Bishop hundió los ojos en el mantel.
– Leí tu expediente.
– ¿Mi expediente? -preguntó Gillette.
– Tu ficha de menores. La que te olvidaste de destruir.
El hacker comenzó a enrollar y desenrollar lentamente su servilleta.
– Creía que ese material estaba sellado.
– Para el público sí. No para la policía.
– ¿Por qué lo hiciste? -preguntó Gillette con tranquilidad.
– Porque te habías escapado de la UCC. Pedí el expediente en cuanto supe que te habías largado pitando. Pensé que así quizá conseguiríamos alguna información que nos ayudara a atraparte -la voz del detective era imperturbable-. El informe de la trabajadora social también estaba incluido. Sobre tu vida familiar.
Gillette no dijo nada durante un buen rato.
«¿Por qué mentiste?», se preguntaba.
Mientes porque puedes hacerlo.
Mientes porque cuando estás en la Estancia Azul puedes inventarte lo que te dé la gana y nadie sabe si es cierto o no. Te dejas caer en un chat y le dices al mundo que vives en una gran casa de Sunnyvale o de Menlo Park o de Walnut Creek, que tu padre es abogado o doctor o piloto, que tu madre es diseñadora o que tiene una floristería y que tu hermano Rick es campeón del Estado de pruebas de camiones. Y puedes seguir y seguir contando cómo tu padre construyó un ordenador Altair uniendo diversos equipos, que tardó seis noches seguidas trabajando en ello cuando llegaba del trabajo y que por eso te enganchaste a los ordenadores.
Era un tipo tan genial…
Puedes decirle al mundo que, aunque tu madre murió de un trágico e inesperado infarto de miocardio, aún sigues muy unido a tu padre. Él viaja por todo el mundo porque es un ingeniero petrolífero, pero en vacaciones siempre vuelve a casa para visitaros a tu hermano y a ti. Y que, cuando está en la ciudad, vas todos los domingos a cenar a su casa con él y su nueva esposa, que es una maravilla, y que a veces él y tú vais a su estudio y escribís algún programa o jugáis un rato en los MUD.
¿Y sabes qué?
El mundo te cree. Porque en la Estancia Azul lo único por lo que la gente te juzga es por el número de bytes que tecleas con dedos entumecidos.
El mundo nunca llega a saber que todo es mentira.
El mundo nunca llega a saber que eres el único hijo de una madre soltera, que trabajaba hasta tarde tres o cuatro noches a la semana y que el resto salía con sus «amigos», que siempre eran de sexo masculino. Y que no murió por tener mal el corazón sino el hígado y el espíritu, pues ambos se desintegraron al mismo tiempo, cuando tú tenías dieciocho años.
El mundo nunca llega a saber que tu padre, un hombre sin trabajo fijo, cumplió con el único potencial para el que parecía destinado cuando os dejó a tu madre y a ti el día que empezabas el tercer curso.
Y que tus casas fueron una serie de búngalos y de trailers en los barrios más pobres de Silicon Valley, o que la única factura que se costeaba era la del teléfono, porque la pagabas tú trabajando como repartidor de periódicos para poder seguir conectado a la única cosa que te libraba de volverte loco de tristeza y de soledad: vagar por la Estancia Azul.
Vale, Bishop, me has pillado. Ni padre ni hermanos: sólo una madre egoísta y adicta. Y yo, Wyatt Gillette, solo en mi cuarto con mis compañeros: mi Trash- 80, mi Apple, mi Kaypro, mi PC, mi Toshiba, mi Sun SPARCstation…
Finalmente, alzó la vista e hizo algo que nunca había hecho anteriormente, ni siquiera con su esposa: le contó su historia a otro ser humano. Frank Bishop permaneció sin moverse, contemplando el rostro afilado y oscuro de Gillette. Cuando el hacker acabó, miró hacia arriba y se encogió de hombros. Bishop dijo:
– Tu infancia es fruto de la ingeniería social.
– Sí.
– Tenía ocho años cuando se fue -dijo Gillette, con las manos en torno a su lata de cola; las puntas callosas de sus dedos golpeaban el metal como si estuviera tecleando palabras: T-E-N-í-A o-C-H-o A-Ñ-o-s C-U-A-N-D-O…-. Habia estado en las fuerzas aéreas, mi padre. Estuvo sirviendo en Travis y cuando le dieron la baja se quedó en la zona. Bueno, de vez en cuando se quedaba en la zona. La mayor parte del tiempo andaba con sus colegas del ejército o… Bueno, puedes imaginarte dónde estaba cuando no venía por las noches. La única vez que tuvimos una charla seria fue el día que se largó. Mi madre había salido, y él vino a mi cuarto y me dijo que tenía que hacer unas compras y que por qué no lo acompañaba. Fui con él. Y eso es algo muy raro pues nunca hicimos nada juntos.
Gillette respiró hondo y trató de calmarse. Sus dedos tecleaban una tormenta silente contra el metal de la lata de soda.
T-R-A-N-Q-U-I-L-I-D-A-D… T-R-A-N-Q-U-I-L-l-D-A-D…
– Vivíamos en Burlingame, cerca del aeropuerto, y mi padre y yo nos metimos en su coche y fuimos hasta el centro comercial. Compró unas cuantas cosas en la droguería y luego me llevó al restaurante que queda cerca de la estación de tren. Cuando llegó la comida, yo estaba demasiado nervioso para comerla. Y, de pronto, deja el tenedor y me mira y me dice que es infeliz con mi madre y que tiene que largarse. Que su tranquilidad está en juego y que tiene que moverse para desarrollarse personalmente.
T-R-A-N-Q-U-I-L-I…
Bishop sacudió la cabeza:
– Te estaba hablando como si tú fueras uno de sus colegas del bar, y no un niño. Y no su propio hijo. Eso es muy malo.
– Me dijo que tomar la decisión le había costado mucho, pero que le parecía lo adecuado y me preguntó si me alegraba por él.
– ¿Te preguntó eso?
Gillette asintió.
– No me acuerdo de lo que dije. Y luego dejamos el restaurante y comenzamos a andar por la calle y debió de observar que yo estaba enfadado porque vio una tienda y me dijo: «Venga, hijo, entra aquí y compra lo que te dé la gana».
– Un premio de consolación.
Gillette se rió y dijo:
– Eso es, exactamente. La tienda era Radio Shack. Así que entré y eché una ojeada. No veía nada, estaba dolido y confuso, tratando de no echarme a llorar. Escogí lo primero que vi: un Trash-80.
– ¿Un qué?
– Un Trash-80. Uno de los primeros ordenadores personales.
L-O Q-U-E T-E D-É L-A G-A-N-A…
– Me lo llevé a casa y esa misma noche empecé a jugar con él. Luego oí que llegaba mi madre y ella y él tuvieron una gran pelea y luego él se largó y eso fue todo.
L-A E-S-T-A-N-C-I-A A-Z…
Gillette sonrió; sus dedos tecleaban.
– ¿Ese artículo que escribí? ¿«La Estancia Azul»?
– Lo recuerdo -dijo Bishop-. Significa el ciberespacio.
– También significa otra cosa -dijo Gillette lentamente.
A-Z-U-L…
– ¿Qué?
– Ya he dicho que mi padre estuvo en las fuerzas aéreas. Y, cuando yo era un crío, él y algunos de sus amigos militares se emborrachaban y cantaban a voz en grito el himno de las fuerzas aéreas, La salvaje distancia azul. Bueno, cuando se fue yo seguí escuchando esa canción en mi cabeza, una y otra vez, sólo que cambié «distancia» por «estancia», La salvaje estancia azul, porque él ya no estaba. Porque lo suyo sólo había sido una estancia pasajera -Gillette tragó saliva con fuerza. Alzó la vista-. Estúpido, ¿no?
Pero Bishop no parecía pensar que hubiera nada estúpido en todo aquello. Con una voz llena de simpatía que lo convertía en un hombre de familia, preguntó:
– ¿Has sabido algo de él? ¿O has oído algo sobre su paradero?
– No. No tengo ni idea -Gillette se rió-: De vez en cuando pienso en rastrearlo.