– ¿Ves que alguien ha dibujado en el polvo?
– De acuerdo -suspiró Karl-. 5.600.
– Me importa un bledo la tele -atajó el agente-. Quiero saber quién lo hizo.
– ¿Por qué? -preguntó Karl-. No pensaba denunciarlo.
El agente se inclinó sobre el mostrador. Karl dedujo de la expresión de su cara que no le gustaban sus respuestas.
– Escucha. Estamos intentando atrapar a un asesino. Y yo tengo razones para creer que ha estado aquí y que ha hecho ese dibujo en la pantalla del televisor. ¿Te basta?
Karl asintió con la cabeza.
– Bien. Y ahora quiero que te esfuerces por recordar.
El agente se dio la vuelta cuando sonó una campanilla a su espalda. Una mujer con una maleta metálica apareció en el umbral.
– El televisor Philips -dijo el agente señalando.
Ella asintió con la cabeza sin pronunciar palabra. Se sentó en cuclillas delante de la pared donde estaba el televisor y abrió la maleta.
Karl los miraba con los ojos como platos.
– ¿Y bien? -dijo el agente.
Karl había empezado a comprender que aquello era más importante que Liz, la chica de Tønsberg.
– No recuerdo a todos los que entran en la tienda -balbució queriendo decir que no recordaba a nadie.
Eso es lo que pasaba. Las caras no significaban nada para él. A aquellas alturas, había olvidado incluso la cara de la joven Liz.
– No necesito que los recuerdes a todos -dijo el agente-. Sólo a éste. Parece que no hay mucho público aquí estos días.
Karl asintió resignado con la cabeza.
– ¿Qué tal si te enseño algunas fotos? -preguntó el agente-. ¿Lo reconocerías?
– No lo sé. No te he reconocido a ti, así que…
– Harry -dijo el niño.
– Pero ¿viste a alguien dibujando en el televisor?
– Harry…
Karl había visto a una persona en la tienda aquel día. Se acordó la misma tarde en que la policía entró para preguntarle si había visto algo sospechoso. El problema era que esa persona no había hecho nada de particular, salvo mirar las pantallas de los televisores. Algo que no resulta muy sospechoso en una tienda donde los venden. ¿Qué iba a decir? ¿Que alguien cuyo aspecto no recordaba había estado en su tienda y que le resultó sospechoso? ¿Y, además, buscarse un lío y llamar una atención que no deseaba?
– No -respondió Karl-. No vi a nadie dibujar en el televisor.
El agente murmuró algo.
– Harry… -el niño tiraba de la camiseta del agente-. Son las cinco.
El agente se puso rígido y miró el reloj.
– Beate -dijo-. ¿Has encontrado algo?
– Demasiado pronto -dijo ella-. Hay suficientes marcas, pero ha pasado el dedo de tal modo que resulta difícil encontrar una huella entera.
– Llámame.
La campanilla que colgaba encima de la puerta volvió a tintinear y Karl y la mujer de la maleta metálica se quedaron solos en la tienda.
Karl atrajo hacia sí una vez más a Liz, la chica de Tønsberg, pero cambió de opinión. La dejó boca abajo y se fue hasta la agente de policía. Estaba utilizando un pequeño pincel para cepillar con cuidado una especie de polvo que había echado sobre la pantalla. Y entonces vio el dibujo en el polvo. Había empezado a ahorrar también en la limpieza, de modo que no era raro que el dibujo siguiera allí después de unos días.
– ¿Qué representa? -preguntó.
– No lo sé -respondió la agente-. Me acaban de decir cómo se llama.
– ¿Y cómo se llama?
– La estrella del diablo.
20
Miércoles. Los constructores de catedrales
Harry y Oleg se encontraron con Rakel justo cuando ella salía por la puerta de la piscina Frognerbadet. Echó a correr en dirección a Oleg y lo abrazó al tiempo que dirigía a Harry una mirada furiosa.
– ¿Qué crees que estás haciendo? -susurró.
Harry se quedó con los brazos caídos y cambiando el peso de un pie a otro. Sabía qué podría haberle contestado. Podría haber dicho que «lo que estaba haciendo» era intentar salvar vidas en la ciudad. Pero incluso eso sería mentira. La verdad era que estaba haciendo sus cosas, únicamente eso, sus cosas, y permitiendo que cuantos había a su alrededor pagasen el precio. Así había sido y así sería siempre, y si, de paso, salvaba vidas, podía considerarse un valor añadido.
– Lo siento -dijo. Y, por lo menos en eso, era sincero.
– Hemos estado en un sitio donde también ha estado el asesino en serie -dijo Oleg alteradísimo, pero se calló enseguida, al ver la mirada incrédula de su madre.
– Bueno… -empezó Harry.
– No -lo interrumpió Rakel-. No lo intentes.
Harry se encogió de hombros y sonrió a Oleg con tristeza.
– Déjame por lo menos que os lleve a casa.
Conocía la respuesta antes de oírla. Se quedó mirando cómo se alejaban. Rakel caminaba con pasos rápidos y decididos. Oleg se volvió y se despidió con la mano. Harry le devolvió el saludo.
El sol le bombeaba bajo los párpados.
La cafetería se hallaba en el último piso de la comisaría. Al entrar por la puerta, Harry se quedó de pie mirando. Aparte de la persona que vio sentada en una de las mesas, de espaldas a él, no había más público en el amplio local. Harry se fue derecho de Frognerbadet a la comisaría. Mientras caminaba por los pasillos desiertos del sexto piso, constató que el despacho de Tom Waaler estaba vacío, aunque con la luz encendida.
Harry se acercó al mostrador, que tenía echada la persiana de acero. En la tele, que estaba colgada en una esquina, daban un sorteo de lotería. Harry siguió con la vista la bola que bajaba hacia la cesta. El volumen del televisor estaba muy bajo, pero Harry pudo oír la voz de una mujer que anunciaba el cinco, «el número ganador es el cinco». Alguien había tenido suerte. Se oyó el ruido de una silla.
– Hola, Harry. El servicio está cerrado.
Era Tom.
– Ya lo sé -respondió Harry.
Pensaba en la pregunta de Rakel. ¿Qué estaba haciendo, realmente?
– Sólo pensaba fumarme un pitillo.
Harry señaló con la cabeza a la terraza, que funcionaba todo el año como sala de fumadores.
La vista que se ofrecía desde allí era espectacular, pero el aire seguía tan ardiente y estático como en la calle. Los rayos del sol vespertino incidían oblicuos sobre la ciudad y el puerto de Bjørvika que, de momento, constaba de una carretera y una zona de almacén y contenedores, excelente escondite para drogadictos, pero que pronto se convertiría en una ópera, hoteles y pisos para millonarios. La riqueza estaba a punto de someter a toda la ciudad. Harry pensó en los peces gato de los ríos de África, ese pez grande y negro que carece de la sensatez suficiente como para escapar hacia aguas más profundas cuando comienza la época de sequía y que, al final, queda atrapado en las charcas lodosas que terminan por secarse poco a poco. Los trabajos de construcción ya habían empezado, las grúas parecían siluetas de jirafas elevándose hacia el sol de la tarde.
– Será impresionante.
No había oído a Tom mientras se acercaba.
– Ya veremos.
Harry dio una calada. No sabía con seguridad a qué había respondido.
– Te gustará -dijo Waaler-. Es cuestión de acostumbrarse.
Harry se imaginó a los peces gato cuando el agua desaparecía y ellos se quedaban allí en el lodo, moviendo la cola, abriendo la boca e intentando acostumbrarse a respirar aire.
– Necesito una respuesta, Harry. Tengo que saber si estás dentro o fuera.
Ahogarse con aire. Puede que la muerte del pez gato no fuera peor que la de otros. Dicen que la muerte por ahogamiento es relativamente agradable.