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– Déjalo morir -afirmó Phate, mirando al detective-. De la misma manera que tú asesinaste a ése… -señaló el tubo roto-. Bishop es sólo otro personaje… Estamos en el nivel de expertos de este juego, Wyatt. Tiene que haber vencedores y vencidos. Y a él le ha tocado perder.

Phate avanzó hacia delante. Gillette lo apuntó con el arma.

– No lo harás -dijo Phate, sonriendo-. Cualquier persona en sus cabales me mataría ahora mismo. Tú mismo lo estás deseando… Pero te pueden las ganas de comprender Trapdoor.

El asesino siguió avanzando.

A Gillette las manos le temblaban y sudaba copiosamente.

– ¡Alto! -recordó su otro intento de disparar una pistola, el día anterior. El seguro estaba puesto. Ahora movió la palanca hasta la otra posición y volvió a levantar el arma.

Phate alzó aún más la barra de hierro. No dejaba de avanzar, poco a poco.

– Piensa en el código de origen de Trapdoor… ¿Qué lenguaje crees que he usado? ¿Java? ¿C++? Quizá un lenguaje mío. Tío, ahí tienes algo en qué pensar. ¿Puedes creértelo? ¡Un lenguaje de programación totalmente nuevo!… Vale, y ahora voy a salir por esa puerta y tú no vas a detenerme. Y si piensas en dispararme a la pierna, recuerda que a esta distancia y con lo que peso aún puedes matarme: podría sufrir un shock, asepsia, o quizá me desangre.

Gillette se echó hacia delante pero Phate blandió la barra sobre su cabeza y tuvo que apartarse.

«¡Dispara!», se dijo el hacker a sí mismo.

Pero no podía.

Phate, quien seguía mirando a su adversario, llegó a la puerta. Le faltaban unos centímetros para llegar al pasillo y de allí correría hacia la libertad.

– ¡Alto!

Gillette apuntó a Phate en el pecho y, al ver que el otro no se detenía, se dispuso a apretar el gatillo.

– ¡No! -gritó una voz de mujer.

Gillette dio un salto al oírla. Se dio la vuelta para mirar. Phate hizo lo mismo.

Patricia Nolan entró como si nada pasara en la oficina, cargando con su portátil.

¿Cómo diantre había llegado hasta aquí?

¿Y por qué?

Parecía otra. Su pelo, que siempre le colgaba, estaba ahora reunido en una coleta bien anudada, y no llevaba las gafas de diseñador.

– Quiero enseñaros algo -dijo, acercándose a Gillette. Vio a Bishop inconsciente pero no le prestó atención.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? -preguntó Gillette, bajando la pistola.

No contestó, sólo continuó acercándose a Gillette mientras buscaba una cosa en su bolso y la sacaba. Parecía que se trataba de una pequeña linterna. Entonces ella la alzó y tocó el brazo tatuado de él con la punta del artefacto. Él oyó el crujido de la electricidad, vio un rayo de luz amarillenta o gris y sintió cómo un dolor indescriptible le corría desde la mandíbula hasta el pecho. Sin aliento, cayó de rodillas y la pistola rodó por el suelo.

Pensó: «¡Mierda, me he vuelto a equivocar! Stephen Miller no era Shawn».

Intentó volver a empuñar la pistola pero Patricia Nolan le colocó la barra aturdidora en el cuello y volvió a apretar el gatillo.

Capítulo 00101001 / Cuarenta y uno

Wyatt Gillette despertó dolorido y sin poder mover más que la cabeza y los dedos. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente.

Bishop seguía tirado en la oficina. Había dejado de sangrar pero respiraba con dificultad.

El ángulo de visión de Gillette no era muy grande, pero podía ver los viejos componentes de ordenadores que Phate estaba empaquetando cuando él y Bishop entraron. Le sorprendió que hubiera desechado todo eso, pues valía más de un millón de dólares en antigüedades informáticas.

Claro que ya se habrían largado. El almacén quedaba cerca de la entrada de Winchester a la autopista 280. Tal como habían previsto Bishop y él, Shawn y Phate habrían superado el atasco y ahora estarían en la Universidad del Norte de California, asesinando a la última víctima de este nivel de su juego. Ellos…

«Pero, un momento», pensó Gillette a pesar de su dolor: ¿cómo era que él seguía vivo? Ellos no tenían ningún motivo para no asesinarlo. ¿Qué habían…?

Se oyó un grito de hombre cerca de donde se encontraba, desde detrás. Gillette gimió por el sonido lastimoso y movió la cabeza con dificultad.

Patricia Nolan estaba agachada junto a Phate, quien gritaba agonizante mientras se apoyaba contra una columna de metal que ascendía hasta el techo lúgubre. Él tampoco estaba atado (las manos le colgaban a los lados) y Gillette supuso que ella también lo había atacado con su barra aturdidora. No obstante, ella había dejado atrás la alta tecnología de su armamento para hacerse con el martillo con el que Phate había golpeado a Bishop.

– Supongo que sabes que no bromeo -le decía ella al asesino, encarándolo con el martillo como un profesor en clase con un puntero-. No tengo ningún problema en hacerte daño.

Phate asintió. El sudor le chorreaba por la cara.

Ella debió de advertir que Gillette había movido la cabeza. Lo miró, pero no lo consideró ninguna amenaza. Volvió a Phate.

– Quiero el código de origen de Trapdoor. ¿Dónde está?

¡Así que ella tampoco era Shawn! Entonces, ¿quién era?

Nolan repitió la pregunta.

Phate señaló un ordenador portátil que había en una mesa, detrás de ella. Nolan miró la pantalla. El martillo se alzó para caer con fuerza sobre la pierna de él, produciendo un ruido sordo y pesado. Volvió a gritar.

– Tú no llevarías el código de origen en un portátil. Eso no es, ¿verdad? Ese programa denominado «Trapdoor» en esa máquina, ¿qué es en realidad?

Ella se echó hacia atrás alzando el martillo.

– Shredder-4 -susurró él.

Un virus que destruía todos los datos contenidos en el ordenador en que se cargara.

– Eso no ayuda, Jon -ella se inclinó sobre él, con el vestido de punto aún más desfigurado por la postura-. Escucha con atención. Sé que Bishop no llamó pidiendo refuerzos porque andaba con Gillette a la carrera. Y, aunque lo hubiera hecho, nadie vendría porque, gracias a ti, las carreteras están impracticables. Tengo todo el tiempo del mundo para forzarte a que me digas lo que quiero saber. Y, créeme, soy una mujer que puede hacerlo. Tengo experiencia.

– ¿Por qué no te callas? -murmuró él.

Con calma, ella agarró su muñeca y le puso la palma de la mano sobre el cemento. Él trató de ofrecer resistencia pero no pudo. Miró cómo ella había desplegado sus dedos y ahora suspendía la cabeza de acero sobre ellos.

– Quiero el código de origen. Sé que no lo tienes aquí. Que lo has cargado en algún escondrijo: un sitio FTP protegido por una contraseña. ¿Es así?

Un sitio FTP (protocolo de transferencia de ficheros) era el lugar elegido por muchos hackers para esconder sus programas. Podía estar en cualquier sistema informático en cualquier parte del mundo. Si uno no contaba con la dirección exacta del FTP, con el nombre de usuario y con la contraseña, encontrar el fichero en cuestión era tan sencillo como hallar un microfilm del tamaño de un punto en la selva amazónica.

Phate vaciló.

– Mira esos dedos… -dijo ella con suavidad-. Dios mío, ¿qué te has hecho? -le acarició los dígitos romos y nudosos. Un segundo después le susurraba-: ¿Dónde está el código?

Él negó con la cabeza.

El martillo le aplastó el meñique. Gillette ni siquiera oyó el golpe: sólo el grito descarnado de Phate.

– Puedo seguir todo el día -afirmó ella, enfadada-. No me importa y es mi trabajo.

En el rostro de Phate se dibujó de pronto la furia más intensa. Era un hombre que siempre había tenido el control, un maestro de los juegos MUD y ahora se hallaba completamente indefenso.