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– Hazlo lo mejor que puedas.

Ella se sentó ante la terminal. Se secó las manos en su inflada falda y se retiró el pelo de la cara, mirando la pantalla, tratando de entender los comandos del menú que, para Bishop, resultaban tan incomprensibles como el idioma ruso.

Sonó de nuevo el teléfono del detective. Lo contestó.

– ¿Sí? -escuchó un momento-. Sí, señor. ¿Quién? ¿El agente Backle?

El agente alzó la vista.

Bishop seguía al teléfono.

– Está aquí… Pero… No… No, esta línea no es segura. Le diré que le llame desde una de las líneas fijas de la oficina. Sí, señor. Lo haré ahora mismo -el detective anotó un número y colgó. Levantó una ceja en dirección a Backle-: Era Sacramento. Se supone que debes llamar al secretario de Defensa. Al Pentágono. Quiere que lo llames desde una línea segura. Aquí tienes su número privado.

Uno de sus compañeros miró a Backle con cara de tener dudas. «¿El secretario Metzger?», musitó. El tono reverencial indicaba que era una llamada que no tenía precedentes.

– Puedes usar este mismo -dijo Bishop. Backle sujetó con cuidado el teléfono que Bishop le ofreció.

El agente vaciló y luego marcó los dígitos del número de teléfono. Un instante después su llamada era atendida.

– Le habla el agente Backle, de la DIC, señor. Sí, señor, esta línea es segura… -Backle asentía con fuerza pero inútilmente-. Sí, señor… Eran órdenes de Peter Kenyon. La policía del Estado de California nos lo había arrebatado, señor. La orden de excarcelación estaba a nombre de un Juan Nadie, señor… Sí, señor. Bueno, si eso es lo que desea. Pero usted entiende qué es lo que Gillette ha hecho, señor. Él… -más gestos con la cabeza-. Perdón, no intenté insubordinarme. Me ocuparé de ello, señor.

Colgó y miró a Bishop con enfado. Les dijo a sus compañeros:

– Aquí hay alguien que tiene amigos en las putas altas esferas -señaló la pizarra blanca-. ¿Vuestro sospechoso? ¿Holloway? Uno de los tipos que asesinó en Virginia estaba relacionado con uno de los que financiaron al de la Casa Blanca. Así que Gillette va a estar fuera de la cárcel hasta que le echéis el guante -suspiró con amargura-. ¡Puta política! -miró a sus compañeros-. Vosotros os quedáis a la espera. Volved a la oficina -y a Bishop-: Podéis conservarlo por ahora. Pero voy a hacer de niñera hasta que se acabe el caso.

– Lo entiendo, señor -dijo Bishop, corriendo a la oficina donde los agentes habían arrojado a Gillette y abriendo la puerta.

Sin preguntar siquiera qué había sucedido, Gillette se lanzó a la terminal. Patricia Nolan le cedió la silla con gentileza. Gillette se sentó. Bishop le dijo:

– Aún formas parte del equipo por ahora.

– Eso está bien -dijo el hacker con formalidad, poniéndose al teclado. Pero, sin que Backle pudiera oírlos, Bishop le susurró, riendo:

– ¿Cómo se te ha ocurrido algo así?

Ya que nadie del Pentágono había telefoneado a Bishop, sino el mismísimo Wyatt Gillette. Había llamado al móvil de Bishop desde uno de los teléfonos de la oficina donde le habían encerrado. La conversación real difería un poco de la simulada.

Bishop había preguntado: «¿Sí?».

Gillette: «Frank, soy Wyatt. Estoy en el teléfono de la oficina. Haz como si fuera tu jefe. Dime que Backle está ahí».

«Sí, señor. ¿Quién? ¿El agente Backle?»

«Muy bien», había respondido el hacker.

«Está aquí, señor.»

«Ahora dile que llame al secretario de Defensa. Pero asegúrate de que lo hace desde la línea principal de la oficina de la UCC. Ni desde su móvil ni desde el de nadie. Dile que es una línea segura.»

«Pero…»

Gillette le tranquilizó: «Está bien. Hazlo. Y dale este número». Y procedió a dictarle a Bishop un número de Washington D.C.

«No, esta línea no es segura. Le diré que le llame desde una de las líneas fijas de la oficina. Sí, señor. Lo haré ahora mismo.»

Gillette se lo explicó en un susurro:

– He pirateado el conmutador de la oficina local de Pac Bell con la máquina de ahí dentro y he hecho que me transfirieran todas las llamadas provenientes de la UCC.

– ¿Y de quién era ese número? -preguntó Bishop, a un tiempo confundido y admirado.

– Bueno, el del secretario de Defensa. Su línea era tan fácil de piratear como cualquier otra -Gillette señaló la pantalla, con impaciencia-. No te preocupes. He cancelado el desvío de llamadas.

Empezó a teclear.

* * *

La versión de Gillette del programa Backdoor-G lo dejó justo en medio del ordenador de Phate. Lo primero que vio fue una carpeta llamada «Trapdoor».

Su corazón empezó a latir con furia, y advirtió esa mezcla de agitación y euforia que sentía cuando su curiosidad se apoderaba de él como una droga. Ahí tenía una oportunidad de aprender algo acerca de ese programa milagroso, de su funcionamiento y, quizá, hasta de su código de origen.

Pero tenía un conflicto: si bien podía penetrar en la carpeta «Trapdoor» y estudiar el programa, pues tenía el control del directorio raíz, también sabía que eso lo convertía en susceptible de ser detectado. De la misma forma que Gillette había sido capaz de descubrir a Phate cuando éste se coló en el ordenador de la UCC. Si eso sucedía, Phate apagaría inmediatamente su máquina y crearía un nuevo proveedor de Internet y una nueva dirección electrónica. Y no podría encontrarlo de nuevo, por lo menos no antes de que acabara con su próxima víctima.

No, supo que debía evitar acercarse a Trapdoor (a pesar del empuje de su curiosidad) y buscar claves que pudieran ayudarlos a encontrar a Phate o a Shawn, o indicarles quién sería la próxima víctima.

Sintiéndolo mucho, Gillette se alejó del Trapdoor y comenzó a acechar por el ordenador de Phate, en busca de un botín.

Mucha gente cree que la arquitectura de un ordenador es un edificio perfectamente simétrico y aséptico: proporcional, lógico y organizado. No obstante, Wyatt sabía que el interior de una máquina es algo más orgánico, que es como una cueva o como una criatura viviente: un lugar que cambia cada vez que el usuario añade un nuevo programa, instala nuevo hardware o hace algo tan sencillo como encender o apagar el ordenador. Cada máquina contiene millares de sitios que visitar y una miríada de caminos para acceder a cada destino. Cada máquina es diferente a otra. Examinar un ordenador ajeno era como caminar por la atracción turística local, la Casa del Misterio de Winchester, cerca de Santa Clara: la mansión de cien habitaciones donde había vivido la viuda del inventor del rifle repetidor Winchester. Era un lugar plagado de pasajes ocultos y cámaras secretas (y fantasmas, según la excéntrica señora que lo había habitado).

Los pasajes virtuales del ordenador de Phate lo condujeron finalmente hasta el directorio principal. Gillette vio una carpeta titulada «Correspondencia» y fue a su encuentro como un tiburón.

Abrió la primera subcarpeta «Saliente».

Ésta contenía en su mayor parte correos electrónicos dirigidos a Shawn@mol.com, por Holloway, ya en su faceta de Phate o en la de Deathknell.

– Tenía razón -murmuró Gillette-. Shawn está en el mismo proveedor de Internet que Phate: Monterrey On-Line. Así tampoco hay forma de rastrear su paradero.

Pasó revista de forma arbitraria a algunos correos electrónicos y los leyó. Lo primero que aprendió fue que, entre ellos, sólo usaban los nombres de pantalla: Phate o Deathknell y Shawn. La correspondencia era altamente técnica: arreglos de software, copias de datos de ingeniería y especificaciones descargadas de la red y bases de datos. Era como si estuvieran preocupados porque sus máquinas pudieran ser capturadas, y hubieran decidido no hacer ningún tipo de referencia a sus vidas privadas ni a nada fuera de la Estancia Azul.