– ¡Jódete! -se rió, nervioso-. Y hazlo sola, pues nunca encontrarás a nadie que desee joderte. Eres una fracasada. Eres una solterona geek: te espera una vida de mierda.
Sus ojos enfurecidos se relajaron con rapidez. Ella volvió a levantar el martillo.
– ¡No, no! -gritó Phate. Respiró hondo-. Vale… -le dio los números de la dirección de Internet, el nombre de usuario y la contraseña.
Nolan sacó el teléfono móvil y apretó un botón. Dio la impresión de que así marcaba directamente un número concreto. Dio a su interlocutor los detalles necesarios sobre la página web de Phate y luego dijo:
– Te espero. Compruébalo.
Phate respiraba con dificultad, hinchando y deshinchando el pecho. Luego miró a Gillette.
– Aquí estamos, Valleyman, en el tercer acto -se irguió un poco y movió su mano ensangrentada un centímetro. Hizo una mueca de dolor-. El juego no ha acabado saliendo como yo esperaba. Parece que nos espera un final sorpresa.
– Quieto -murmuró Nolan.
Pero Phate no le hizo caso y siguió hablando a Gillette con la voz entrecortada:
– Hay algo que quiero decirte. ¿Me escuchas? «Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo, pues de ello se sigue, como el día a la noche, que no podrás ser falso con nadie.»
Tosió un poco. Y luego:
– Adoro las obras de teatro. Eso es de Hamlet, una de mis favoritas. Recuerda ese verso, Valleyman. Es el consejo de un wizard. «Sé fiel a ti mismo.»
Nolan frunció el ceño mientras escuchaba lo que le decían por el teléfono móvil. Combó los hombros mientras comentaba por el micrófono:
– Espera.
Dejó el teléfono a un lado y volvió a agarrar el martillo mientras miraba a Phate, quien, a pesar de estar sufriendo dolores atroces, reía débilmente.
– Han comprobado la página web que me has dado -dijo ella-, y ha resultado ser una cuenta de correo electrónico. Cuando han abierto los ficheros, el programa de comunicaciones ha enviado algo a una universidad de Asia. ¿Era el Trapdoor?
– No sé lo que era -susurró él, mientras miraba su mano sangrienta y hecha pedazos. Frunció el entrecejo y acto seguido le brindó una sonrisa dura-. Quizás te he dado una dirección equivocada.
– Bueno, pues dame la verdadera.
– ¿Por qué tanta prisa? -preguntó él con crueldad-. ¿Es que tienes una cita importante en casa, con tu gato? ¿Te estás perdiendo un programa de la tele? ¿Habías quedado para tomar una botella de vino… con tu sombra?
La furia la invadió de nuevo y le incrustó el martillo en la mano.
Phate volvió a gritar.
Díselo, pensaba Gillette. Por amor de Dios, díselo ya.
Pero él siguió callado durante cinco interminables minutos de tortura, mientras el martillo subía y bajaba y le crujían los huesos de los dedos. Al final, Phate no pudo aguantarlo más.
– Vale, vale.
Le dio una nueva dirección, un nombre y una contraseña.
Ella sacó un móvil e hizo una llamada. Pasó la información a alguien al otro lado del teléfono. Esperó unos minutos, escuchó y dijo:
– Míralo línea por línea y luego pásale un compilador. Cerciórate de que es real.
Mientras esperaba, ella miró a su alrededor, vio los viejos ordenadores. Sus ojos a veces brillaban por haber reconocido (o por la dicha o el afecto al contemplarlos) los artículos conservados allí.
Cinco minutos más tarde asentía mientras su interlocutor le hablaba de nuevo.
– Bien -dijo, aparentemente satisfecha al oír que todo era cierto-. Ahora vuelve al sitio FTP y toma el directorio raíz. Comprueba las anotaciones de carga y descarga de archivos. Comprueba si ha transferido el programa a otro sitio.
¿Con quién hablaba?, se preguntó Gillette. Revisar y compilar un programa tan complejo como Trapdoor era cuestión de horas; la única solución que se le ocurrió a Gillette es que hubiera un equipo armado con potentes superordenadores ocupados en analizarlo todo.
Más tarde levantó la cabeza y escuchó.
– Vale -dijo ella-. Quema el sitio FTP y todo aquello que tenga conexión con él. Usa Infekt IV… No, quiero decir todo el sistema. Me importa un bledo si está conectado con el CDC o con la Cruz Roja. Quémalo.
Ese virus era como un fuego de malezas incontrolable. Destruiría metódicamente todos y cada uno de los ficheros del sitio FTP donde Phate había guardado el código de acceso, y cada máquina del sistema al que estuviera conectado. Infekt podía convertir los datos de cientos de máquinas en cadenas indescifrables de símbolos escogidos al azar para que resultara imposible encontrar cualquier tipo de referencia a Trapdoor, por no hablar del código de origen.
Phate cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la columna.
Nolan se puso en pie y, aún con el martillo en la mano, fue hacia Gillette. Él rodó hasta quedar de lado y trató de arrastrarse. Pero su cuerpo, aún afectado por la descarga eléctrica, no le respondió y quedó tirado en el suelo. Patricia se inclinó. Gillette miró el martillo. Luego la observó de cerca y comprobó que las raíces de los cabellos de ella no eran del mismo color que los mechones y que también usaba lentillas de colores. Si uno observaba su rostro podía ver unas facciones duras, más allá del espeso maquillaje que hacía que su cara pareciera hinchada. Lo que significaba que quizá también vestía rellenos dentro del vestido para añadir quince kilos más a lo que sin duda era un cuerpo musculoso y delgado.
Luego se fijó en sus manos
Esos dedos… Tenían las yemas brillantes y parecían opacas. Entonces cayó en la cuenta: cuando parecía que ella se estaba aplicando esmalte en las uñas no estaba haciendo otra cosa que pintarse alguna sustancia que borrara sus huellas dactilares.
«Ella también nos ha aplicado la ingeniería social. Desde el primer día.»
– Llevas mucho tiempo tras él -dijo Gillette-, ¿no es cierto?
– Un año -dijo ella, asintiendo-. Desde que oímos hablar de Trapdoor.
– ¿Quiénes sois?
Ella no contestó pero tampoco había necesidad de hacerlo. Gillette sabía que Horizon On-Line la había contratado para encontrarles el código de origen de Trapdoor, el más increíble software para el voyeur, que otorgaba acceso completo a las vidas de quienes no sospechaban nada. Los jefes de Nolan no explotarían el Trapdoor, pero deseaban escribir antídotos para el programa y luego destruirlo o ponerlo en cuarentena. Ese programa era una amenaza inmensa para su industria de un trillón de dólares. Gillette podía imaginarse con facilidad cómo los suscriptores cancelarían sus tratos con los proveedores de Internet si llegaba a sus oídos que los hackers podían pasearse por sus ordenadores con total libertad, conocer cualquier detalle sobre sus vidas o asesinarlos.
En su búsqueda, ella se había servido de Andy Anderson, de Bishop y del resto del equipo de la UCC, así como con anterioridad se habría servido de la policía de Portland y del norte de Virginia, donde Phate y Shawn habían estado de visita.
De la misma manera que se había servido del mismo Gillette.
– ¿Te ha dicho algo acerca del código de origen? -le preguntó ella-. ¿Algún otro sitio donde lo esconde?
– No.
No habría tenido sentido que Phate hubiese hecho eso y, después de meditarlo un segundo, ella pareció creer a Gillette. Luego volvió a levantarse lentamente y miró a Phate. Gillette vio que ella lo observaba de una manera extraña y sintió una punzada de angustia. Al igual que los programadores saben que el software tiene que moverse de principio a fin sin desviarse, sin pérdidas ni digresiones, siguiendo la lógica en cada línea, entonces Gillette comprendió con claridad cuál era el siguiente paso que Patricia iba a dar.
– ¡No lo hagas! -le dijo con premura.
– Tengo que hacerlo.
– No, no tienes por qué. Nunca volverá a andar en público. Estará en la cárcel hasta el fin de sus días.
– ¿Crees que la cárcel podría mantenerlo fuera de la red? A ti no te frenó.
– ¡No puedes hacerlo!
– El Trapdoor es demasiado peligroso -le explicó ella-. Y él tiene el código en su cabeza. Y, lo más seguro, también tiene otra docena de programas igual de peligrosos.
– No -susurró Gillette, desesperado-. Jamás ha habido un hacker tan bueno como él. Puede que nunca lo haya. Puede escribir programas que muchos de nosotros ni siquiera soñamos.
Ella volvió donde estaba Phate.
– ¡No! -gritó Gillette.
Pero sabía que su protesta no serviría de nada.
Ella extrajo un pequeño neceser de piel de la bolsa de su portátil, y de él una aguja hipodérmica que llenó con el líquido trasparente de un botecillo. Sin vacilar, se agachó y se lo inyectó a Phate en el cuello. Él no se resistió y a Gillette le dio la impresión por un instante de que Phate sabía qué sucedía y se disponía a abrazar la muerte. Phate miró a Gillette y luego a la carcasa de madera de un ordenador Apple, dispuesto sobre una mesa cercana. Los primeros Apple eran verdaderos ordenadores hacker: uno compraba las tripas de la máquina y tenía que construirse la carcasa. Phate continuó mirando la unidad, y mientras parecía que iba a decir algo. Miró a Gillette.
– ¿Quién…? -comenzó a decir pero sus palabras se tornaron en un susurro.
Gillette movió la cabeza.
Phate tosió y luego dijo con voz endeble:
– ¿Quién… quieres ser? -y luego se le cayó la cabeza y dejó de respirar.
Gillette no pudo evitar sufrir un sentimiento de pérdida y de tristeza. Claro que Jon Patrick Holloway merecía su muerte. Era malvado y asesinaba a otro ser humano con la facilidad con que arrancaba el corazón a un luchador digital en un juego MUD. Pero aun así había otra persona dentro del mismo joven: alguien que escribía programas tan elegantes como una sinfonía, en cuyos golpes de tecla se podía escuchar la risa silenciosa de los hackers y podía vislumbrarse la brillantez de una mente sin ataduras que (de haber ido en otra dirección en los últimos años) habría convertido a Jon Holloway en un gurú cibernético admirado por todo el mundo.
También había sido alguien con quien Gillette había realizado algunos pirateos en verdad fuera de serie. Y uno nunca pierde del todo los vínculos que se crean entre los compañeros exploradores de la Estancia Azul.
Entonces Patricia Nolan se levantó y miró a Gillette.
«Estoy muerto», pensó.
Ella volvió a llenar la jeringuilla, suspirando. Al menos, este asesinato iba a costarle un poco.
– No -susurró él, moviendo la cabeza-. No diré nada.
Él trató de levantarse o de arrastrarse para huir de ella, pero sus músculos aún estaban atolondrados por la descarga eléctrica. Ella se puso en cuclillas a su lado, le bajó la ropa y le dio un masaje en el cuello para buscarle la arteria.
Gillette miró en la dirección en donde yacía Bishop, que todavía seguía inconsciente. Le apenó pensar que, tras él, la próxima víctima iba a ser el detective.
Nolan se aproximó con la aguja.
– No -susurró Gillette. Cerró los ojos y pensó en Ellie-. ¡No! ¡No lo hagas!
– ¡Eh! ¡Quietos! -gritó una voz de hombre.
En cuestión de un solo segundo Patricia Nolan había dejado caer la jeringuilla y sacado una pistola de la bolsa de su portátil.
Antes de que pudiera levantarla sonó una potente explosión. Nolan soltó un breve chillido y se tiró al suelo antes de que una bala pasara por encima de su cabeza. Tony Mott (con medio cuerpo dentro de la oficina y el otro medio en el pasillo) volvió a disparar su pistola plateada. Volvió a fallar pero esta vez el tiro anduvo mucho menos errado.
Nolan se levantó de pronto y disparó su pistola (mucho menor que la de Mott) y también falló.
– ¡Gillette! -gritó él-. Ponte a cubierto. ¿Dónde está Frank?
– Herido pero vivo -gritó el hacker-. En la oficina que queda a tu izquierda.
El policía de la UCC, que vestía maillot de ciclista, una camisa Guess y las gafas de sol Oakley que le colgaban del cuello, avanzó a gatas por el almacén. Volvió a disparar, haciendo que Nolan tuviera que resguardarse. Ella también disparó varias veces pero no dio en el blanco.
– ¿Qué demonios pasa? ¿Qué está haciendo ella?
– Mató a Holloway. Y yo era el siguiente.
Nolan volvió a disparar y luego se encaminó hacia la parte delantera del almacén.
Mott agarró a Gillette por las trabillas del pantalón y lo arrastró hasta que quedó a cubierto, y luego vació un cargador en la dirección donde se encontraba Nolan.
El policía amaba los equipos SWAT pero era un tirador muy malo. Mientras recargaba la pistola, Nolan desapareció tras unos cartones.
– ¿Te ha dado? -preguntó Mott, sin resuello y con las manos temblando por el tiroteo.
– No, a mí me atacó con un arma de descargas eléctricas o algo así. No me puedo mover.
– ¿Y Frank?
– No le ha disparado. Pero tenemos que conseguirle un médico. ¿Cómo supiste que estábamos aquí?
– Frank llamó y me pidió que comprobara los informes sobre este sitio.
Gillette recordó que Bishop había hecho una llamada desde la habitación de hotel de Nolan.
Mientras comprobaba el almacén en busca de Nolan, el joven policía continuó hablando:
– Ese cabrón de Backle había pinchado el teléfono de Bishop. Oyó la dirección y mandó a su gente para que te atraparan aquí. Y yo vine para avisarte. No podía llamar por los pinchazos telefónicos.
– ¿Cómo lo has conseguido con semejante tráfico?
– En bici, ¿recuerdas?
Mott se acercó agachado hasta Bishop, que comenzaba a agitarse. Y luego Nolan se levantó y disparó media docena de tiros desde el corral de dinosaurios. Y escapó por la puerta principal.
Mott se dispuso a seguirla.
– Ten cuidado -le advirtió Gillette-. Tampoco puede moverse a causa del tráfico. Estará fuera, esperando…
Pero su voz fue haciéndose más y más tenue a medida que oía un sonido inconfundible que se acercaba. Se dio cuenta de que, al igual que los hackers, la gente que tenía trabajos como el de Patricia se veía forzada a improvisar: un atasco del tamaño de un condado no iba a obstaculizar sus planes. El ruido era el bramido de un helicóptero, sin duda alguna el que había visto antes camuflado como un helicóptero de la prensa, que también la había traído hasta aquí.
En menos de treinta segundos el aparato volvía a estar en el aire, a máxima potencia, y una orquesta sinfónica de bocinas de coches y de camiones reemplazaba el rechoncho rugido de sus rotores en el cielo de esa tarde.