una débil sonrisa.

Gillette asintió. Inició la máquina y examinó el menú principal. Cargó unas cuantas funciones: un procesador de textos, una hoja de cálculo, un programa de fax, antivirus, varios programas de almacenamiento en disco, algunos juegos, un par de browsers de Internet…

Mientras tecleaba espiaba la pantalla para ver cómo aparecían en ella las letras luminosas correspondientes a los caracteres que había escrito. Escuchó el rotar del disco duro para comprobar si hacía ruidos que no estuvieran sincronizados con la tarea que debía estar realizando en ese preciso momento.

Patricia Nolan se sentó a su lado y también miraba la pantalla.

– Puedo sentir el demonio -susurró Gillette-, pero hay algo raro: parece como si se estuviera moviendo de un lado a otro. Salta de programa en programa. Cada vez que abro uno se cuela dentro: quizá para saber si lo busco. Y cuando decide que no lo busco se va… Vive dentro, en algún lado. Tiene que tener una casa.

– ¿Dónde? -preguntó Bishop.

– Veamos si puedo encontrarla -Gillette abrió y cerró una docena de programas, y luego otra, mientras tecleaba con furia-. Vale, vale… Este es el directorio más torpe -miró una lista de ficheros y luego dijo con risa floja-: ¿Sabéis dónde se esconde?