Bien, ¿dónde había podido esconderse Shawn?
Lo averiguó un segundo más tarde, cuando se abrió de golpe la puerta de la caravana y la pistola de Shawn encañonó a Bishop en la nuca, antes de que éste pudiera hacer nada.
El detective vio de reojo el rostro del hombre delgado y con bigote mientras la mano de éste saltaba como una serpiente para arrancarle la pistola a Bishop y tirarla lejos.
Bishop pensó en Brandon y luego en Jennie.
Se tensó.
Todo se reduce a esto…
Frank Bishop cerró los ojos.
Capítulo 00011110 / Treinta
La campanilla del ordenador de la UCC era un sonido.wav normal y corriente, pero a todos los del equipo les pareció una potente sirena.
Wyatt Gillette corrió hacia el cubículo.
– ¡Sí! -susurró-. Phate ha visto la fotografía. El virus está en su máquina.
Y luego aparecieron estas palabras en la pantalla:
Config.sys.modified.
– Eso es. Pero no tenemos mucho tiempo: con que compruebe su sistema una sola vez verá que estamos dentro.
Gillette se sentó ante el teclado. Puso las manos sobre él y sintió esa excitación sin parangón que experimentaba cada vez que realizaba un viaje hacia un lugar inexplorado (e ilícito) de la Estancia Azul.
Comenzó a teclear.
– ¡Gillette! -gritó una voz de hombre mientras la puerta principal de la UCC se abría de golpe.
El hacker se volvió y vio a un hombre que se adentraba en el corral de dinosaurios. Gillette tragó saliva. Era Shawn: el hombre que se hacía pasar por Charlie Pittman.
– ¡Dios mío! -dijo Shelton, sobrecogido.
Tony Mott se movió deprisa y trató de empuñar su pistola plateada. Pero Shawn empuñaba un arma y, antes de que Mott la pudiera sacar, el otro ya le estaba apuntando a la cabeza. Mott levantó las manos poco a poco. Shawn hizo una seña a Sánchez y a Miller para que se echaran atrás y siguió avanzando hacia Gillette, apuntándolo con su arma.
El hacker se puso en pie y levantó las manos.
No había ningún lugar al que ir.
Pero ¿qué estaba pasando?
Frank Bishop, con el rostro sombrío, entró por la puerta principal. Lo acompañaban dos tipos altos y trajeados.
¡Así que ése tampoco era Shawn!
El hombre mostró unas credenciales.
– Soy Arthur Backle, trabajo para la División de Investigaciones Criminales del Departamento de Defensa -señaló a sus dos compañeros-. Estos son los agentes Griffin y Cable.
– ¿Eres de la DIC? ¿Qué sucede aquí? -preguntó Shelton.
Backle lo ignoró y se acercó a Wyatt Gillette, quien le dijo a Bishop:
– Nos hemos conectado a la máquina de Phate. Pero sólo tenemos unos minutos. Tengo que hacerlo ya o nos verá.
Bishop iba a responderle cuando Backle dijo a uno de sus compañeros:
– Espósalo.
El fornido agente se acercó a Gillette con las esposas en la mano y se las puso.
– ¡No!
– Me dijiste que eras Pittman -dijo Mott.
– Estaba trabajando de forma encubierta -dijo Backle, encogiéndose de hombros-. Tenía motivos para pensar que no cooperaríais si os decía mi verdadera identidad.
– La puta verdad, no hubiésemos cooperado -dijo Bob Shelton.
– Vamos a escoltarlo hasta el correccional de media seguridad de San José.
– ¡No pueden hacerlo!
– Wyatt, he hablado con el Pentágono -dijo Bishop-. Es cierto -sacudió la cabeza.
– Pero el director aprobó su excarcelación -dijo Mott.
– Dave Chambers ha quedado fuera -le explicó el detective-. Peter Kenyon es el director en funciones de la DIC. Y ha rescindido la orden de excarcelación.
Gillette recordó que Kenyon había sido quien supervisara la creación del programa de codificación Standard 12. El hombre que tenía mayores posibilidades de acabar en entredicho (cuando no en paro) si el programa era pirateado.
– ¿Qué ha pasado con Chambers?
– Improcedencia financiera -dijo el afilado Backle, con remilgos-. Tráfico de influencias con compañías internacionales. Ni lo sé ni me importa. Todo lo que sé es que quien lleva ahora el Departamento es el subsecretario asistente Kenyon -luego Backle le dijo a Gillette-: Tenemos órdenes de revisar todos los ficheros a los que has tenido acceso y comprobar si contienen pruebas relacionadas con su acceso ilegal al software de encriptación del Departamento de Defensa.
– Frank -dijo Mott-, estamos conectados con Phate. ¡Ahora!
Bishop miró la pantalla. Le habló a Backle:
– ¿No nos puedes dar un respiro? Tenemos una oportunidad de saber dónde se esconde el sospechoso. Y Wyatt es el único que nos puede ayudar a hacerlo.
– ¿Y dejar que se conecte a la red? Ni hablar.
– Necesitas una orden si… -comenzó a decir Shelton.
El papel azul apareció de pronto en la mano de uno de los compañeros de Backle. Bishop lo leyó con rapidez y asintió con amargura.
– Pueden llevárselo, y confiscar todos los ordenadores y disquetes que haya estado usando.
Backle echó una ojeada a su alrededor, vio una oficina vacía y ordenó a sus ayudantes que encerraran dentro a Gillette mientras ellos buscaban los ficheros.
– ¡No dejes que lo hagan, Frank! -gritó Gillette-. Estaba a punto de tomar el directorio raíz de su máquina. Y ésta es su verdadera máquina, no una caliente. Podría contener el verdadero nombre de Shawn. ¡Podría contener la dirección de su próxima víctima!
– ¡Cállate, Gillette! -le cortó Backle.
– ¡No! -protestó el hacker intentando desasirse de los agentes que con facilidad lo encerraban en la oficina-. ¡Quitadme las putas manos de encima! Nosotros…
Lo echaron dentro y cerraron la puerta.
– ¿Puedes meterte en la máquina de Phate? -preguntó Bishop a Stephen Miller.
El tipo alto miró con temor la pantalla de la terminal.
– No lo sé. Tal vez. Es que… Si pulso una sola tecla equivocada, Phate sabrá que estamos dentro.
Bishop agonizaba. Su primera gran pista y se la robaban por culpa de estúpidas querellas entre agencias y por burocracia gubernamental. Ésta era su única oportunidad de adentrarse en la mente electrónica del asesino.
– ¿Dónde están los ficheros de Gillette? -preguntó Backle-. ¿Y sus discos?
Nadie le brindó la información que había pedido. El equipo miraba al agente de manera desafiante. Backle se encogió de hombros y dijo con voz repipi:
– Lo confiscaremos todo. No nos importa. Nos lo llevamos y, con suerte, lo veis dentro de seis meses.
Bishop le hizo una seña a Sánchez.
– Esa terminal de allá -murmuró ella, señalándola con el dedo.
Backle y los otros agentes comenzaron a revisar ocho centímetros y medio de disquetes como si pudieran saber su contenido por el color de sus carcasas de plástico, e identificar los datos que contenían con sólo mirarlos.
Mientras Miller acechaba la pantalla, apurado, Bishop se volvió hacia Nolan y Mott.
– ¿Puede cualquiera de vosotros usar el programa de Gillette?
– Sé cómo funciona, en teoría -dijo Nolan-. Pero nunca me he infiltrado en la máquina de nadie con Backdoor-G. Todo lo que he hecho ha sido tratar de encontrar el virus y buscarle un antídoto.
– Puedo decir lo mismo -afirmó Tony Mott-. Y además el programa de Wyatt es un híbrido que él mismo ha escrito. Lo más seguro es que posea líneas de comando únicas.
Bishop tomó una dura decisión: escogió a la civil y le dijo a Patricia Nolan: