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Desamparados, el hacker y el detective estaban de pie en la sala, sin saber qué hacer una vez que se habían metido en aquel berenjenal doméstico.

– Ya lo limpio yo -murmuró la esposa de Shelton.

– No, ya lo…

– Déjame en paz. No te enteras de nada. Nunca lo has hecho. No puedes entenderlo.

Gillette se fijó en el hueco que abría una puerta a medio volver en una habitación más allá del pasillo. Miró con atención. La habitación era oscura y de allí le llegaba un olor lúgubre. Sin embargo, lo que había llamado su atención no era el olor sino lo que había cerca de la puerta. Una caja de metal cuadrada.

– Mira eso.

– ¿Qué es? -preguntó Bishop.

Gillette se agachó y lo examinó. Dejó escapar una carcajada.

– Es una vieja CPU Winchester. Una grande. Ahora nadie las usa pero hace unos años eran lo mejor de lo mejor. La mayor parte de la gente las usaba para mantener tablones de anuncios en las primeras websites. Creía que Bob no sabía nada de ordenadores.

Bishop se encogió de hombros y no pareció pensar más en la caja cuadrada. La respuesta a la pregunta de por qué Bob Shelton tenía un disco de servidor nunca se disipó, pues en ese mismo momento el detective caminó por el pasillo y puso cara de susto cuando advirtió la presencia de Bishop y de Gillette.

– Hemos tocado el timbre -dijo Bishop.

Shelton se quedó helado, como si estuviera planteándose cuánto habían llegado a escuchar los dos intrusos.

– ¿Emma está bien? -preguntó Bishop.

– Sí -respondió con cautela.

– Pues no sonaba muy… -empezó a decir Bishop.

– Tiene gripe -respondió el otro con rapidez. Miró a Gillette con cara de pocos amigos.

– ¿Qué es lo que hace éste aquí?

– Hemos venido a recogerte, Bob. Tenemos una pista sobre Phate en Freemont. Tenemos que darnos prisa.

– ¿Una pista?

Bishop le explicó la operación táctica para atrapar a Phate que se estaba preparando con un asalto al motel Bay View.

– Vale -dijo el policía, después de contemplar a su mujer, que ahora lloraba en silencio-. Salgo en un minuto. ¿Puedes esperar en el coche? -luego miró a Gillette-: No lo quiero en mi casa, ¿está claro?

– Por supuesto, Bob.

Esperó a que Bishop y Gillette salieran por la puerta para volver al dormitorio. Vaciló, como si estuviera reuniendo coraje, y luego entró.

Capítulo 00011001 / Veinticinco

Todo se reduce a esto…

Uno de sus mentores en la policía del Estado había compartido los siguientes conocimientos con un principiante Frank Bishop años atrás, cuando iban camino de patear la puerta de un apartamento en la dársena de Oakland. Dentro había unos cinco o seis kilos de algo de lo que los inquilinos no querían desprenderse y unas cuantas armas automáticas que no tenían problema en utilizar.

– Todo se reduce a esto -había dicho el veterano policía-. Olvídate de los refuerzos, de los helicópteros, de los reporteros, de los de Asuntos Públicos, de los jefazos de Sacramento y de las radios y de los ordenadores. Lo único que cuenta eres tú contra el chico malo. Tiras una puerta abajo, persigues a alguien por un callejón oscuro, avanzas hasta el conductor de un coche y el tipo del volante está mirando al frente, y tal vez se trata de un ciudadano modelo, tal vez sostiene su cartera con la licencia o tal vez se agarra el rabo o empuña una pistola Browning 380 con el seguro quitado. ¿Ves adonde quiero llegar?

Traspasar esa puerta era de lo que se trataba cuando uno es policía.

Frank Bishop pensaba en todo lo que aquel hombre le había dicho años atrás, mientras conducían a toda velocidad por la autovía en dirección Freemont, donde Phate seguía asaltando el ordenador de la UCC.

También pensaba en algo que había descubierto en su visita a San Ho, algo que estaba en el historial de Wyatt Gillette: el artículo que el hacker había escrito, donde denominaba al mundo de los ordenadores como la Estancia Azul. En su opinión, era una expresión que se podía aplicar perfectamente a la policía.

«Azul» por el uniforme.

«Estancia» porque el lugar al que uno se dirigía, derribando puertas o corriendo por callejones oscuros o en el asiento del conductor de un coche aparcado, era algo tan indeterminado que resultaba distinto a cualquier otro lugar de este mundo de Dios.

Todo se reduce a esto…

Bob Shelton, aún taciturno por el incidente de su casa, era quien se encontraba al volante. Gillette estaba sentado en el asiento del copiloto. (Shelton no quería ni oír hablar de un recluso sentado detrás de dos agentes.)

– Phate aún está conectado en el chat, tratando de asaltar los archivos de la UCC -dijo Gillette. El hacker estudiaba la pantalla de un portátil, conectado a la red por medio de un teléfono móvil.

Llegaron al motel Bay View. Bob Shelton frenó con fuerza y se adentraron en un aparcamiento donde un policía uniformado daba instrucciones.

En el aparcamiento había una docena de coches de la policía del Estado y de los patrulleros, y un grupo de policías de uniforme, en ropa de calle y que vestía chalecos antibalas, hacía corro allí mismo. Este aparcamiento era contiguo al motel Bay View pero no se veía desde sus ventanas.

En otro Crown Victoria venían Linda Sánchez y el aspirante a policía TonyMott, parapetado (a pesar de la niebla y del cielo encapotado) tras sus gafas de sol Oakley y vistiendo guantes de tiro de caucho. Frank Bishop se preguntó cómo lograría que Mott no se hiciera daño ni pusiera a nadie en peligro durante la operación.

El elegante Tim Morgan, que hoy vestía un traje con chaleco color verde bosque de corte impecable (de no ser por el chaleco antibalas), advirtió la presencia de Bishop y de Shelton, corrió hacia el coche y se inclinó frente a la ventanilla.

– Hace dos horas -dijo, tras recuperar el resuello-, un tipo que concuerda con la descripción de Holloway se registró con el nombre de Fred Lawson. Pagó en metálico. Rellenó la información sobre su coche en la tarjeta de registro del motel, pero no hay ninguno que coincida. Lo que ha escrito en la tarjeta se lo ha inventado. Está en la habitación dieciocho. Tiene las cortinas corridas pero aún está al teléfono.

– ¿Todavía sigue on-line? -preguntó Bishop a Gillette.

– Sí -respondió el hacker tras haber consultado su portátil.

Bishop, Shelton y Gillette salieron del coche. Se les unieron Sánchez y Mott.

– Al -llamó Bishop a un agente negro muy fuerte. Alonso Johnson era el jefe del equipo de fuerzas especiales de la policía del Estado en San José. A Bishop le gustaba, pues era tan calmado y metódico como peligroso y entusiasta podía ser un policía inexperto como, digamos, Tony Mott-. ¿Cuál es la situación?

El de fuerzas especiales abrió un plano del motel.

– Hemos apostado agentes aquí, aquí y aquí -señaló varios puntos en el plano-. No tenemos mucha libertad de acción. Será la típica detención de motel. Primero aseguramos las habitaciones de los lados y la de arriba. Luego echamos la puerta abajo: tenemos una llave maestra y un cortafríos. Entramos y lo agarramos. Si trata de escapar por el patio se las verá con un segundo equipo esperándolo fuera. Y hemos puesto algunos tiradores, por si está armado.

Bishop alzó la vista y observó que Tony Mott se colocaba un chaleco antibalas y asía un pequeño rifle automático y lo estudiaba con deleite. Con los maillots de ciclista y las gafas de sol parecía un personaje de película de ciencia ficción mala. Bishop lo alejó del grupo y le preguntó, señalando la automática: