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A Willy le pareció ver que Harry asentía en la oscuridad. Pero no estaba seguro. Las lágrimas lo distorsionaban todo.

El policía desapareció y Willy respiró hondo y trató de concentrarse de nuevo en la escena.

– ¡Haré que te atrape la policía! -gritó Toya en el escenario.

Harry se encontraba en el despacho, mirando la superficie del escritorio. Se sentía tan cansado que se preguntaba si podría aguantar mucho más.

Las aventuras del día anterior, la visita al calabozo y otra noche de pesadillas habían causado estragos en su persona. Sin embargo, el encuentro con Willy Barli terminó por agotarlo del todo. Verse allí sentado prometiéndole que iban a atrapar al autor del crimen y, sobre todo, haber callado cuando Barli dijo aquello de que a su mujer la habían «lastimado». Porque, en efecto, si alguna certeza tenía Harry, era la de que Lisbeth Barli estaba muerta.

Harry llevaba desde que se despertó por la mañana con ganas de tomar alcohol. Primero, como una exigencia instintiva del cuerpo, luego bajo la forma de una suerte de temor, de pánico, porque se había negado la medicina al no llevarse la petaca ni dinero. Y ahora, las ganas de beber habían alcanzado la fase del puro dolor físico, de un miedo blanco a ser desgarrado en mil pedazos. El enemigo tiraba de las cadenas allá abajo, los perros intentaban morderle desde el abismo del estómago, desde algún lugar debajo del corazón. Dios mío, cómo los odiaba. Los odiaba tanto como ellos lo odiaban a él.

Harry se levantó bruscamente. El lunes había dejado media botella de Bell's en el archivador. ¿Se acababa de acordar en ese preciso momento o lo había sabido todo el tiempo? Harry estaba acostumbrado a que Harry engañase a Harry, tenía mil tretas a las que recurrir. Estaba a punto de abrir el cajón, cuando se detuvo. Su ojo había apreciado un movimiento. Ellen le sonreía desde la foto. ¿Estaba a punto de volverse loco o acababa de verla mover la boca?

– ¿Qué estas mirando, bicho? -masculló justo antes de que la foto se estrellase contra el suelo. El cristal se hizo añicos. Harry miró fijamente a Ellen, que seguía sonriéndole desde el marco roto. Harry se sujetó la mano derecha. Bajo la venda latía el dolor.

Y hasta que no se dio la vuelta para abrir el cajón no advirtió la presencia de las dos personas que lo miraban desde el umbral. Comprendió que debían de llevar allí un rato y que fue su reflejo en el cristal lo que antes vio moverse en el retrato de Ellen.

– Hola -saludó Oleg, observando a Harry entre sorprendido y asustado.

Harry tragó saliva. Su mano soltó el cajón.

– Hola, Oleg.

Oleg lleva zapatillas de deporte, unos pantalones azules y la camiseta amarilla de la selección nacional de fútbol de Brasil. Harry sabía que en la espalda lucía el número nueve debajo del nombre de Ronaldo. Fue él quien le compró la camiseta en una gasolinera, un domingo en que Rakel, Oleg y él fueron a esquiar a Norefjell.

– Me lo he encontrado abajo -explicó Tom Waaler.

Tenía la mano en la cabeza de Oleg.

– Estaba preguntando por ti en recepción, así que lo he traído. O sea que juegas al fútbol, ¿no, Oleg?

Oleg no contestó, sólo miraba a Harry con aquella mirada suya oscura como la de su madre, una mirada tan dulce unas veces, tan despiadadamente dura otras. En aquellos momentos, Harry no lograba interpretarla. Pero era oscura.

– De delantero, ¿verdad? -insistió Waaler alborotándole el pelo con una sonrisa.

Harry miró los dedos fuertes y nervudos de su colega y el pelo oscuro de Oleg en contraste con el dorso bronceado de su mano. El pelo se le levantaba por sí solo. Sintió que las piernas estaban a punto de fallarle.

– No -dijo Oleg aún sin apartar la vista de Harry-. Soy defensa.

– Oye, Oleg -dijo Waaler mirando a Harry inquisitivo-. Parece que Harry está luchando con un adversario imaginario. Yo también lo hago cuando algo me irrita. ¿Por qué no subimos tú y yo a ver la vista desde la azotea y así Harry podrá recoger esto un poco?

– Me quedo aquí -dijo Oleg con voz inexpresiva.

Harry asintió con la cabeza.

– Vale. Me alegro de verte, Oleg.

Waaler le dio al chico una palmadita en el hombro y desapareció.

Oleg se quedó en el umbral.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? -preguntó Harry.

– En metro.

– ¿Tú solo?

Oleg asintió con la cabeza.

– ¿Sabe Rakel que estás aquí?

Oleg negó en silencio.

– ¿No vas a entrar? -Harry tenía la garganta seca.

– Quiero que vengas a casa -dijo Oleg.

Transcurrieron cuatro segundos desde que Harry llamó al timbre hasta que Rakel abrió la puerta de golpe. Tenía la mirada sombría y la voz alterada.

– ¡¿Dónde has estado?!

Harry pensó por un instante que la pregunta iba dirigida a los dos, pero la mirada de Rakel pasó de largo ante él y se fijó sólo en Oleg.

– No tenía con quién jugar -se excusó Oleg con la cabeza gacha-. Cogí el metro hasta el centro.

– ¿El metro? ¿Tú solo? ¿Pero cómo…?

Y se le quebró la voz.

– Me colé sin pagar -explicó Oleg-. Mamá, creí que te alegrarías. Como decías que tú también quieres que…

Abrazó a Oleg bruscamente.

– ¿Tienes idea de lo preocupada que me has tenido, hijo?

Rakel miraba a Harry mientras abrazaba a Oleg.

Rakel y Harry estaban junto a la valla del fondo del jardín contemplando la ciudad y el fiordo que se extendían debajo. Guardaban silencio. Los veleros se recortaban como pequeños triángulos blancos sobre el mar azul. Harry se volvió y miró la casa. Revoloteando entre los manzanos, ante las ventanas abiertas, alborotaban las mariposas que habían despegado del césped. Era una gran casa de vigas negras. Una casa construida para el invierno, no para el verano.

Harry la miró. Iba descalza y llevaba una fina rebeca roja de algodón encima del vestido azul claro. El sol brillaba en las pequeñas gotas de sudor que se habían formado en su piel desnuda, debajo de la cruz que había heredado de su madre. Harry pensó que lo sabía todo sobre ella. El olor de la chaqueta de algodón. El arqueo de la espalda bajo el vestido. El sabor de su piel cuando estaba sudorosa y salada. Lo que deseaba en la vida. Por qué no decía nada.

Tanto saber inútil.

– ¿Qué tal va todo? -preguntó.

– Bien -dijo ella-. He conseguido alquilar una cabaña. No nos la entregan hasta agosto. Llamé demasiado tarde.

Lo dijo con un tono de voz neutro, la acusación apenas se percibía.

– ¿Te has hecho daño en la mano?

– Sólo un rasguño -dijo Harry.

El viento le había desprendido un mechón de pelo que le tapó la cara. Harry resistió la tentación de apartarlo.

– Ayer vino un tasador para ver la casa -dijo ella.

– ¿Un tasador? No habrás pensado en venderla, ¿no?

– Es una casa demasiado grande para dos personas, Harry.

– Sí, pero tú le tienes mucho cariño. Has crecido aquí, igual que Oleg.

– No tienes que recordármelo. El caso es que la reforma que me hicieron este invierno costó casi el doble de lo que había pensado. Y hay que renovar el tejado. Es una casa vieja.

– Ya.

Rakel suspiró.

– ¿Qué pasa, Harry?

– ¿No podrías al menos mirarme cuando me hablas?

– No. -No sonó ni enfadada ni indignada.

– ¿Cambiaría algo las cosas si lo dejo?

– No eres capaz de dejarlo, Harry.

– Me refiero a la policía.

– Lo he comprendido.

Harry daba patadas al césped.

– A lo mejor no tengo alternativa -continuó.

– ¿No la tienes?

– No.

– Entonces, ¿por qué expresas la pregunta de una forma hipotética?

Sopló un poco para apartarse el mechón de la cara.

– Podría encontrar un trabajo más tranquilo, estar más tiempo en casa. Ocuparme de Oleg. Podríamos…