– Serías bueno encontrando a gente en la red.
Gillette asintió.
– Pero no creo que lo haga.
Movía los dedos con furia. Tenía las puntas tan insensibles por los callos que no podía sentir el frío de la lata de soda mientras tecleaba en el metal.
A-L-L-Á V-A-M-O-S A L-A…
– Pero aún es mejor: aprendí Basic, el lenguaje de programación, cuando tenía nueve o diez años, y me pasaba horas escribiendo programas. Los primeros hacían que el ordenador hablara conmigo. Yo tecleaba «Hola», y el ordenador contestaba: «Hola, Wyatt. ¿Cómo estás?». Y entonces yo tecleaba «Bien», y el ordenador preguntaba: «¿Qué has hecho hoy en el colé?». Intenté que la máquina dijera las cosas que me diría un padre de verdad. Llegaba a casa del colegio -prosiguió el hacker- y me pasaba tardes y noches frente al ordenador. A veces ni iba al colegio. Mi madre tampoco paraba mucho en casa. Ella nunca lo supo.
L-O Q-U-E T-E D-É L-A G-A-N-A…
– En cuanto a esos correos electrónicos que mi padre envió al juez, y esos faxes de mi hermano para que me fuera a vivir con él a Montana, y esos informes de los psicólogos acerca de la provechosa vida familiar que tenía y de que mi padre era el mejor… Yo los escribí, todos ellos.
– Lo siento -dijo Bishop.
– Hey, sobreviví. No tiene importancia.
– Lo más seguro es que sí la tenga -respondió Bishop con suavidad.
Estuvieron en silencio unos minutos. Luego el detective se levantó y empezó a fregar los platos. Gillette le ayudó y charlaron de temas intrascendentes: de la orquídea de Bishop, de la vida en San Ho, cosas así. Bishop terminó su cerveza y miró al hacker con timidez.
– ¿Por qué no la llamas?
– ¿Llamar? ¿A quién?
– A tu esposa. ¿Por qué no?
– Es tarde -replicó Gillette.
– Pues la despiertas. No se va a morir. Ni tampoco parece que tengas nada que perder -dijo Bishop, acercándole el teléfono al hacker.
– ¿Qué debería decir? -levantó el auricular con dudas.
– Ya pensarás en algo -miró las manos del hacker-. Imagínate que estás mecanografiando algo. Perdona: quería decir «tecleando».
– No sé…
– ¿Sabes su número? -preguntó el policía.
Gillette marcó los dígitos de memoria y con rapidez, para no echarse atrás, y mientras tanto pensaba: ¿Qué pasa si responde su hermano? ¿Qué pasa si contesta su madre? ¿Qué pasa si…?».
– ¿Hola?
Se le trabó la garganta.
– ¿Hola? -repitió Elana.
– Soy yo.
Hubo una pausa en la que, indudablemente, ella miró la hora. No obstante, no le hizo ningún comentario sobre lo tarde que llamaba.
¿Por qué no decía nada?
¿Por qué no era él?
– Quería llamarte. ¿Encontraste el módem? Lo dejé en el buzón.
Ella no respondió en ese momento. Y luego dijo:
– Estoy en la cama.
Un pensamiento abrasador: ¿estaba sola en la cama? ¿Estaba con Ed? ¿En la casa de sus padres? Pero dejó a un lado sus celos y preguntó con suavidad:
– ¿Te he despertado?
– ¿Quieres algo, Wyatt?
Miró a Bishop pero el policía no hizo otra cosa que devolverle la mirada levantando una ceja.
– Yo…
– Iba a dormirme ahora.
– ¿Puedo llamarte mañana?
– Preferiría que no llamaras a esta casa. La pasada noche, Christian te vio y no le hizo ninguna gracia.
El hermano, de veintidós años, buen estudiante de marketing y poseedor del temperamento de un pescador griego, ya lo había amenazado con darle una paliza durante el juicio.
– Entonces llámame tú cuando estés sola. Estaré en el número que te di anoche.
Silencio.
– ¿Lo tienes? -preguntó él-. ¿Tienes el número?
– Lo tengo -y luego-: Buenas noches.
El teléfono quedó en silencio y Gillette colgó.
– No es que lo haya manejado muy bien.
– Al menos no te ha colgado nada más oír tu voz. Algo es algo -Bishop puso la botella de cerveza en la bolsa de reciclaje-. Odio trabajar hasta tarde: no puedo cenar sin tomarme mi cerveza, pero luego tengo que levantarme un par de veces para mear. Eso me pasa porque me estoy haciendo viejo. Bueno, mañana tenemos un día muy duro. Vamos a dormir.
– ¿Me vas a esposar a algún sitio? -preguntó Gillette.
– Escaparse dos veces en dos días consecutivos sería un mal hábito, hasta para un hacker. Creo que aprovecharemos la tobillera de detección. La habitación de invitados está ahí. En el baño encontrarás toallas y un cepillo de dientes nuevo.
– Gracias.
– Aquí nos levantamos a las seis y cuarto -el detective desapareció por el pasillo a oscuras.
Gillette escuchó el chirrido de las tablas del suelo y el del agua por las tuberías. Una puerta se cerró.
Y luego se quedó solo, rodeado del silencio que se crea en la casa de otras personas, y sus dedos teclearon una docena de mensajes en una máquina invisible.
Pero su anfitrión no se despertó a las seis y cuarto. Lo hizo un poco después de las cinco.
– Debe de ser Navidad -dijo, encendiendo la lámpara del techo. Vestía un pijama marrón-. Tenemos un regalo.
Gillette, como la mayoría de los hackers, pensaba que uno debía huir del sueño como de la peste, pero esa mañana no tenía un buen despertar. Con los ojos aún cerrados, preguntó:
– ¿Un regalo?
– Triple-X me ha llamado al móvil hace cinco minutos. Tiene la verdadera dirección de e-mail de Phate. Es deathknell@mol. com.
– ¿MOL? Nunca he oído de ningún proveedor de Internet con ese nombre -dijo Gillette, mientras daba vueltas en la cama para escapar del estupor del sueño.
– He llamado a todos los del equipo -continuó Bishop-. Van camino de la oficina.
– ¿Eso significa que nosotros también? -murmuró Gillette, amodorrado.
– Eso significa que nosotros también.
Veinte minutos después estaban duchados y vestidos. Jennie tenía café en la cocina pero se saltaron el desayuno: querían llegar a la UCC tan pronto como les fuera posible. Bishop besó a su mujer. Asió las manos de ella entre las suyas y dijo:
– En cuanto a tu cita… Sólo tienes que decir una palabra y estaré en el hospital en quince minutos.
– Sólo me están haciendo unas pruebas, cariño -dijo ella, besándole la frente-. Nada más.
– No, no, escúchame bien -dijo él con seriedad-. Si me necesitas, allí estaré.
– Si te necesito -concedió ella-. Te prometo que te llamaré si te necesito.
Estaban yendo camino del garaje cuando de pronto sonó un ruido estruendoso que inundó la cocina. Jennie Bishop pasaba la aspiradora, ya arreglada, por la alfombra. La apagó y abrazó a su marido.
– Funciona de maravilla -dijo Jennie-. Gracias, cariño.
Bishop frunció el ceño, desconcertado.
– Yo…
– Esa chapuza ha debido de llevarle media noche -dijo Gillette, interrumpiendo al detective con rapidez.
– Y lo más milagroso de todo -añadió Jennie Bishop, con una sonrisa maliciosa- es que luego ha limpiado.
– Bueno… -empezó a decir Bishop.
– Mejor que nos vayamos -le interrumpió de nuevo Gillette.
Mientras los dos hombres salían afuera, Bishop le susurró al hacker:
– ¿Así que has tardado media noche en arreglarla?
– ¿La aspiradora? -respondió Gillette-. No, sólo diez minutos. Lo habría hecho en cinco pero no encontré ninguna herramienta. Tuve que usar un cuchillo y un cascanueces.
– Creía que no sabías nada sobre aspiradoras -comentó el detective.