Desde una mesa situada más al fondo del local se giraron varias cabezas, pero Willy continuó en el mismo tono de voz.
– Apenas si hemos vendido algunas entradas. Bueno, aparte de las del estreno, ésas se las rifaron. La gente es morbosa, olfatea y sigue el rastro del escándalo. Para serte franco, necesitamos unas críticas fantásticas si queremos salir bien parados, pero por el momento…
Willy estampó un puñetazo en el mantel blanco que hizo salpicar el café.
– … no se me ocurre nada menos importante que ese puto negocio.
Willy se quedó mirando fijamente a Harry, y parecía que iba a abundar en su estallido cuando una mano invisible, sin previo aviso, borró la ira de su semblante. Durante un segundo, sólo pareció confundido, como si no supiera dónde se encontraba. Acto seguido se le transformó la cara y se apresuró a esconderla entre las manos. Harry vio que el jefe de los camareros les dedicaba una mirada extraña, casi esperanzada.
– Lo siento -susurró Willy con la voz rota y sin retirar las manos-. No suelo… Es que no duermo… ¡Mierda, qué teatral soy!
Emitió un sollozo, un sonido entre la risa y el llanto, golpeó la mesa una vez más e hizo una mueca que casi logró convertir en una sonrisa desesperada.
– ¿Qué puedo hacer por ti, Harry? Pareces triste.
– ¿Triste?
– Afligido. Melancólico. Poco alegre.
Willy se encogió de hombros y se llevó a la boca un tenedor con un trozo de pan con arenque. La piel del pescado relucía. El camarero se acercó a la mesa silenciosamente y sirvió a Willy más Chatelain Sancerre.
– Tengo que preguntarte algo que quizá te resulte desagradablemente íntimo -explicó Harry.
Willy negó con la cabeza mientras tragaba el bocado con un sorbo de vino.
– Cuanto más íntimo, menos desagradable, Harry. Recuerda que soy artista.
– Estupendo.
Harry tomó un sorbo de café para procurarle a su mente un poco de combustible.
– Hemos encontrado rastros de excrementos y sangre bajo la uña de Lisbeth. El análisis preliminar concuerda con tu grupo sanguíneo. Quiero saber si necesitamos someterlo a una prueba de ADN.
Willy dejó de masticar, puso el dedo índice derecho contra los labios y se quedó pensativo, mirando al infinito.
– No -respondió al cabo de un rato-. No será necesario.
– ¿O sea que sus uñas han estado en contacto con tus… excrementos?
– Hicimos el amor la noche anterior a su desaparición. Lo hacíamos todas las noches. Lo habríamos hecho durante el día también si no hubiese hecho tanto calor en el apartamento.
– Y entonces…
– ¿Te preguntas si practicamos el postillion?
– Bueno…
– ¿Si me folla por el culo? Siempre que puede. Pero con cuidado. Como el sesenta por ciento de los noruegos de mi edad, tengo hemorroides, por eso Lisbeth no se deja las uñas demasiado largas. ¿Practicas el postillion, Harry?
A Harry se le atragantó el café.
– ¿Contigo como objetivo o con otros? -preguntó Willy.
Harry negó con la cabeza.
– Deberías, Harry. Sobre todo porque eres hombre. Dejarse penetrar es algo fundamental. Si te atreves a hacerlo, descubrirás que tienes un registro de sensaciones mucho más amplio de lo que creías. Si aprietas el culo, dejas a los demás fuera en tanto que tú quedas dentro. Pero si te abres, te muestras vulnerable y confiado, brindas a los demás la oportunidad de, literalmente, llegar dentro de ti.
Willy continuó agitando el tenedor mientras hablaba:
– Por supuesto que implica cierto riesgo. Te pueden dañar, rasgarte por dentro. Pero también pueden amarte. Y entonces te envuelve el amor, Harry. Es tuyo. Se dice que es el hombre quien posee a la mujer en el coito, pero ¿es eso cierto? Piénsalo, Harry.
Harry pensaba.
– Lo mismo nos ocurre a los artistas. Hemos de abrirnos, mostrarnos vulnerables, dejarnos penetrar. Para tener la posibilidad de ser amados debemos atrevernos a que nos hagan daño desde dentro. Te hablo de un deporte de riesgo, Harry. Me alegro de haber dejado de bailar.
Mientras Willy sonreía, un par de lagrimones empezaron a discurrir por sus mejillas, primero de un ojo y a continuación del otro, como en un eslalon en paralelo intermitente, hasta perderse en la barba.
– La echo de menos, Harry.
Harry clavó la vista en el mantel. Pensaba que debería marcharse, pero se quedó sentado.
Willy sacó un pañuelo y se sonó con un fuerte trompeteo antes de verter el resto del vino en la copa.
– No es que quiera meterme donde no me llaman, Harry, pero cuando dije que pareces triste, pensé que siempre das la impresión de estar triste. ¿Es por una mujer?
Harry manoseó la taza de café.
– ¿Varias?
Harry iba a contestar de modo que no hubiese más preguntas, pero algo le hizo cambiar de opinión. Asintió con la cabeza.
Willy alzó la copa.
– Siempre son las mujeres. ¿Te has dado cuenta? ¿A quién has perdido?
Harry miró a Willy. Había algo en la mirada del productor barbudo, una sinceridad dolorida, una franqueza indefensa que, debía admitirlo, le transmitía la sensación de que podía confiar en él.
– Mi madre enfermó y murió cuando yo era joven -dijo Harry.
– ¿Y la echas de menos?
– Sí.
– Pero hay otras, ¿no?
Harry se encogió de hombros.
– Hace un año y medio asesinaron a una colega. Rakel, mi novia…
Harry se calló.
– ¿Sí?
– No creo que te interese.
– Comprendo que hemos llegado al meollo del asunto -suspiró Willy-. Vais a dejarlo.
– Nosotros no. Ella. Estoy intentando hacerla cambiar de opinión.
– Ya veo. ¿Y por qué quiere dejarlo?
– Por mi forma de ser. Es una larga historia, pero la versión abreviada es que yo soy el problema. Y ella quiere que sea diferente.
– ¿Sabes qué? Tengo una propuesta. Llévala a ver mi obra.
– ¿Por qué?
– Porque My Fair Lady está basada en un mito griego sobre el escultor Pigmalión que se enamora de una de sus propias esculturas, la bella Galatea. Le ruega a Venus que infunda vida a la estatua para así casarse con ella y la diosa atiende su plegaria. Quizá la obra le enseñe a tu Rakel lo que pasa cuando quieres cambiar a otra persona.
– ¿Que fracasa?
– Todo lo contrario. Pigmalión, representado por el personaje del profesor Higgins, logra todos sus propósitos en My Fair Lady. Sólo produzco obras con final feliz. Es el lema de mi vida. Si no lo tienen, me lo invento.
Harry sonrió meneando la cabeza.
– Rakel no intenta cambiarme. Es una mujer sabia. Prefiere dejarme.
– Algo me dice que quiere volver contigo. Te enviaré dos entradas para el estreno.
Willy le indicó al camarero que quería la cuenta.
– ¿Qué demonios te hace pensar que quiere volver conmigo? -preguntó Harry-. No sabes nada de ella.
– Tienes razón. No digo más que tonterías. El vino blanco con la comida es una buena idea, pero sólo en teoría. Últimamente, bebo más de lo que debiera, espero que me perdones.
El camarero trajo la cuenta. Willy la firmó sin mirarla y le pidió que la uniera a las demás. El camarero desapareció.
– Pero llevar a una mujer a un estreno con las mejores entradas nunca puede ser un fracaso total -Willy sonrió-. Créeme, lo he comprobado.
Harry pensó que la sonrisa de Willy se parecía a la triste y resignada de su padre. La sonrisa de un hombre que mira hacia atrás porque allí están las cosas que lo hacen sonreír.