Let me go wild. Like a blister in the sun!
Allá abajo, la chica se levantó de la toalla. Habría empezado a hacer fresco. Marius la siguió con la mirada en su marcha hacia el edificio de al lado. La chica se encontró por el camino con alguien que iba en bicicleta. Parecía un mensajero. Marius cerró los ojos. Podría escribir.
Otto Tangen se frotó los ojos con unos dedos que amarilleaban por la nicotina. Se percibía en el autobús la intranquilidad más absoluta bien habría podido confundirse con la tranquilidad más absoluta. Nadie se movía, nadie dijo nada. Eran las cinco y veinte y no se había producido el menor movimiento en ninguna de las pantallas, sólo pequeños espacios de tiempo que transcurrían en letras blancas en una esquina de la pantalla. Las gotas de sudor caían entre los jamones de Otto. Cuando uno llevaba un rato así, podía obsesionarse y pensar que quizás alguien había manipulado el equipo y que lo que se veía era una grabación del día anterior o algo por el estilo.
Otto tamborileaba con los dedos junto al teclado. El capullo de Waaler les había prohibido fumar.
Otto se inclinó hacia la derecha y expulsó un pedo mudo mientras echaba una ojeada al tipo rubio con el pelo de punta. Se había pasado todo el rato sentado en una silla y, desde que llegó, no había pronunciado una sola palabra. Parecía un portero muerto de hambre.
– No parece que nuestro hombre tenga pensado trabajar hoy -dijo Otto-. Tal vez piense que hace demasiado calor. Puede que haya decidido dejarlo para mañana y que se haya ido a Aker Brygge a tomar una cerveza. El hombre del tiempo dijo que…
– Cierra la boca, Tangen.
Waaler se lo dijo en voz baja, pero lo bastante alto como para que lo oyera.
Otto suspiró profundamente y se encogió de hombros.
El reloj en la esquina de la pantalla indicaba las cinco y veintiún minutos.
– ¿Alguien ha vuelto a ver al tipo del 303?
Era la voz de Waaler. Otto se dio cuenta de que lo estaba mirando a él.
– Yo estuve durmiendo por la mañana.
– Quiero que se controle el 303. ¿Falkeid?
El jefe del grupo de Operaciones Especiales carraspeó.
– No considero que el riesgo…
– Ahora, Falkeid.
Los ventiladores que refrigeraban los equipos zumbaban mientras Falkeid y Waaler se sostenían la mirada.
Falkeid volvió a carraspear.
– Alfa a Charlie dos, entra. Cambio.
Se oyó un rumor.
– Charlie dos.
– Controla el 303 ahora mismo.
– Recibido. Controlo 303.
Otto miró la pantalla. Nada. A ver si…
Allí estaban.
Tres hombres. Uniformes negros, capuchas negras, metralletas negras, botas negras. Pasó muy rápido, pero resultaba extrañamente carente de dramatismo. Era el sonido. No había sonido.
No utilizaron esos explosivos tan prácticos y manejables para abrir la puerta, sino un anticuado pie de cabra. Otto estaba desilusionado. Sería por los recortes.
Los hombres mudos de la pantalla se colocaron en formación, como si estuvieran en la línea de salida de una competición, uno de ellos con el pie de cabra metido bajo la cerradura, los otros dos a un metro de distancia con las armas levantadas. Y, de repente, comenzaron a actuar. Fue como un único movimiento coordinado, como un paso de baile de locos. La puerta se abrió en un segundo, los dos que estaban preparados entraron a la carrera y el tercero los siguió lanzándose literalmente de cabeza. Otto ya estaba pensando en el momento en que le enseñaría la grabación a Nils. La puerta se cerró a medias. Realmente, era una pena que no hubiesen podido instalar cámaras en las habitaciones.
Ocho segundos.
La radio de Falkeid chisporroteaba.
– 303 controlado. Una chica y un chico, no van armados.
– ¿Y están vivos?
– Sí, están muy… vivos.
– ¿Has cacheado al chico, Charlie dos?
– Está desnudo, Alfa.
– Sácalo de ahí -gritó Waaler-. ¡Mierda!
Otto miró fijamente la puerta del 303. Lo habían hecho. Estaba desnudo. Habían estado haciéndolo toda la noche y todo el día. Miró como embrujado hacia la puerta.
– Que se ponga algo de ropa y te lo traes hasta la posición, Charlie dos.
Falkeid dejó el walkie-talkie, miró a los otros e hizo un gesto lento de negación con la cabeza.
Waaler dio un fuerte golpe con la mano abierta en el reposabrazos de la silla.
– El autobús también estará libre mañana -dijo Otto echando una ojeada rápida al comisario.
Ahora había que ir con un poco de cuidado.
– No cobro más por ser domingo, pero tengo que saber cuándo…
– Oye, mira allí.
Otto se dio la vuelta automáticamente. Era el portero que por fin abría la boca. Señalaba la pantalla central.
– En el portal. Entró por la puerta y se fue directamente al ascensor.
Durante dos segundos hubo un silencio total en el autobús. Luego se oyó la voz de Falkeid en el walkie-talkie.
– Alfa a todas las unidades. Posible objeto acaba de entrar en el ascensor. Stand-by.
– No gracias -sonrió Beate.
– Bueno, supongo que estarás harta de galletas -suspiró la señora mayor dejando la caja sobre la mesa-. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Me alegrará ver a Sven ahora que estoy sola.
– Sí, me imagino que puede resultar un poco solitario vivir en una casa tan grande.
– Bueno, hablo bastante con Ina. Pero se fue hoy a la cabaña de ese amigo que tiene. Le he pedido que me lo presente, pero los jóvenes de hoy en día sois tan raros con respecto a esas cosas… Es como si quisierais probarlo todo, al mismo tiempo que pensáis que nada durará, quizá por eso os andáis con tanto misterio.