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Curiosamente, a pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos los dos últimos años, ella sabía muy poco de él, aunque nunca le había ocultado que había estado antes con muchas mujeres. Él solía decirle que era porque la buscaba a ella desesperadamente. A las otras las iba desechando en cuanto se daba cuenta de que no eran ella y continuó su búsqueda sin descanso hasta que un día de otoño de hacía dos años se conocieron en el bar del Gran Hotel Europa, en Václavské Náměstí.

Era la forma más fina de promiscuidad que ella había oído jamás.

Más fina que la suya, en cualquier caso, que sólo estaba allí por dinero.

– ¿Y qué haces en Oslo?

– Negocios -dijo él.

– ¿Por qué nunca quieres contarme lo que haces exactamente?

– Porque nos queremos.

Cerró la puerta silenciosamente tras de sí. Ella oyó sus pasos en la escalera.

Sola otra vez. Cerró los ojos con la esperanza de que el olor de él permaneciera en las sábanas hasta su vuelta. Se llevó la mano al collar. No se lo había quitado ni una sola vez desde que se lo regaló, ni siquiera cuando se bañaba. Pasó los dedos por el colgante y pensó en su maleta. En el alzacuello blanco y almidonado que había visto al lado de los calcetines. ¿Por qué no se lo comentó? A lo mejor porque tenía la sensación de que ya preguntaba demasiado. No debía contrariarlo.

Suspiró, miró el reloj y volvió a cerrar los ojos. Tenía ante sí un día vacío. Una cita con el médico a las dos, eso era todo. Empezó a contar los segundos mientras sus dedos acariciaban el colgante sin cesar, un diamante rojizo en forma de estrella de cinco puntas.

El periódico VG traía en portada la noticia de que una celebridad de la radio nacional noruega cuyo nombre no se revelaba había mantenido una relación «breve pero intensa» con Camilla Loen. Habían conseguido una foto granulada de unas vacaciones en la que se veía a Camilla Loen en biquini, al parecer para subrayar las insinuaciones del texto sobre el ingrediente principal de la relación.

El mismo día, el periódico Dagbladet publicaba una entrevista con Toya Harang, la hermana de Lisbeth Barli, que, bajo el titular «Siempre se fugaba», declaraba que el comportamiento de su hermana cuando era pequeña podía ser una posible explicación de su extraña desaparición: «Se fugó de Spinnin' Wheels, así que, ¿por qué no ahora?», decía Toya Harang.

Le habían sacado una foto posando delante del autobús de la banda con un sombrero de vaquero. Sonreía. Harry supuso que no había tenido tiempo de reflexionar antes de que sacasen la foto.

– Una cerveza.

Se sentó en el taburete del Underwater y echó mano de un ejemplar del VG. El periódico decía que las entradas para el concierto de Springsteen en Valle Hovin estaban agotadas. Pues muy bien. En primer lugar, Harry odiaba los conciertos que se celebraban en estadios, y en segundo lugar, él y Øystein hicieron autostop hasta Drammenshallen cuando tenían quince años para acudir al concierto de Springsteen con entradas falsas fabricadas por Øystein. Entonces estaban en la cima, tanto Springsteen como Øystein y él mismo.

Harry apartó el periódico y desplegó su propio Dagbladet con la foto de la hermana de Lisbeth. El parecido de las hermanas era obvio. Harry la llamó a Trondheim para hablar con ella, pero la joven no tenía nada que contarle. O mejor dicho, nada interesante. El hecho de que la conversación hubiese durado veinte minutos a pesar de todo no fue culpa de Harry. La joven le explicó que su nombre se pronunciaba con acento en la a, «Toyá». Y que no le habían dado ese nombre por la hermana de Michael Jackson, que se llamaba LaToya, con acento en la o.

Habían pasado cuatro días desde que Lisbeth desapareció. El caso estaba, en pocas palabras, en punto muerto.

Y otro tanto ocurría con el caso de Camilla Loen.

Incluso Beate se sentía frustrada. Se había pasado todo el fin de semana ayudando a los pocos investigadores operativos que no estaban de vacaciones. Era buena chica, Beate. Una pena que esas cosas no se apreciaran.

Camilla Loen era una persona sociable, de modo que pudieron determinar la mayoría de sus movimientos de la semana anterior al asesinato, pero aquellos datos no les condujeron a pistas concretas.

Harry había pensado comentarle a Beate que Waaler se había pasado por su despacho para sugerirle más o menos abiertamente que le vendiese su alma. Pero por alguna razón, no lo hizo. Además, ella ya tenía bastante en lo que pensar. Contárselo a Møller sólo le acarrearía problemas, así que lo descartó de inmediato.

Harry iba ya por la mitad de su segunda pinta de cerveza cuando la vio. Estaba sola, sentada en la penumbra, en una mesa pegada a la pared. Lo miró directamente con una leve sonrisa. Delante de ella, sobre la mesa, había un vaso de cerveza, y entre el índice y el corazón derechos, un cigarrillo.

Harry cogió el vaso y se fue a su mesa.

– ¿Puedo acompañarte?

Vibeke Knutsen señaló la silla vacía con un gesto de la cabeza.

– ¿Qué haces aquí?

– Vivo cerca -dijo Harry.

– Ya me había dado cuenta, pero no te había visto antes por aquí.

– No. El sitio donde suelo ir y yo tenemos opiniones divergentes sobre un incidente ocurrido la semana pasada.

– ¿Te han prohibido la entrada? -preguntó ella con una risa ronca.

A Harry le gustó aquella risa. Y Vibeke Knutsen le parecía guapa. A lo mejor era el maquillaje. Y la penumbra. ¿Y qué? Le gustaban sus ojos, vivos y juguetones. Infantiles y sabios. Como los de Rakel. Pero allí acababa el parecido. Rakel tenía la boca fina y sensual, la de Vibeke era grande y, pintada de rojo intenso, lo parecía aún más. Rakel se vestía con una elegancia discreta y era delgada, casi como una bailarina, sin curvas exuberantes. El top que llevaba Vibeke aquel día tenía rayas de tigre, aunque resultaba igual de llamativo que el leopardo y la cebra. En Rakel, casi todo era oscuro. Los ojos, el pelo, la piel. Nunca había visto una piel resplandecer como la suya. Vibeke era pelirroja y pálida y sus largas piernas, que había cruzado bajo la mesa, lucían blancas en la penumbra.

– ¿Y qué haces aquí tan sola? -preguntó Harry.

Ella se encogió de hombros y tomó un trago de cerveza.

– Anders está de viaje y no vuelve hasta esta noche, así que me estoy divirtiendo un poco.

– ¿Se fue lejos?

– A algún lugar de Europa, ya sabes. Nunca me cuenta nada.

– ¿A qué se dedica?

– Vende mobiliario y elementos de decoración para iglesias. Retablos, púlpitos, crucifijos y esas cosas. Usados y nuevos.

– Ya. ¿Y eso lo hace en Europa?

– El púlpito nuevo de una iglesia de Suiza puede haberse fabricado en Alesund. Y los púlpitos usados, por ejemplo, se restauran en Estocolmo o en Narvik. Viaja constantemente, está más tiempo fuera de casa que aquí. Sobre todo últimamente. En realidad, este último año.

Dio una calada al cigarrillo y añadió aspirando:

– Pero no es creyente, ¿sabes?

– ¿Ah, no?

Negó con la cabeza mientras el humo salía por entre los gruesos labios surcados de finas arrugas.

– Sus padres pertenecían a la congregación de Pentecostés y creció con esas cosas. Yo sólo he asistido a una reunión, pero ¿sabes qué? A mí me da miedo cuando empiezan con la glosolalia y eso. ¿Has estado alguna vez en esas reuniones?

– Dos veces -dijo Harry-. En la congregación de Filadelfia.

– ¿Encontraste la salvación?

– Por desgracia, no. Sólo iba en busca de un tío que me había prometido testificar en un asunto.

– Bueno, si no encontraste a Jesús, por lo menos encontraste a tu testigo.

Harry negó con la cabeza.

– Me dijeron que ya no iba por allí y no está en las direcciones que he conseguido. No, no encontré la salvación.