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– Me ha dado una cosa -dijo Ina abriendo un cajón del escritorio del que sacó un paquetito con una cinta dorada-. Me ha dicho que no lo abra hasta que nos hayamos comprometido.

Olaug sonrió pasando la mano por la mejilla de Ina. Se alegraba por ella.

– ¿Estás enamorada de él?

– Es diferente de los demás. No es tan… bueno, es anticuado. Quiere que esperemos con…, ya sabes…

Olaug asintió con la cabeza.

– Parece que la cosa va en serio.

– Sí.

A Ina se le escapó un pequeño suspiro.

– Entonces tienes que estar segura de que es el hombre de tu vida antes de permitir que siga adelante -dijo Olaug.

– Ya lo sé -afirmó Ina-. Y eso es lo más difícil. Acaba de estar aquí y, antes de que se fuera, le dije que necesito tiempo para pensar. Me respondió que lo entendía, que soy mucho más joven que él, dijo.

Olaug estaba a punto de preguntar si había traído un perro, pero se contuvo, ya había indagado y hurgado bastante. Pasó la mano una última vez por el viejo cubrecama y se levantó.

– Querida, voy a poner a hervir el agua para el té.

Era una revelación. No un milagro, sólo una revelación.

Hacía media hora que los demás se habían ido y Harry acababa de leer los interrogatorios de la pareja de homosexuales vecinas de Lisbeth Barli. Apagó el flexo de la mesa del despacho, guiñó los ojos en la oscuridad y, de repente, lo vio claro. Tal vez fuese porque había apagado la luz igual que cuando estás en la cama y te dispones a dormir, o quizá porque, durante un momento, dejó de pensar. Como quiera que fuese, se diría que alguien le hubiese puesto delante una foto nítida y clara.

Se dirigió a la oficina donde guardaban las llaves de los escenarios del crimen y encontró la que buscaba. Luego fue en coche a la calle Sofie, cogió la linterna y enfiló a pie a la calle Ullevålsveien. Era casi medianoche. En la tintorería del bajo todo estaba cerrado y apagado, pero en la tienda de lápidas había un foco que iluminaba la leyenda: «Descanse en paz».

Harry entró en el apartamento de Camilla Loen.

No se habían llevado ni los muebles ni ningún otro objeto y, aun así, oía el resonar de sus pasos. Como si la muerte de la propietaria hubiese creado en la vivienda un vacío físico antes inexistente.

Al mismo tiempo, tenía la sensación de no estar solo. Él creía en el alma. Y no porque fuera especialmente religioso, sino porque, siempre que veía un cadáver, pensaba que era un cuerpo que había perdido algo, algo que no tenía nada que ver con los cambios físicos naturales que sufre un cuerpo muerto. Los cadáveres se parecían a los caparazones vacíos adheridos a una tela de araña, habían perdido el ser, había desaparecido la luz y habían perdido ese brillo ilusorio que tienen las estrellas que han explotado ya hace tiempo. El cuerpo quedaba desalmado. Y era justamente la ausencia del alma lo que hacía que Harry creyera.

No encendió ninguna lámpara, la luz de la luna que entraba por las ventanas del techo era suficiente. Se fue derecho al dormitorio, donde encendió la linterna, que enfocó hacia la viga maestra que había junto a la cama. Tomó aire. Las marcas que se observaban en la madera marrón eran tan nítidas que debían ser muy recientes. O más bien la marca. Una marca alargada de líneas rectas que se doblaban y entraban y salían de sí mismas. Un pentagrama.

Harry dirigió la linterna al suelo. Se apreciaban sobre el parqué una fina capa de polvo y un par de pelusas. Era evidente que Camilla Loen no había tenido tiempo de limpiar antes de marcharse. Pero allí estaba, al lado de la pata trasera de la cama, la viruta de madera.

Harry se tumbó en la cama. El colchón era blando y adaptable. Miró al techo inclinado concentrándose en pensar. Si de verdad fue el asesino quien talló la estrella sobre la cama, ¿qué significaba?

– Descanse en paz -murmuró Harry cerrando los ojos.

Estaba demasiado cansado para pensar con claridad y había otra pregunta que le rondaba la cabeza. ¿Por qué se había fijado en el pentagrama? Los diamantes no habían sido un pentagrama dibujado con una sola línea, sino que tenían una forma de estrella normal, como cualquier otra. Entonces, ¿por qué había relacionado la forma del diamante y el pentagrama? ¿Los había relacionado en realidad? ¿No habría ido demasiado rápido? ¿No sería que su subconsciente había relacionado el pentagrama con otra cosa, algo que había visto en los escenarios del crimen y que no podía recordar?

Intentó recrear mentalmente los lugares de los hechos.

Lisbeth, en la calle Sannergata. Barbara, en la plaza Carl Berner. Y Camilla Loen. Allí. En la ducha del baño contiguo. Estaba casi desnuda. La piel mojada. Harry la tocó. A causa del efecto del agua caliente, parecía que había pasado menos tiempo desde su muerte. Le tocó la piel. Beate lo miraba, pero él no podía parar. Era como pasar los dedos por una goma caliente y lisa. Alzó la vista y comprobó que estaban solos y sintió el chorro caliente de la ducha. La miró, vio cómo Camilla lo miraba con un extraño brillo en los ojos. Se sobresaltó, retiró las manos y la mirada de la joven se apagó despacio, como la pantalla de un televisor. Curioso, pensó poniéndole una mano en la mejilla. Aguardó mientras el agua caliente de la ducha le calaba la ropa. La mirada de Camilla Loen fue recuperando el brillo. Le puso la otra mano en el estómago. Los ojos recobraron el destello vital y Harry notó que el cuerpo de la joven empezaba a moverse bajo sus dedos. Comprendió que era el contacto con su mano lo que la había despertado, que sin el tocamiento, se extinguiría, moriría. Apoyó la frente en la de la mujer. El agua se le colaba por dentro de la ropa, le cubría la piel y actuaba como un filtro cálido entre los dos. Entonces se dio cuenta de que los ojos de Camilla Loen ya no eran azules, sino castaños. Y los labios ya no estaban pálidos, sino que eran rojos, irrigados por la sangre. Rakel. Pegó los labios a los de ella. Retrocedió de repente al notar que estaban helados.

Lo miró fijamente. Sus labios se movieron.

– ¿Qué haces?

El cerebro de Harry se detuvo en seco. En parte porque el eco de las palabras aún flotaba en la habitación y comprendió que no podía haber sido un sueño, y también porque la voz pertenecía a una mujer. Pero sobre todo porque delante de la cama, medio inclinada sobre él, había una figura.

Entonces el cerebro se le aceleró de nuevo. Harry se dio la vuelta y buscó la linterna, que seguía encendida, pero se le cayó al suelo con un golpe sordo y rodó describiendo un círculo mientras el haz de luz y la sombra del desconocido se deslizaban por la pared.

De repente, se encendió la luz del techo.

Harry quedó cegado y se tapó la cara con los brazos en un primer acto reflejo. Pasó el instante. Nada había sucedido. Ningún disparo, ningún golpe. Harry bajó los brazos.

Reconoció al hombre que tenía delante.

– ¿Qué demonios estáis haciendo? -preguntó el hombre.

Llevaba una bata rosa, pero no tenía pinta de recién levantado. Tenía la raya del pelo perfecta.

Era Anders Nygård.

– Me despertaron los ruidos -explicó Nygård mientras le servía una taza de café a Harry.

– Mi primer pensamiento fue que alguien se había dado cuenta de que el apartamento de arriba estaba vacío y había entrado a robar. Así que subí para comprobarlo.

– Se comprende -aseguró Harry-. Pero creía haber cerrado la puerta con llave.

– Tengo la llave del portero. Por si acaso.

Harry oyó unas pisadas y se dio la vuelta.

Vibeke Knutsen apareció en el umbral en bata, con cara de sueño y el cabello rojo alborotado. Sin maquillar, y a la fría luz de la cocina, parecía más mayor de lo que Harry la había juzgado. Notó que se sobresaltaba al verlo.

– ¿Qué ocurre? -murmuró mirándolos alternativamente.

– Estoy comprobando un par de cosas en el apartamento de Camilla -se apresuró a responder Harry al ver su preocupación-. Me senté en la cama para descansar los ojos un par de segundos y me dormí. Tu marido ha oído el ruido y me ha despertado. Ha sido un día muy largo.