El dibujo de un hombre entumecido que buscaba desesperadamente unos sentimientos genuinos. Un idiota ingenuo que creía que donde hay alguien que ama, hay amor, que donde hay preguntas, hay respuestas. El dibujo de Harry Hole. En un arrebato de ira, dio con la cabeza en la cruz de la pared. Sintió un profundo dolor y cayó apático sobre la cama. Su mirada se posó en el despertador. Las 5.55. La funda del edredón estaba mojada y caliente.
Entonces, Harry Hole se apagó, como si alguien hubiera pulsado un interruptor.
Ella le llenó la taza de café. Él gruñó un Danke y pasó la página d The Observer. Como de costumbre, había salido a comprarlo en el hotel de la esquina, junto con los cruasanes recién hechos que el panadero del barrio había empezado a vender. El hombre nunca había estado en el extranjero, sólo en Eslovaquia, que no contaba como extranjero, pero le aseguraba que ahora en Praga tenían todo lo que había en otras grandes ciudades de Europa. Tenía ganas de viajar. Antes de conocerlo a él, se había enamorado de ella un hombre de negocios norteamericano. Una empresa farmacéutica de Praga con la que mantenía relaciones comerciales la compró como regalo. Era un hombre agradable, inocente y algo regordete, dispuesto a ofrecérselo todo con tal de que se fuera con él a su casa de Los Ángeles. Naturalmente, ella aceptó. Pero cuando se lo contó a Tomas, su chulo y hermanastro, éste se encaminó directamente a la habitación del americano y lo amenazó con un cuchillo. El americano se fue al día siguiente y ella nunca volvió a verlo. Cuatro días más tarde y muy deprimida, mientras bebía vino en el hotel Gran Europa, de pronto lo vio. Estaba sentado al fondo del local observando cómo ella toreaba a los pelmazos. Decía siempre que eso era lo que lo enamoró. No se trataba del hecho de que otros la desearan, sino de la forma en que ignoraba el cortejo, tan relajadamente desinteresada, tan netamente pudorosa. Dijo que todavía había hombres que sabían apreciar esas cosas.
Lo dejó que la invitara a una copa de vino, le dio las gracias y se fue a casa, sola.
Al día siguiente, llamó a la puerta de su minúsculo apartamento, situado en un semisótano de Strasnice. Nunca le explicó cómo se había enterado de dónde vivía. Pero la vida había pasado de gris a rosa en un abrir y cerrar de ojos. Experimentó la felicidad. Era feliz.
El papel de periódico crujía cada vez que pasaba la página.
Debía haberlo sabido. No debería haber guiñado el ojo otra vez. Ojalá no hubiera sabido lo de la pistola que llevaba en la maleta.
Pero había decidido olvidarlo. Olvidar todo lo demás. Lo otro, lo que no era lo importante. Eran felices. Ella lo quería. Estaba sentada, con el delantal puesto. Sabía que le gustaba que usara delantal. Al fin y al cabo, algo sabía del funcionamiento de los hombres, el secreto estaba en no demostrarlo. Se miró el regazo. Empezó a sonreír, no podía evitarlo.
– Tengo algo que contarte -le dijo.
– ¿Ah, sí? -La página del periódico ondeaba como la vela de un barco.
– Prométeme que no te vas a enfadar -continuó notando que sonreía cada vez con más ganas.
– No puedo prometerlo -respondió él sin levantar la vista.
A ella se le heló la sonrisa.
– Que…
– Supongo que vas a confesarme que registraste mi maleta cuando te levantaste anoche.
Hasta aquel momento, ella no se había percatado de que le había cambiado el acento. Su habitual tono cantarín había desaparecido casi por completo. Dejó el periódico y la miró.
Nunca había tenido que mentirle, gracias a Dios, porque sabía que jamás lo conseguiría. Allí estaba la prueba. Negó con la cabeza pero notó que se le descontrolaba la expresión de la cara.
Él enarcó una ceja.
Ella tragó saliva.
El segundero de aquel reloj grande de cocina que ella compró en IKEA con el dinero de él emitió un silencioso tictac.
Él sonrió.
– Y encontraste un montón de cartas de mis amantes, ¿verdad?
Ella parpadeó desconcertada.
Él se inclinó.
– Estoy bromeando, Eva. ¿Algo va mal?
Ella asintió con la cabeza.
– Estoy embarazada -susurró rápidamente, como si, de pronto, fuese algo urgente-. Yo… nosotros… vamos a tener un hijo.
Se quedó petrificado, mirando fijamente al frente mientras ella le contaba cómo empezó a sospechar, la visita al médico y, finalmente, la certeza. Cuando terminó, él se levantó y salió de la cocina. Volvió y le entregó un pequeño estuche de color negro.
– Visitar a mi madre.
– ¿Qué?
– Quieres saber lo que voy a hacer en Oslo, ¿no? Voy a visitar a mi madre.
– ¿Tienes madre…?
Fue su primer pensamiento: «¿De verdad tiene madre?». Pero añadió:
– ¿Vive tu madre en Oslo?
Él sonrió y señaló la caja con la cabeza.
– ¿No vas a abrirlo, querida? Es para ti. Por el niño.
Parpadeó un par de veces antes de serenarse y poder abrirlo.
– Es precioso -aseguró notando que se le llenaban los ojos de lágrimas.
– Te quiero, Eva Marvanova.
El tono cantarín volvía a animar su acento.
Ella sonrió entre lágrimas cuando la abrazó.
– Perdóname -murmuró ella-. Perdóname. Lo único que necesito saber es que me quieres. El resto no tiene importancia. No tienes que hablarme de tu madre. Ni de la pistola…
Sintió que el cuerpo de él se ponía rígido entre sus brazos. Y le susurro al oído:
– Vi la pistola, pero no necesito saber nada. Nada, ¿me oyes?
Él se liberó cuidadosamente de su abrazo.
– Sí -dijo-. Lo siento, no hay más remedio. Ya no.
– ¿Qué quieres decir?
– Tienes que saber quién soy.
– Pero… ya sé quién eres, mi amor.
– Ignoras a qué me dedico.
– No sé si quiero saberlo.
– Tienes que saberlo.
Cogió el estuche, sacó el collar y lo levantó.
– Me dedico a esto.
El diamante en forma de estrella brillaba como un ojo enamorado a la luz matinal que entraba por la ventana de la cocina.
– Y a esto.
Sacó la mano del bolsillo de la chaqueta. Sujetaba la misma pistola que ella había visto en la maleta, pero alargada con un suplemento de metal negro sujeto al cañón. Eva Marvanova no entendía mucho de armas, pero sabía lo que era. Un silenciador. O como se dice en inglés, tan acertadamente, silencer.
Harry se despertó cuando sonó el teléfono. Tenía la sensación como si alguien le hubiese metido una toalla en la boca. Intentó humedecer la cavidad bucal con la lengua, pero le raspaba contra el paladar como un trozo de pan reseco. El reloj de la mesilla marcaba las 10.17. Un recuerdo fragmentario, una imagen incompleta le vino a la mente. Se dirigió a la sala de estar. El teléfono sonó por sexta vez.
Cogió el auricular.
– Aquí Harry. Habla.
– Sólo quiero decir que lo siento.
Allí estaba, la voz que siempre deseaba oír cuando cogía el teléfono.
– ¿Rakel?
– Es tu trabajo -dijo-. No tengo derecho a estar enfadada. Lo siento.
Harry se sentó en la silla. Algo intentaba abrirse camino entre la maraña de sueños antiguos ya casi olvidados.
– Tienes derecho a estar enfadada -aseguró.
– Eres policía. Alguien tiene que cuidar de nosotros.
– No me refería al trabajo -explicó Harry.
Ella no respondía. Él aguardaba.
– Te echo de menos -dijo de repente con la voz quebrada.
– Echas de menos a la persona que creías que era yo -precisó Harry-. En cambio yo echo de menos…
– Adiós -dijo Rakel de pronto, como una canción que termina en pleno preludio.
Harry se quedó sentado mirando el teléfono. Alegre y triste a la vez. Un residuo del sueño se esforzaba por emerger a la superficie, pero se topó con la cara inferior de una capa de hielo que iba congelándose cada vez más a medida que pasaban los segundos del día. Repasó la mesa en busca de algún cigarrillo y encontró una colilla en un cenicero. Seguía teniendo la lengua medio anestesiada. Suponía que Rakel había interpretado su articulación gangosa como indicio de una borrachera, lo que, en realidad, no se hallaba tan lejos de la verdad, salvo por el hecho de que no sentía ganas de volver a ingerir ese veneno.