Nadie se sorprendió cuando Horizon On-Line declaró no saber quién era Patricia Nolan. Los ejecutivos de la empresa y su jefe de seguridad en Seattle negaron haber contactado con el centro de operaciones de la policía estatal después del asesinato de Lara Gibson (no sabían que fuera subscriptora de HOL) y nadie le había enviado a Andy Anderson correos electrónicos ni faxes que contuvieran credenciales. El número de Horizon On-Line al que había llamado Anderson para verificar el cargo de Nolan estaba en activo, pero un examen del conmutador de la compañía telefónica local en Seattle había demostrado que las llamadas eran transferidas a un móvil de Mobile America sin números asignados y que ya no estaba en funcionamiento.
La gente de seguridad de Horizon tampoco conocía a nadie que cuadrara con su descripción física. La dirección que ella había escrito para registrarse en su hotel era falsa, así como lo era la tarjeta de crédito que había usado para abonar los gastos. Todas las llamadas que había hecho desde el hotel eran al mismo número de Mobile America.
Por supuesto, nadie en la UCC creyó lo afirmado por Horizon. Pero tratar de demostrar una conexión entre HOL y Patricia Nolan iba a resultar muy difíciclass="underline" por lo menos tanto como localizarla a ella. De la cinta de seguridad de la UCC se sacó una foto de la mujer que fue enviada a las centrales de las policías estatales y a los federales, para que la colgaran en el VICAP. En cualquier caso, Bis-hop tuvo que incluir una nota de retractación pues, a pesar de que ella había pasado varios días dentro de las instalaciones de la policía, no sólo no tenían ninguna muestra de sus huellas dactilares sino que se sospechaba que su aspecto físico podía diferir considerablemente del que mostraban las cámaras de seguridad de la UCC.
Al menos se había descubierto el paradero del otro conspirador. El cadáver de Shawn (Stephen Miller) fue localizado en el bosque que había detrás de su casa: se había disparado con su propia arma reglamentaria cuando supo que se tenía conocimiento de que él era en realidad Shawn. Su arrepentida nota de suicidio había sido, cómo no, en forma de correo electrónico.
Los agentes de la UCC Linda Sánchez y Tony Mott estaban tratando de descubrir las ramificaciones de la traición de Miller. La policía estatal tendría que escribir un comunicado en el que se informara de que uno de sus oficiales había sido cómplice en el caso del hacker asesino de Silicon Valley y los de asuntos internos querían conocer hasta dónde llegaban los daños causados por Miller y cómo y por cuánto tiempo éste había sido el compañero y el amante de Phate.
El agente Backle, del Departamento de Defensa, aún quería procesar a Gillette por una larga lista de delitos que incluían el programa de codificación Standard 12, y ahora también deseaba arrestar a Bishop por permitir la excarcelación de un prisionero federal.
Haciendo una referencia a los cargos por el pirateo del Standard 12, Bishop le explicó a su capitán lo siguiente:
– Señor, está claro que, o bien Gillette tomó el directorio raíz de uno de los sitios FTP de Holloway, o bien descargó una copia del programa o bien usó telnet directamente para meterse en la máquina de Holloway y consiguió allí la copia.
– ¿Qué demonios significa todo eso? -protestó el policía con el pelo cano y rapado.
– Perdone, señor -se excusó Bishop por el vocabulario técnico-. Lo que quiero decir es que creo que fue Holloway quien pirateó el DdD y quien escribió el programa. Y Gillette se lo robó e hizo uso de él porque nosotros se lo pedimos.
– Así que crees que… Bueno, lo cierto es que no entiendo nada de toda esta basura sobre ordenadores que nos rodea -murmuró el hombre. Pero llamó al fiscal general, quien estuvo de acuerdo en repasar todas las pruebas que la UCC pudiera enviarle en defensa de la tesis de Bishop antes de imputar cargos tanto a Gillette como a Bishop (pues los «valores» de ambos se cotizaban muy bien en ese momento por haber sido capaces de atrapar al «Kracker de Silicon Valley», tal como denominaba a Phate una televisión local). De mala gana, Backle tuvo que volverse a su oficina en el presidio de San Francisco.
En esos momentos, a pesar de las heridas y del cansancio, la atención de los defensores de la ley dejó de lado a Phate y a Stephen Miller y se volcó en el caso MARINKILL. Varios informes rezaban que se había vuelto a ver a los asesinos (esta vez muy cerca, en San José) y que éstos estaban rondando varias sucursales bancarias. Bishop y Shelton fueron asignados al equipo formado por un conjunto de miembros de la policía estatal y del FBI. Pasarían unas horas con sus respectivas familias y luego tendrían que presentarse en las oficinas del FBI en San Francisco.
Bob Shelton se había ido a casa (la única despedida que le brindó al hacker fue una mirada críptica cuyo significado fue enteramente inaccesible para Gillette). En cambio, Bishop había aplazado su vuelta a casa y se encontraba compartiendo Pop-Tarts y café con Gillette mientras esperaban la llegada de los patrulleros que devolverían al hacker a San Ho. Sonó el teléfono. Contestó Bishop. «Es para ti.»
– ¿Diga?
– Wyatt.
La voz de Elana le era tan familiar que él podía casi escucharla bajo su forma de teclear compulsiva. El timbre de esa voz revelaba todo el espectro de su alma (todos los canales) y con una sola palabra él ya sabía si ella estaba juguetona, enfadada, asustada, sentimental, apasionada…
Hoy, por ese mismo tono de su voz, él supo que ella llamaba de mala gana, que tenía las defensas tan altas como las corazas protectoras de las naves espaciales en las películas que habían visto juntos.
Pero, por otra parte, lo había llamado.
– He oído que ha muerto -dijo ella-. Jon Hollo-way. Lo escuché en las noticias.
– Así es.
– ¿Estás bien?
– Sí.
Una larga pausa. Como si ella estuviera buscando algo que acabara con el silencio, añadió:
– En cualquier caso me voy a Nueva York. Salgo mañana.
– Con Ed.
– Sí.
Él cerró los ojos y suspiró. Y luego, con un hilo de voz, preguntó:
– Entonces, ¿por qué has llamado?
– Supongo que para decirte que si te quieres pasar por aquí un rato, puedes hacerlo.
Pensó: «¿Para qué molestarse? ¿De qué serviría?».
– Voy para allá -respondió él.
Colgaron. Él se volvió hacia Bishop, quien lo miraba.
– Una hora -dijo Gillette.
– No te puedo llevar -señaló el detective.
– Déjame tomar prestado un coche.
El detective se lo pensó, miraba a todos los lados, pensando dentro del corral de dinosaurios.
– ¿Hay algún coche de la Unidad que pueda utilizar? -preguntó a Linda Sánchez.
– Estas no son las normas, jefe -dijo elk, y le dio unas llaves de mala gana.
– Me responsabilizo de todo.
Bishop lanzó las llaves a Gillette y sacó el móvil para llamar a los patrulleros que tenían que llevarlo a San Ho. Les dio la dirección de Elana y dijo que daba el visto bueno a la presencia de Gillette allí. El recluso volvería a la UCC en una hora. Colgó.
– Volveré.
– Sé que lo harás.
Los hombres se miraron. Se dieron un apretón de manos. Gillette asintió y fue hacia la salida.
– Espera -dijo Bishop, frunciendo el ceño-. ¿Tienes permiso de conducir?
Gillette se rió.
– No, no tengo permiso de conducir.
– Bueno, pues procura que no te paren -replicó Bishop encogiéndose de hombros.
El hacker asintió y comentó con gravedad:
– Claro. Me podrían mandar a la cárcel.