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– No.

– Un inglés. Descifró los códigos alemanes durante la guerra. Para abreviar te diré que fue él quien ganó la guerra. Dijo que para descifrar claves primero hay que saber en qué dimensión opera la parte contraria.

– ¿Y eso qué significa?

– Digamos que es un nivel por encima de las letras y los números. Por encima del lenguaje. Respuestas que no explican el cómo, sino el porqué. ¿Entiendes?

– No, pero cuéntame cómo se hace.

– Nadie lo sabe. Se parece a la clarividencia religiosa y puede considerarse más bien como un don.

– Vamos a suponer que sé por qué. ¿Qué pasa después de eso?

– Puedes tomar el camino más largo y combinar las distintas posibilidades hasta morirte.

– No soy yo quien muere. Sólo tengo tiempo para recorrer el camino más corto.

– Entonces sólo conozco un método.

– ¿Y?

– El trance.

– Por supuesto. El trance.

– No estoy de broma. Te concentras observando fijamente la información hasta que dejas de pensar de forma consciente. Es como sobrecargar una pierna hasta que sufre un calambre y empieza a hacer cosas por sí sola. ¿Has visto alguna vez cómo le baila el pie a un escalador atrapado en la montaña? No. Bueno, pero así es. En 1988 entré en el sistema de cuentas del Danske Bank después de cuatro noches en vela y con la ayuda de una gota pequeña y fría de LSD. Si tu subconsciente logra desarticular la clave, te darás cuenta. Si no…

– ¿Sí?

Øystein se rió.

– Te desarticularás tú. Las unidades psiquiátricas están llenas de gente como yo.

– Ya. ¿Trance, dices?

– Trance. Intuición. Y quizás un poquito de ayuda farmacéutica…

Harry cogió el tubo de color negro y lo observó pensativo.

– ¿Sabes qué, Øystein?

– ¿Qué?

Le lanzó la caja, que Øystein atrapó al vuelo.

– Te mentí sobre lo de Under My Thumb.

Øystein dejó la caja en el borde de la mesa y se puso a atarse los cordones de unas zapatillas Puma terriblemente desgastadas y bastante retro. De cuando lo retro estaba de moda, de la ola retro.

– Ya lo sé. ¿Has visto a Rakel?

Harry negó con la cabeza.

– Es eso lo que te atormenta, ¿verdad?

– Puede -dijo Harry-. Me han ofrecido un trabajo que no sé si puedo rechazar.

– Entonces no es una oferta para trabajar para el dueño del taxi que yo conduzco.

Harry sonrió.

– Sorry, no soy el hombre adecuado para facilitar orientación profesional -dijo Øystein levantándose-. Aquí te dejo el tubo. Haz lo que quieras.

21

Jueves. Pigmalión

El jefe de los camareros miró de pies a cabeza al hombre que tenía delante. Sus treinta años de servicio le habían procurado cierto olfato para los problemas, y aquel hombre apestaba. No es que él pensara que la ausencia de problemas fuese beneficiosa. Un buen escándalo de vez en cuando era precisamente lo que esperaban los clientes del Theatercaféen. Pero debía tratarse del tipo de problemas correcto. Como cuando los artistas jóvenes cantan desde la galería del café vienés que ellos son el vino nuevo, o cuando un antiguo galán del Teatro Nacional afirma algo ebrio y en voz muy alta que lo único positivo que puede decir del célebre hombre de negocios de la mesa contigua es que es homosexual y, por lo tanto, es poco probable que se reproduzca. Pero la persona que el jefe de los camareros tenía delante en aquel momento no parecía ir a decir nada espiritual o inapropiado, sino que más bien tenía pinta de ser un tipo con problemas aburridos: cuentas sin saldar, borracheras y reyertas. Los signos externos -vaqueros negros, nariz roja y cabeza rapada- le hicieron pensar al principio que sería uno de los operarios alcoholizados del teatro que solían ir al sótano de Burns. Pero cuando preguntó por Willy Barli, comprendió que se trataba de una de las ratas de alcantarilla del antro de periodistas Tostrupkjelleren, situado bajo aquella terraza que llevaba el apropiado nombre de «La tapa del váter». No sentía respeto alguno por los buitres que, sin escrúpulos, se regodeaban de lo que había quedado del pobre Barli después de la desaparición trágica de su encantadora esposa.

– ¿Está usted seguro de que será bien recibido? -preguntó el jefe de los camareros consultando el libro de reservas, aunque sabía perfectamente que, como de costumbre, Barli había llegado a las diez en punto y se había sentado en su mesa de siempre, en la terraza acristalada que daba a la calle Stortingsgata. Lo inusual, y lo que le hizo preocuparse por el estado mental de Barli, era que, por primera vez y hasta donde le alcanzaba la memoria, el jovial productor se había equivocado de día y había acudido al club un jueves en lugar del miércoles habitual.

– Olvídalo, ya lo he visto -dijo el hombre desapareciendo hacia el interior.

El jefe de los camareros exhaló un suspiro y miró al otro lado de la calle. Eran varias las razones que le inducían a preocuparse últimamente por la salud mental de Barli. Un musical, en el reputado Teatro Nacional y durante las vacaciones. Por Dios santo.

Harry había reconocido a Barli por su maraña de pelo, pero al acercarse dudó y empezó a pensar que se había equivocado.

– ¿Barli?

– ¡Harry!

Se le iluminaron los ojos, pero enseguida se extinguió el destello en su mirada. Tenía las mejillas hundidas y la piel fresca y tostada por el sol de hacía unos días aparecía ahora cubierta por una capa de polvo blanquecino y muerto. Se diría que Willy Barli hubiera encogido, hasta su espalda parecía más estrecha.

– ¿Un poco de arenque? -preguntó Willy señalando el plato que tenía delante-. Es el mejor de la ciudad. Lo como todos los miércoles. Dicen que es bueno para el corazón. Claro que, para eso, hay que tener corazón, y los que venimos a este café…

Willy abarcó con el brazo el local casi vacío.

– No gracias -dijo Harry tomando asiento.

– Coge un trozo de pan, por lo menos -Willy le ofreció la cesta del pan-. Éste es el único sitio de Noruega donde sirven auténtico pan de hinojo. Perfecto para acompañar el arenque.

– Sólo café, gracias.

Willy hizo una señal al camarero.

– ¿Cómo me has encontrado aquí?

– Fui al teatro.

– ¿Ah, sí? Tienen orden de decir que estoy fuera de la ciudad. Los periodistas…

Willy imitó el gesto de estrangular a alguien con las manos. Harry no estaba seguro de si se refería a su propia situación o a lo que deseaba para los periodistas.

– Les mostré mi identificación policial y expliqué que era importante -dijo Harry.

– Bien. Bien.

Willy fijó la mirada en un punto, delante de Harry, mientras el camarero le ponía una taza y le servía el café de la cafetera que estaba en la mesa. Cuando el camarero se hubo alejado, Harry emitió un carraspeo. Willy se sobresaltó y salió de su ensimismamiento.

– Si traes malas noticias, quiero conocerlas enseguida, Harry.

Harry negó con la cabeza y dio un sorbo de café.

Willy murmuró algo inaudible con los ojos cerrados.

– ¿Cómo va la obra de teatro? -preguntó Harry.

Willy le dedicó una sonrisa triste.

– Ayer llamaron de la sección de Cultura del diario Dagbladet para preguntar lo mismo. Le expliqué cómo iba el desarrollo artístico, pero era obvio que quería saber si tanta publicidad en torno a la extraña desaparición de Lisbeth y a la sustitución por su hermana no sería positiva para la venta de entradas.

Willy levantó la vista al cielo.

– Bueno -dijo Harry-, ¿y es así?

– ¿Estás loco de remate, tío? -preguntó Willy con voz estentórea-. Es verano, la gente quiere divertirse, no llorar a una mujer a la que ni siquiera conocen. Hemos perdido el gancho. Lisbeth Barli, un talento rural aún por descubrir. Perder eso justo antes del estreno no es bueno para el negocio.