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Waaler asintió despacio con la cabeza.

– Un mensajero -repitió-. Es de una sencillez genial. Alguien con una razón plausible para entrar en cualquier sitio con una mascarilla. Alguien a quien todos pueden ver, pero en quien nadie se fija.

– Un caballo de Troya -apostilló Harry-. Imagínate qué situación más perfecta para un asesino en serie.

– Y a nadie le extraña que un mensajero se aleje de un lugar a toda prisa en un medio de locomoción sin matrícula que posiblemente sea la forma más eficaz de escaparse en una ciudad -dijo Waaler echando mano del teléfono.

– Mandaré gente a preguntar si alguien ha visto a un mensajero ciclista cerca del lugar y la hora de los asesinatos.

– Hay otra medida que debemos considerar -observó Harry.

– Sí -dijo Waaler-. Debemos alertar a la población contra mensajeros ciclistas desconocidos.

– Exacto. ¿Se lo cuentas tú a Møller?

– Sí… Oye, Harry…

Harry se detuvo en la puerta.

– Excelente trabajo -dijo Waaler.

Harry asintió brevemente con la cabeza y se marchó.

Apenas tres minutos después, ya corría por los pasillos del grupo de Delitos Violentos la noticia de que Harry tenía una pista.

18

Martes. Pentagrama

Nikolái Loeb pulsó las teclas con cuidado. Las notas del piano resonaban flojas y frágiles en la habitación de paredes desnudas. Piotr Ilich Tchaikovski, concierto para piano n.° 1 en Re menor. Muchos pianistas opinaban que era extraño y que le faltaba elegancia, pero para el oído de Nikolái, nunca se había compuesto una música más bella. Lo invadía la nostalgia con sólo tocar los pocos compases que se sabía de memoria y sus dedos buscaban automáticamente esas notas cuando se sentaba al piano desafinado en la sala de reuniones de la casa parroquial de Gamle Aker.

Miró por la ventana abierta. Los pájaros trinaban en el camposanto. Le recordaba los veranos en Leningrado y a su padre, que lo había llevado a los viejos campos de batalla, en las afueras de las ciudades, donde el abuelo y todos los tíos de Nikolái yacían enterrados en fosas comunes, olvidados hacía ya mucho tiempo.

– Escucha -le decía su padre-. Escucha cómo cantan, es tan absurdamente hermoso…

Nikolái oyó un carraspeo y se dio la vuelta.

Un hombre alto con camiseta y vaqueros aguardaba en el umbral. Llevaba la mano derecha vendada. Lo primero que se le pasó a Nikolái por la cabeza fue que se trataría de uno de los toxicómanos que acudían allí de vez en cuando.

– ¿Puedo hacer algo por ti? -le gritó Nikolái. La dura acústica de la sala hizo que su voz sonara menos amable de lo que pretendía.

El hombre entró, antes de responder.

– Eso espero -dijo-. He venido a saldar mi deuda.

– Me alegro -respondió Nikolái-. Y lo lamento, porque no puedo confesar aquí. En el pasillo hay una lista con el horario y tendrás que ir a nuestra capilla de la calle Inkognitogata.

El hombre estaba ya a su lado. Al ver las profundas ojeras negras que rodeaban sus ojos enrojecidos, Nikolái dedujo que aquel hombre debía de llevar algún tiempo sin dormir.

– Quiero pagar la deuda por haber roto la estrella de la puerta.

Transcurrieron unos segundos antes de que Nikolái cayera en la cuenta de a qué se refería.

– ¡Ah, bueno! Eso no es asunto mío. Aunque me he dado cuenta de que la estrella está suelta en la puerta y cuelga boca abajo -observó con una sonrisa-. Algo impropio en una iglesia, supongo.

– ¿Quieres decir que no trabajas aquí?

Nikolái negó con la cabeza.

– Sólo alquilamos el local de vez en cuando. Yo pertenezco a la congregación de Santa Olga, la princesa apostólica.

El hombre enarcó las cejas.

– La iglesia ortodoxa rusa -añadió Nikolái-. Soy sacerdote y prefecto. Es mejor que vayas a las oficinas de la iglesia, quizás encuentres allí a alguien que te pueda ayudar.

– Vale, gracias.

El hombre no se movió.

– Tchaikovski, ¿no? ¿El primer concierto para piano?

– Correcto -confirmó Nikolái sorprendido. Los noruegos no eran exactamente lo que se llama un pueblo instruido. Y además éste llevaba camiseta y parecía un mendigo.

– Mi madre solía tocarlo para mí -explicó el hombre-. Decía que era difícil.

– Pues era una madre buena, si tocaba para ti piezas que le resultaban difíciles.

– Sí, era buena. Una santa.

Había algo en la sonrisa torcida del hombre que desconcertaba a Nikolái. Era una sonrisa contradictoria. Abierta y cerrada, amable y cínica, alegre y dolorida. Pero se dijo que, como siempre, estaría interpretando de más.

– Gracias por la ayuda -le dijo el hombre dirigiéndose a la puerta.

– De nada.

Nikolái volvió a concentrarse en el piano. Pulsó una tecla con cuidado para que percutiese la cuerda suavemente y sin emitir ningún sonido, notó cómo el fieltro tocaba la cuerda, cuando cayó en la cuenta de que no había oído la puerta cerrarse. Se volvió y vio al hombre con la mano en el picaporte, mirando fijamente la estrella de la ventana rota de la puerta.

– ¿Pasa algo?

El hombre levantó la vista.

– No, no. Pero ¿a qué te referías al decir que era impropio que la estrella colgase boca abajo?

Nikolái se rió y su risa retumbó en las paredes.

– El pentagrama invertido, ¿no?

El hombre lo miró de tal modo que Nikolái comprendió que no sabía de qué le hablaba.

– El pentagrama es un antiguo símbolo religioso, no solamente en el cristianismo. Como ves, es una estrella de cinco puntas dibujada con una línea continua que se cruza a sí misma varias veces, parecida a la estrella de David. La han encontrado en lápidas con varios miles de años. Pero cuando cuelga boca abajo, es algo totalmente diferente. Es uno de los símbolos más significativos de la demonología.

– ¿Demonología?

El hombre preguntaba con voz tranquila pero firme. Como alguien que está acostumbrado a recibir respuestas, pensó Nikolái.

– La ciencia del mal. El nombre le viene de antiguo, de cuando se pensaba que la maldad se debía a la existencia de demonios.

– Ya. Y ahora los demonios han sido abolidos, ¿no?

Nikolái se dio la vuelta del todo. ¿Se había equivocado con aquel hombre? Parecía demasiado avispado para ser un drogadicto o un vagabundo.

– Soy agente de policía -explicó el hombre en respuesta a sus pensamientos-. Preguntar es lo nuestro.

– De acuerdo. Pero ¿por qué haces concretamente esas preguntas?

El hombre se encogió de hombros.

– No lo sé. He visto ese símbolo recientemente, pero no me acuerdo de dónde, ni si es importante. ¿Cuál es el demonio que utiliza este símbolo?

– Chort -respondió Nikolái presionando tres teclas con cuidado. Una disonancia-. También llamado Satanás.

Al caer la tarde, Olaug Sivertsen abrió las puertas del balcón francés que daba a Bjørvika, se sentó en una silla mirando el tren rojo que se deslizaba por delante de su casa. Era una casa totalmente corriente, un chalé de ladrillos construido en 1891, pero su situación lo hacía excepcional. Villa Valle, así llamada por el hombre que la había diseñado, se hallaba emplazada al lado de las vías del tren, justo delante de la Estación Central de Oslo, dentro del recinto del ferrocarril. Los vecinos más próximos eran unos cobertizos bajos y talleres que pertenecían a la red de ferrocarriles noruegos. Villa Valle fue construida como hogar del jefe de estación, su familia y el servicio, con muros especialmente gruesos para que el jefe de estación y su esposa no se despertasen cada vez que pasara un tren. Por si fuera poco, el jefe de estación le había pedido al albañil al que le encargaron el trabajo -era célebre por utilizar un mortero con el que conseguía unas paredes muy sólidas-, que las reforzara aún un poco más. En el caso de que algún tren descarrilara y fuera a estrellarse contra su casa, el jefe de estación quería que sufriera las consecuencias el conductor del tren y no su familia. Ningún tren se había estrellado hasta el momento contra la casa señorial del jefe de estación, tan extrañamente solitaria, como un castillo de aire encima de un desierto de gravilla negra, donde los raíles brillaban y se entrelazaban como serpientes que relucían bajo el sol.