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– Ha llamado Beate -dijo Harry-. Ya ha cotejado las huellas de la tienda de televisores.

– ¿Ah, sí?

– Sólo son huellas parciales. Y el dueño no recuerda nada.

– Una pena. Aune dice que, en Suecia, obtienen buenos resultados con testigos olvidadizos. Quizá debiéramos probar.

– Sí.

– Y esta tarde nos ha llegado una información interesante del forense. Sobre Camilla Loen.

– Ya.

– Estaba embarazada de dos meses. Pero ninguna de las personas de su círculo de amistades con las que hemos hablado tiene idea de quién podría ser el padre. Es más que probable que no tenga nada que ver con el asesinato, pero sería interesante averiguarlo.

– Ya.

Se quedaron en silencio. Waaler se acercó y se inclinó sobre la barandilla.

– Ya sé que no te gusto, Harry. Y no te pido que cambies de parecer de la noche a la mañana. -Hizo una pausa-. Pero si vamos a trabajar juntos tenemos que empezar por algún sitio. Quizá siendo más accesible el uno para el otro.

– ¿Accesible?

– Sí. ¿Suena difícil?

– Un poco.

Tom Waaler sonrió.

– De acuerdo. Pero te dejo que empieces tú. Pregúntame algo que quieras saber sobre mí.

– ¿Sobre ti?

– Sí. Lo que sea.

– ¿Fuiste tú quien dispa…? -Harry se detuvo en mitad de la palabra-. A ver -dijo-. Quiero saber qué te mueve.

– ¿Qué quieres decir?

– Qué es lo que te mueve a levantarte por la mañana y hacer las cosas que haces. Cuál es tu meta y por qué.

– Comprendo. -Tom se quedó pensando. Largo rato. Luego señaló las grúas-. ¿Las ves? Mi tatarabuelo emigró desde Escocia con seis ovejas Sunderland y una carta del gremio de albañiles de Aberdeen. Las ovejas y la recomendación le facilitaron la entrada en el gremio de Oslo. Participó en la construcción de las casas que ves a orillas del río Akerselva y hacia el este, a lo largo del ferrocarril. Después, sus hijos tomaron el relevo. Y luego los hijos de sus hijos. Hasta mi padre. Mi bisabuelo adoptó un apellido noruego, pero cuando nos mudamos a la parte oeste de la ciudad, mi padre volvió a adoptar el apellido Waaler. Wall. Muro. Por orgullo, en cierta medida, pero también porque opinaba que Andersen no era un apellido digno de un futuro juez.

Harry miró a Waaler. Intentó distinguir la cicatriz en la mejilla.

– ¿Ibas a ser juez?

– Ése era el plan cuando empecé a estudiar Derecho. Y, seguramente, habría seguido ese camino, de no ser por lo que pasó.

– ¿Qué pasó?

Waaler se encogió de hombros.

– Mi padre falleció en un accidente laboral. Es curioso, pero cuando desapareció de mi vida la figura del padre, descubrí que había tomado ciertas decisiones casi más por él que por mí mismo. Y me di cuenta de que no tenía nada en común con mis compañeros de estudios. Supongo que era un idealista ingenuo. Creía que lo de ser juez consistía en llevar el estandarte de la justicia y hacer pervivir el estado de derecho moderno, pero descubrí que, para la mayoría, se trataba de conseguir un título y un puesto de trabajo donde ganar lo suficiente para impresionar a la vecina de Ullern. Bueno, tú mismo has estudiado en la Facultad de Derecho…

Harry asintió.

– O quizá sean los genes -dijo Waaler-. A mí siempre me ha gustado construir cosas. Cosas grandes. Desde pequeño construía palacios enormes con las piezas de Lego, mucho más grandes que los de los otros niños. Y con los estudios de Derecho descubrí que yo estaba hecho de otra pasta que las personas insignificantes con ideas intrascendentes. Dos meses después del entierro, solicité la admisión en la Academia Superior de Policía.

– Ya. Y terminaste como el mejor alumno, según los rumores.

– El segundo.

– ¿Y te dieron la posibilidad de construir tu palacio aquí, en la comisaría?

– No me la dieron. A nadie se le da nada, Harry. Cuando era pequeño, les quitaba las piezas de Lego a los otros niños para hacer mis construcciones lo suficientemente grandes. La cuestión es qué es lo que uno quiere. Si sólo pretendes construir casas insignificantes y mezquinas para personas con vidas insignificantes y mezquinas, o si también quieres que haya óperas y catedrales, edificios grandiosos, algo que apunte a algo más grande que uno mismo, algo que alcanzar.

Waaler pasó una mano por la barandilla.

– Ser constructor de catedrales es una vocación, Harry. En Italia se concedía el título de mártires a aquéllos que morían construyendo iglesias. A pesar de que los que construían las catedrales lo hacían para la humanidad, no existe ninguna catedral en la historia que no se haya levantado con huesos humanos, con sangre humana. Eso solía decir mi abuelo. Y así será siempre. La sangre de mi familia ha dado cuerpo a la mezcla utilizada en varios de los edificios que se ven desde aquí. Sólo quiero más justicia. Para todos. Y utilizo los materiales de construcción necesarios.

Harry escrutaba el extremo incandescente del cigarrillo.

– ¿Y has pensado en mí como material de construcción?

Waaler sonrió.

– Es una forma de expresarlo. La respuesta es sí. Si tú quieres. Tengo alternativas…

No acabó la frase, pero Harry sabía cómo acababa: «En cambio, tú no…».

Harry dio una larga calada y preguntó en voz baja:

– ¿Y si digo que sí a lo de subir a bordo?

Waaler enarcó una ceja y miró a Harry de hito en hito, antes de contestar.

– Se te asignará una primera misión que llevarás a cabo tú solo y sin hacer preguntas. Todos tus predecesores han hecho lo mismo. Como una prueba de lealtad.

– ¿Y en qué consistirá esa prueba?

– Lo sabrás a su debido tiempo. Pero implicará quemar algunos puentes de tu vida anterior.

– ¿Significará infringir las leyes noruegas?

– Probablemente.

– Ya veo -dijo Harry-. Así tendréis algo contra mí. Y no caeré en la tentación de descubriros.

– Yo lo expresaría en otros términos, pero has entendido de qué va el asunto.

– ¿Y de qué estamos hablando concretamente? ¿De contrabando?

– Ahora me es imposible responderte a esa pregunta.

– ¿Y cómo puedes estar seguro de que no soy un topo del servicio de Inteligencia o de Asuntos Internos?

Waaler se apoyó en la barandilla y apuntó hacia abajo.

– ¿La ves, Harry?

Harry se acercó y dirigió la vista al parque. Aún había gente que aprovechaba los últimos rayos de sol tumbada en la verde hierba.

– La del biquini amarillo -continuó Waaler-. Bonito color para un biquini, ¿verdad?

Algo se retorció en el estómago de Harry, que se enderezó enseguida.

– No somos tontos -dijo Waaler sin apartar la vista del césped-. Nos informamos acerca de las personas que nos interesa tener en el equipo. Se conserva bien, Harry. Es lista e independiente, según tengo entendido. Pero por supuesto, ella quiere lo que todas las mujeres en su situación. Un hombre que pueda mantenerlas. Es pura biología. Y a ti apenas te queda tiempo. Tías como ésa no duran mucho solas.

A Harry se le cayó el cigarrillo a la calle, y fue dejando un reguero de chispas diminutas.

– Ayer dieron la alarma de riesgo de incendios forestales en toda la parte este del país -observó Waaler.

Harry no contestó. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sintió la mano de Waaler en el hombro.

– En realidad, ya se ha acabado el plazo, Harry. Pero para demostrarte nuestra buena voluntad, te doy dos días más. Si no sé nada de ti antes, retiraré la oferta.

Harry tragaba saliva una y otra vez en un esfuerzo por pronunciar la palabra, pero la lengua se negaba a obedecer y las glándulas salivares parecían cauces de ríos africanos secos.

Pero al final lo consiguió.

– Gracias.

A Beate Lønn le gustaba su trabajo. Le gustaban las rutinas, la seguridad, sabía que lo hacía bien y también lo sabían sus colegas de la policía Científica con los que compartía lugar de trabajo en la calle Kjølberggata 21A. Y puesto que nada le importaba más en la vida que el trabajo, hallaba en él razón suficiente para levantarse cada mañana. Todo lo demás eran los acordes de un intermedio. Beate vivía con su madre en Oppsal, en la segunda planta de la casa. Se llevaban bien. Beate siempre había sido el ojito derecho de su padre cuando él vivía y ella suponía que ése era el motivo por el que se había hecho policía, como él. No tenía ningún hobby. Y, a pesar de que ella y Halvorsen, el agente con quien Harry compartía despacho, eran como una especie de pareja, no estaba segura de que él fuese el hombre de su vida. Había leído en la revista Henne que era normal tener esa clase de dudas. Y que había que correr algunos riesgos. A Beate Lønn no le gustaba correr riesgos ni tener dudas. Por eso le gustaba su trabajo.