Выбрать главу
* * *

La casa olía a limones, siempre lo había hecho.

Esto se debía a las duchas artes culinarias de la madre de Ellie, Irene Papándolos. No era la típica matrona griega callada, recelosa y vestida de negro: no, era una hábil mujer de negocios que tenía dos restaurantes de mucho éxito y una empresa de catering y que, para colmo, todos los días sacaba tiempo para cocinar de la nada cada comida de su familia. Era la hora de la cena y ella llevaba un delantal plastificado sobre el traje de color rosa.

Saludó a Gillette con un gesto frío, sin sonreír, y le indicó que pasara al estudio.

Gillette se sentó en un sofá, bajo una foto del puerto del Pireo. Siendo como es la familia algo muy importante en las casas griegas, había dos mesas llenas de fotografías con gran diversidad de marcos: algunos muy baratos y otros de pesado oro o de plata. Vio una foto de Elana vestida de novia. La instantánea no le sonaba, y se preguntó si en un principio los habría albergado a los dos y luego a él lo habían quitado de en medio.

Elana entró en la habitación.

– ¿Has venido solo? -le preguntó, sin sonreír. Sin ningún otro tipo de saludo.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Sin niñeras policiales?

– Sistema de honor.

– He visto pasar un par de coches patrulla. Me preguntaba si estaban contigo -ella señaló fuera.

– No -respondió Gillette, aunque supuso que los patrulleros lo estarían vigilando.

Ella vestía vaqueros y una camiseta de Stanford.

– No tengo mucho tiempo.

– ¿Cuándo te vas?

– Mañana por la mañana -respondió ella.

– No te diré adiós -dijo él. Ella frunció el ceño y él prosiguió-: Porque quiero convencerte de que no te vayas. No quiero dejar de verte.

– ¿De verme? Gillette: estás en la cárcel.

– Pero salgo en un año.

A ella su descaro le hizo reír.

– Quiero intentarlo de nuevo -confesó él.

– Quieres intentarlo de nuevo, ¿eh? ¿Y qué pasa con lo que yo quiero?

– Creo que sé cómo convencerte. Le he estado dando muchas vueltas. Puedo hacer que me ames de nuevo. No te quiero fuera de mi vida.

– Elegiste a las máquinas en vez de elegirme a mí. Tienes lo que querías.

– Pero eso ya ha pasado.

– Ahora mi vida es distinta. Soy feliz.

– ¿Lo eres?

– Sí -dijo Elana con convicción.

– Por Ed.

– En parte… Venga, Wyatt, ¿qué puedes ofrecerme? Eres un convicto. Y un adicto a esas malditas máquinas. No tienes trabajo y el juez dijo que al salir tendrías que esperar un año para conectarte a la red.

– ¿Y Ed tiene un buen trabajo? Es eso, ¿no? No sabía que contar con un buen sueldo fuera una de tus preferencias.

– No es una cuestión de manutención, Gillette, sino de responsabilidad. Y tú no eres responsable.

– Yo no era responsable. Lo admito. Pero lo seré -intentó asir su mano pero ella la retiró. Él dijo-: Venga, Ellie, vi tus e-mails. Cuando hablas de Ed no parece que ése sea el marido perfecto.

Ella se puso rígida y él percibió que acababa de tocar un punto sensible.

– Deja fuera a Ed. Estoy hablando de ti y de mí.

– Y yo también. De eso es de lo que hablo. Te quiero. Sé que hice de tu vida un infierno. No volverá a suceder. Tú querías hijos, una vida normal. Saldré de la cárcel. Conseguiré un trabajo. Tendremos una familia.

Otra expresión de incredulidad.

– ¿Por qué te tienes que ir mañana? -volvió él a la carga-. ¿A qué tanta prisa?

– Empiezo en mi nuevo trabajo el próximo lunes.

– ¿Por qué a Nueva York?

– Porque es el punto más alejado de donde estás.

– Espera un mes. Sólo un mes. Tengo derecho a dos visitas a la semana. Ven a verme -sonrió-. Podemos pasar el rato. Podemos comer pizza.

Ella miraba al suelo y él se dio cuenta de que se lo estaba pensando.

– ¿Me cortó tu madre de esa foto? -dijo, señalando la foto en la que estaba vestida de novia.

– No -dijo ella con una sonrisa apagada-. Ésta es la que sacó Alexis, la del césped. Estaba sólo yo. Es ésa en la que no se me pueden ver los pies.

Él se rió.

– ¿Cuántas novias pierden los zapatos en su boda?

– Siempre nos hemos preguntado qué pasaría con ellos -dijo ella, asintiendo.

– Ellie, por favor. Posponlo un mes. Es todo lo que te pido.

Ella miró más fotos. Iba a decir algo pero su madre apareció por la puerta de improviso. Su cara estaba aún más sombría si cabe.

– Tienes una llamada.

– ¿Para mí? ¿Aquí?

– Es alguien llamado Bishop. Dice que es importante.

– Frank, ¿qué…?

– Escúchame con calma, Gillette -dijo el detective con un tono de urgencia extrema-. Podemos perder la comunicación en cualquier momento. Shawn no ha muerto.

– ¿Qué? Pero Miller…

– No, nos equivocamos. Miller no era Shawn. Es otra persona. Linda Sánchez encontró un mensaje de voz para mí en el contestador general de la UCC. Miller lo dejó antes de morir. ¿Recuerdas cuando Phate entró en la UCC y te atacó?

– Miller salía del centro médico. Estaba en el aparcamiento cuando vio que Phate salía corriendo del edificio y se metía al coche. Lo siguió.

– ¿Por qué?

– Para atraparlo.

– ¿Él solo? -preguntó Gillette.

– El mensaje decía que quería detener al asesino él solo. Decía que la había cagado tantas veces que deseaba probar que podía hacer las cosas bien.

– ¿No se suicidó, entonces?

– No. Aún no le han practicado la autopsia pero el investigador de muertes violentas ha estado buscando huellas de pólvora en sus manos, y no había ni una sola. Si se hubiera suicidado de un disparo habría muchas. Seguro que Phate lo vio ir en su busca y lo mató. Y luego se hizo pasar por Miller y se metió en el Departamento de Estado. Pirateó la terminal de Miller en la UCC y colocó esos falsos correos electrónicos y sacó sus máquinas y sus discos fuera de su casa. Todo para que le perdiéramos la pista al verdadero Shawn.

– Bueno, ¿y quién es él?

– No tengo ni idea. Todo lo que sé es que tenemos un grave problema. Tony Mott está aquí. Shawn ha pirateado los ordenadores del sistema táctico del FBI en Washington y en San José y ha tomado el directorio raíz -Bishop continuó hablando en voz baja-: Quiero que me escuches con atención. Shawn ha creado órdenes de arresto y protocolos de confrontación en relación con los sospechosos del caso MARINKILL. Los tenemos enfrente, en la pantalla. Ahora está conectado con Mark Little, comandante de los equipos de operaciones especiales del FBI, y le está dando instrucciones.

– No entiendo -dijo Gillette.

– Las órdenes de arresto dicen que los sospechosos se encuentran en el 3245 de la avenida Ábrego en Sunnyvale.

– ¡Es aquí! ¡Es la casa de Elana!

– Lo sé. Ha ordenado a los equipos de operaciones especiales que asalten la casa en veinte minutos.

– Dios mío, Frank…

¿A qué tendría acceso Phate, de estar en ISLEnet?

A todo. Tendría acceso a todo.

Sexta PARTE . Todo reside en la ortografía

CODE SEGMENT

ASSUME OS: CODE,SS: CODE.CS: CODE.ES: CODE

ORG $+O1OOH

VCODE: JMP

* * *

virus: PUSH CX

MOV DX, OFFSET vir_dat

CLD

MOV SI.DX